Notas sobre “El cambio”
De las muchas aplicaciones que en la práctica podemos dar a la palabra “cambio”, analizaremos aquí sólo aquellas que den cuenta del cambio de las personas, del cambio en cuanto al proceso de traspaso de una situación a otra. Normalmente de una situación indeseable a otra más acorde con nuestros intereses o deseos.
Centrando un poco más. Nos ceñiremos a aquellos procesos de cambio en los que nuestra voluntad, en tanto que objetos y sujetos del cambio, interviene o puede intervenir para conformar el proceso y el alcance del cambio. No nos ocuparemos, por tanto, de los cambios debidos a circunstancias externas a nosotros, bien sean producidas por la naturaleza o por la sociedad, y sobre las que nosotros, desde nuestra función de mero objeto, poco o nada podamos influir sea para modificarlo o para contenerlo.
No es fácil, sin embargo, definir con precisión cuándo somos sólo objeto pasivo o cuando somos la vez sujeto actor. A medida que avanzamos en la definición vemos que aparecen zonas de grises en las que es progresivamente difícil definir nuestro grado de posibilidad de participación. Cambios producidos por circunstancias externas (cambio exógeno) en los que quizá hayamos podido influir de forma activa participando en la generación del escenario del cambio o de forma pasiva omitiendo acciones que hubieran modificado o impedido que catalizara la fuerza externa del cambio. O cambios generados por nosotros (cambio endógeno) en los cuales es dudoso si nuestra aparentemente clara iniciativa por realizar el proceso de cambio, es exclusivamente interna o viene dada por difusos y quizás subliminales condicionantes externos.
Los dos tipos de cambio definidos antes -exógenos y endógenos- son extremos y meramente teóricos. Los únicos cambios realmente exógenos serían aquellos de origen natural o social, con causas externas como hemos dicho, y que ya hemos excluido de nuestro estudio. Así como los únicos cambios realmente endógenos aquellos que estuvieran causados por nosotros y hipotéticamente libres de condicionantes sociales o educacionales y que analizaremos en detalle más adelante. Todos los demás cambios participarán en mayