viernes, diciembre 22, 2006

Nos levantábamos temprano apremiados por las llamadas estentóreas del manigero. Se levantaba de madrugada y empezaba a corretear el cortijo a grandes zancadas, dando voces para despertar a la gente. El suyo era el único reloj que había y nunca sabíamos si hacerle más o menos caso sobre la premura con que debíamos levantarnos. Abrir la ventana y asomar la cabeza al exterior aportaba poco ya que era todavía noche oscura, Parecía que a aquel hombre, según lo bien que se le daba, había nacido para aquello: para levantarse dando voces de madrugada despertando a la gente. Era su momento. Después, durante el resto de la jornada, era siempre afable y servicial. Pero eso era sólo después de que con sus voces había conseguido que todos nos levantáramos de la cama y nos agrupáramos en torno al fuego.

Allí nos esperaba el casero con las migas que llevaba un buen rato preparando con el pan dejado en remojo la noche anterior. Nunca supimos quién levantaba a quién, sí el manigero a la casero o el casero al manigero. A veces hacíamos bromas sobre si se habrán ido o no a dormir la noche anterior.

Esta era la primera convivencia del día pero las conversaciones se limitaban a meros monosílabos ya que debido a lo temprano de la hora todos estábamos entre somnolientos y ensimismados. Parecía que los cuerpos y los ánimos no habían conseguido recuperarse durante la noche. Las duras camas, hechas sobre entramados de ramas de jara, no facilitaban el descanso: por más que se intentaba disimular las irregularidades con sacos de yute siempre te despertabas con algún nudo de rama clavado en las costillas.

Pero a medida que nos comíamos las migas parecía como si se nos fueran despertando también los sentidos y los ánimos se iban abriendo.

Poco después, no bien clareaba el día salíamos todos, aceituneras y vareadores, por la larga y sinuosa vereda que los llevaba el tajo. Ellas con sus espuertas de goma vacías debajo del brazo o encima de la cabeza. Ellos con las largas y flexibles varas de madera encima del hombro cual caballeros alejándose del campo de batalla, vencidos antes de empezar la lucha. Yo, que debido a mi corta edad no pertenecía todavía a ninguno de los dos grupos, casi siempre les acompañaba. Salvo que hiciera muy mal tiempo prefería irme al tajo con ellos antes que quedarme sólo en el cortijo con el casero y sus ollas.

La comitiva solía caminar todavía silenciosa hasta llegar al tajo, Pero poco a poco, a medida que se desperezaba el día, también sus ánimos se iban animando y emprendían animadas conversaciones alrededor del olivo. Los temas de conversación y los chismes nunca faltan en los pueblos pequeños en que todo el mundo se conoce. Pero, con cierta frecuencia, la rivalidad por uno u otro trabajo, o por uno u otro favoritismo del manigero, convertía las apacibles charlas en enconadas discusiones. Pero nunca llegaba la sangre al río y la propia necesidad de mantener la vida comunitaria hacía que, después de poco rato, todas las discusiones acabaran como esa peleas de los niños en las que la reconciliación es tan rápida que no deja ningún poso de rencor.

La jornada era larga y dura y, poco a poco, les iba aplastando de nuevo. Cuando, ya casi sin luz diurna, el manigero daba la orden de parar, a duras penas les quedaba energía para recoger los bártulos y emprender de nuevo al camino de regreso al cortijo.

Y ese era mi momento. Yo solía pasar el día correteando por los alrededores, intentando cazar algún zorzal o alguna rana o, de vez en cuando y a regañadientes, ayudando a mis hermanas en la recolección de la aceituna. Pero lo que más me gustaba era subir en el tractor que, al final de la jornada, llevaba al molino la aceituna recogida durante el día.

Faltaba todavía mucho camino cuando ya nos llegaba el poderoso y punzante olor del molino. La aceituna machacadas en el suelo, los residuos de la molienda, todos los utensilios y máquinas utilizados exhalaban aquel sólido olor que se aposentaba omnipresente en el cerebro y se mantenía allí a por toda la noche tiñendo mi sueño de profundas sensaciones enraizadas en la tierra. Parecía mentira que un olor, que probablemente hubiera sido definido como molesto por alguien para quien no produjera estos sentimientos de arraigo y solidez, me evocara tantas sensaciones positivas.

Todavía ahora, cincuenta años después, cuando vamos a Andalucía cerca de las Navidades, la sola vista lejana del pueblo ya me evoca el olor de las balsas de alpechín que voy a encontrar muchos kilómetros después.
Introducción
La ventana del dormitorio de David se asoma sobre un enorme patio manzana.
Más que patio, se trata de un campo de hierbajos cerrado casi en su totalidad por una alta pared de tierra y pedruzcos mal puestos que amenaza con derrumbarse en muchos puntos.
Una parte del patio está cerrada por una edificación alta y sin ventanas que tanto podría ser un almacén como una fábrica abandonada. En realidad fue hace años una fábrica que, después de ser cerrada y casi a punto de derruirse, algún temerario empresario convirtió en Sala de fiestas o Cabaret, pues de ambas forma se le llama por el barrio.
El local tiene entrada independiente desde el Paralelo y en él se representan habitualmente revistas del genero picante para un público poco exigente.
Sin embargo, en verano no se puede soportar el calor bajo el techo de chapas metálicas y desde hace algunos años el empresario viene aprovechando el patio de David donde en verano arregla un poco la tierra del suelo y construye un precario escenario alrededor del cual se disponen algunas mesas con sillas plegables. Un pequeño chiringuito que aloja un destartalado bar completa la improvisada instalación.
En ese periodo, normalmente los meses de Julio y Agosto, las representaciones son aptas para todo tipo de público incluyendo niños por lo cual no se representaban las habituales “revistas picantes” e intentaban sustituirlas por obras de teatro.
Pero el empresario no puede permitirse el lujo de cambiar el elenco que tiene el resto del año y las cabareteras y sus parejas de baile se ven obligados a convertirse en “serios” artistas del teatro. Nunca lo consiguen por lo cual la representación cae todavía más en un bodrio inclasificable, próximo al teatro del absurdo y del que los artistas no pueden evitar que se deslicen reminiscencias de la revista picante.
Sin que sea una mina de oro la fórmula tiene éxito ya que por un precio módico la gente pasa la noche al fresco tomando una gaseosa y casi en familia.
Pero la censura, que los deja bastante tranquilos durante el resto del año, se aplica con celo en verano particularmente al inicio de cada nueva obra ya que como dicen “una cosa es un local cerrado para viejos verdes y gente de mal vivir y otra cosa es un espacio abierto a las miradas castas e inocentes de jóvenes y niños”.


Escena primera

Hoy es el primer día de la temporada de verano y se ha anunciado la representación de “Usted tiene ojos de mujer fatal” de Jardiel Poncela. A ambos lados del escenario se encuentra sendos carteles anunciando la obra.
El día ha sido largo y caluroso y aún se respira un bochorno que sólo se puede soportar cuando sopla alguna despistada ráfaga brisa. Todavía hay luz del día y faltan un par de horas largas para que la función comience. El lugar está casi desierto. Solo un par de críos correteando a lo lejos en el campo de hierbajos. Los camareros del bar se afanan trasegando cajas y botellas de un lado para otro
Como aparecido de la oscuridad del portal, entra en el patio un hombre alto y enjuto vestido con un deslucido traje negro. Deberá tener unos cuarenta años y parece que haya elegido el traje para hacer juego con su cara pálida y huesuda adornada un fino bigote. Lleva en su mano un portafolios negro raído y agrietado por los años.
Sin mirar a nadie se sienta en una silla en un extremo de la primera fila. Saca del portafolio un cuadernillo de hojas escritas a máquina y un minúsculo lápiz rojo afilado por los dos extremos. En la primera página está escrito a mano con grandes letras el título de la obra que se va a representar. Cuando, lápiz en ristre, está haciendo el gesto para pasar la primera página, se acerca apresurado un hombre grueso y sudoroso que le saluda con una deferencia que raya el servilismo.
Con evidente nerviosismo se sienta de medio lado en el borde de la silla contigua al recién llegado.

Director: - Buenas tardes Sr. Pedrosa. Sea bienvenido a la primera función de este verano. Como podrá comprobar ya hemos adaptado el texto a las indicaciones que nos dio cuando solicitamos el permiso de la representación y hemos eliminado cualquier frase pícara o malsonante. Como Vd. ya sabe, aunque el título de la obra parece picante, el texto es en realidad muy comedido.

Censor: - Si, ya lo veré si me deja que lo lea-cortó el Censor con sequedad.
El Director de la obra traga saliva mientras siente el rubor subir a su cara.

Director: - Lo que Vd. Diga Sr. Pedrosa. Si me permite me quedaré a su lado por si tiene a bien hacerme alguna consulta.
Por toda contestación el censor empieza a hacer tachaduras y anotaciones en las hojas escritas mientras el director se rebulle incómodo en su asiento.
Lleva escasos minutos en su labor en los cuales no ha dirigido la palabra al Director cuando entra en el patio una mujer alta y bien vestida. Morena, de pelo largo y algo rizado recogido en una larga cola de caballo que le da un cierto aspecto agitanado. Elegantemente agitanado.
No tendrá más de treinta años aunque la seriedad de su figura quizá la haga parecer un poco mayor. Andando con alguna dificultad sobre el firme irregular a causa de los altos tacones se acerca a donde estaban sentados el Censor y el Director.
Éste la ve venir por el rabillo del ojo y se pone en pie dando unos pasos a su encuentro mientras ella se acerca.

Director: - Buenas tardes Sra. Miralles- saluda el Director mientras le estrecha la mano con una leve inclinación de cabeza. -Gracias por aceptar ser la mi invitada de honor a esta primera representación de la temporada. Permítame presentarle al Sr. Pedrosa que también se encuentra entre nosotros para colaborar en que la representación sea un éxito.
El Censor que sólo con displicencia y de reojo ha mirado hacía la persona a quien estaba saludando el Director, se pone de pie con presteza, claramente impresionado por el aspecto de la mujer.
Tratando de cambiar con rapidez el estilo prepotente que hasta ahora ha usado con el Director, el Censor pone la mejor cara que puede y saluda con amabilidad a la mujer.
Se quedan los tres unos instantes de pie sin que ninguno de ellos sepa que hacer. En particular el Censor se le ve violento sin controlar totalmente ese cambio de rol entre la altivez con que quiere tratar al Director y la deferencia que se impone usar con la mujer.
Pasados esos instantes el Director dice:

Director: - Pero por favor tome asiento Sra. Miralles. Estoy seguro de que al Sr. Pedrosa no le importará que nos acompañe.

El Director parece haberse serenado pasados los momentos de apuro en que estuvo a solas con el Censor. Su objetivo se habrá cumplido si Marta se sienta al lado del Censor. Ella sabrá usar sus encantos para apartar al Censor de la lectura del guión así llegará la hora del inicio de la representación sin que se haya podido meter con nuestra obra.

Mujer: - Muy amable por su parte. No quisiera entorpecerles en lo que están haciendo. Aunque la verdad que no podría esperar mejor compañía para ver su obra.

El Censor se ha quedado entre la espada y la pared. Aunque está lejos de sospechar la trampa que le ha tendido el Director y cree que lo que está pasando es fortuito, ha entendido con claridad que si la mujer se sienta no podrá seguir leyendo el guión y no podrá poner objeciones a la representación. Pero ni puede hacer nada por evitarlo ni quiere. La vena de conquistador que lleva dentro le ha hecho que acoja la situación con la esperanza de que de ahí se pueda sacar algo. No sería la primera vez.

Censor: - Será un placer para mí servirle de compañía.
Dando por terminados los formalismos la mujer se sienta al lado del Censor cuidando de dejar al descubierto una parte generosa de sus rodillas.

Director: - Perdone Sr. Pedrosa pero me han hecho señas desde el escenario y tengo que ausentarme unos minutos. Vuelvo enseguida.

Sin esperar el comentario del Censor, el Director se va precipitadamente hacia la parte posterior del escenario y desaparece de la escena.


Escena segunda

La mujer ha tomado claramente la iniciativa de la conversación con el Censor.
Éste, que en el primer instante ha estado remiso ante lo que representa una dejación en el cumplimiento de su trabajo, se deja llevar por la discretamente insinuante charla de la mujer.
El tiempo ha pasado con rapidez y ya falta escasamente media hora para el inicio de la función.
Durante este tiempo aunque el Censor no lo ha advertido, él y la mujer han sido el centro de atención de empleados y camareros. Conocedores de la treta de distracción que el Director le ha tendido, no se han perdido, entre divertidos y curiosos, ni un solo detalle desde que entró en Censor.
Mirando a hurtadillas los camareros del bar mientras aparentaban estar sólo pendientes de sus faenas, atisbando las cabareteras por las rendijas de los cortinajes del escenario, contemplando con sorna los técnicos de iluminación desde aquella especie de castillo de hierros y luces donde estaban subidos. Todos salvo el Censor que era el principal actor de esta escena.
Tímidamente, empiezan a hacer aparición algunos espectadores.
Entre ellos, una anciana con un perro se dirige directamente a la primera fila y se sienta a escasos asientos del Censor y de la mujer.
Cogiendo desprevenida a la anciana, el perrucho, hasta aquel momento tranquilo y silencioso, se lanza como una centella hacía el Censor. Perece que su lúgubre figura no le ha gustado. Se planta delante de él y empieza a ladrarle con agresividad. El perro es pequeño y no parece que vaya a morderle, pero el Censor se pone nervioso y hace un amago de darle una patada. El perro, tomando esto como la confirmación de sus sospechas, se lanza ya decididamente contra el Censor y mordiendo el bajo de sus pantalones y tirando con fuerza mientras gruñe con escasa energía.
En esos momentos, el Director esta regresando hacía donde había dejado al Censor con la mujer y, percatándose de que si el Censor es mordido por el perro se enfurecerá y lo pagará con ellos, acude con presteza no exenta de recocijo a tratar de separar al perro. Varias personas que están próximas se le une en el intento.
Afortunadamente el perro es de instinto pacífico y cuando lo cogen para separarlo ya ha soltado la presa del pantalón mirando a su alrededor con más miedo que agresividad.

Director: -Cuanto lamento Sr. Pedrosa este lamentable incidente. Tenemos prohibida la entrada de perros pero Vd. ya sabe que hay personas mayores que les importan un bledo las prohibiciones. Ya me había advertido el portero de que había tratado de no dejarla pasar pero se ha tenido que rendir ante la agresividad de la dueña que parece que es aún mayor que la del dueño- y añadió mirando el pantalón con cierto escepticismo- No se preocupe y corre por cuanta de la compañía llevarle a surcir y planchar los pantalones para que le queden como nuevos.

Censor: (recuperando el aire displicente del inicio) Es lo menos que podía esperar de Vds.-y suavizando de nuevo su expresión al verse observado por la mujer- Ya comprendo que Vds. no son culpables de todo el mundo que entra en el local. No se preocupe que no voy a hacer una denuncia por alteración del orden público.
Mientras tanto las sillas del patio se han ido llenando y la gente ha asistido entre sorprendida y recobijada al preámbulo del espectáculo que le han ofrecido. Casi nadie sabe que el agredido es el Censor pero su aspecto es tan siniestro que la mayor parte han tomado partido por el perro en esta contienda.

Director: Justamente venía a anunciarle que ya es la hora y la función está lista para empezar. Por supuesto si Vd. otorga su permiso.
La cara del Censor se transmuta por un momento al hacérsele presente la realidad de que ha perdido el tiempo cortejando a la mujer y no ha revisado el guión. Podría retrasar el inicio de la obra, en otras ocasiones lo había hecho, pero la presencia de la mujer lo intimidaba y no se atreve.
Censor: Bien... hubiera querido hacerse unos comentarios pero Vd. ha desaparecido. En fin. Eran de orden menor y puedo tolerarlos. Puede empezar cuando quiera.
El Director, mirando hacia el telón, con cara de contenida satisfacción, y adivinando los muchos pares de ojos que tras él lo observan hace un gesto con la mano.Las luces del patio y del bar se apagan por completo y el telón empieza a deslizarse a tirones
A pesar de que se lo estaba temiendo hacía días no podía acabar de aceptarlo. Desde que perdiera la mayor parte de la visión como consecuencia de un traumatismo craneal producido por una caída de la moto, había trabajado con intensidad y perseverancia el desarrollo de los restantes sentidos. Había tenido que abandonar su trabajo anterior de diseñadora gráfica en el cual el sentido de la vista era imprescindible y había tratado de buscar una nueva orientación profesional. No era fácil encontrar un trabajo creativo en el cual se pudiera prescindir de la vista. Pero gracias a un curso de re-educación sensorial había entrado en contacto con el mundo de los perfumes. Y esto había sido su gran descubrimiento.

Fue como su reencuentro con la vida.

Siempre le había sido fácil navegar en su mundo mágico dejándose llevar por los olores. Evocando recuerdos que venían a su mente arrastrados por olores reales o imaginados. Creando nuevos mundos en los cuales los colores y los olores se combinaban otorgando carácter a las personas y a las cosas. Ella no daba demasiada importancia a todo esto, creía que, más o menos, lo mismo le pasaría a todo el mundo. Pero en este contacto más cotidiano con el mundo de los olores vio que no, que percibía a través del olfato cosas que la mayor parte de la gente, incluso personas ciegas totales, no percibían y, sobre todo, que interpretaba el mundo fundamentalmente en clave de los olores. Y no era, como al principio pensó, que había sido a causa de entrenamiento que había recibido. Ni tampoco que la perdida de la visión la había sensibilizado especialmente el sentido del olfato. No; había algo más. “Tienes cualidades innatas para esto” le había dicho su profesor. Sí, parecía que sí. Cualidades innatas que, sin darse cuenta, había estado ejerciendo toda su vida en ese juego continuo de olerlo todo y de interpretarlo todo a través de su olor.

De allí le vino la oportunidad de contactar con un laboratorio de perfumes y convertirse en perfumista.

Había sido un proceso duro y largo. Era un mundo muy cerrado en el cual el oficio y sus trucos se transmitía en sagas cerradas de padres a hijos. Pero ella había perseverado y sus “cualidades innatas” de que habló un día su profesor se habían acabado abriendo camino.

Actualmente tenía una sólida reputación a la cual se añadía la aureola de haber aprendido el oficio de mayor, siendo casi ciega y de forma autodidacta.

Estaba como encantada en ese mundo del perfume. Flotaba en él como un pez en el agua. Era su medio natural. Por eso, cuando el medico le informó de su situación, la hundió en un abismo. “La afección vírica te ha afectado con profundidad el sistema olfativo. Tenemos que mantener la esperanza de que el daño no sea permanente. Pero habremos de esperar varias semanas para hacer nuevas pruebas que nos darán resultados definitivos”

Y hoy se habían hecho las pruebas. Y ahora estaba esperando al médico. Si se confirmaba que la lesión había sido permanente tendría que empezar de nuevo a recomponer su vida. Sabía que ya no tendría fuerzas... ni tiempo. Hacía bastante que había cumplido los cuarenta. Había dedicado los mejores años de su vida, sus mejores energías y sus mayores ilusiones a su nueva actividad. Si se le hundía este mundo la arrastraría.

La puerta de la habitación se abrió y apareció el médico con una franca sonrisa.

viernes, mayo 05, 2006

Me voy a estrenar con esto de lo Bolgs.

Quiero poner algo para ver si funciona pero me encuentro con la mente en blanco.
Ya es así. Toda la vida charlando y charlando, las más de las veces sin decir nada, y cuando tiene ante ti todo el universo abierto es tu mente la que está cerrada.
¿Y si escribo algo aquí qué pasa?
¿Dónde está realmente?
¿O no está?
¿Y si después de escrito algo sobre esta pantalla me arrepiento y lo borro? ¿Ha estado en algún sitio? ¿Está?

Bueno, ya estamos con lo de siempre. Pensamientos circulares que no te llevan a ningún sitio. Escribe y calla. A algún sitio llegará. Alguien lo leerá.

¿Algún sitio llegará?

¿Quieres decir que después de escrito y después de hacer "click" ya se ha escapado de mi control?

¿Y si me arrepiento?

¿Es igual que cuando escribes una carta y la echas al buzón?. ¿Que a partir de ese momento ya no es tuya?. ¿Qué ni puedes recuperarla ni tienes ningún poder sobre ella, ni sobre sus consecuencias?. ¿Qué sólo te queda la alternativa de salir corriendo hacia donde sabes que se encuentra el destinatario y llegar antes que la carta o la menos con tiempo suficiente para neutralizar esa palabra o ese pensamiento que se te ha colado?.
Pero ... ¿quién es aquí el destinatario?¿Hacia donde corro si me arrepiento de esa palabra o de ese pensamiento?.

Y después viene lo otro. Quieres poner algo ingenioso. Algo con clase, con calidad. Que no se diga que aquí escribe cualquier "matao" creyéndose que es Cervantes (iba a poner el nombre de ese inglés que escribió Romeo y Julieta pero tiene un nombre que no hay manera, casi me atrevo a pronunciarlo de tanto oírlo, pero de escribirlo ni hablar).

Y de dónde saco yo ahora el ingenio y la originalidad.

Bueno, dejaré el intento para otro día. Me prepararé una chuleta y así cuando llegue la ocasión quedaré con una cierta dignidad.

¿Y ahora qué hago?

¿Le doy al "click" o lo borro y abandono este mundo en el que no sabes dónde están las cosas?

Ostras, ahora que lo veo, y cómo esto no tiene corrector ortográfico.

Me lo tendré que revisar con cuidado. Aunque bien mirado mejor así. El corrector ese es en realidad una mala cosa. Te hace relajarte y no pones ni un acento. Y cuando aparece el él o el el que no te lo corrige ya has metido la pata.

Bueno, allá voy.

Que sea lo que díos quiera. ¿Pongo el díos con mayúscula o con minúscula?. Si lo pongo con minúscula todos (sigo con mi perra: ¿quién son todos?) se van a creer que soy un ateo irrespetuoso. Ateo ya no sé si lo seré después de tanto que ha llovido desde el mayo de 68. Pero irrespetuoso no quisiera parecerlo no sea que me quemen los otros. Pero es que si lo pongo con mayúscula la cosa está clara. ¡Un curita que empieza por aquí en plan colega y mañana nos pegará el rollo religioso!.

Otro lío

Allá voy ......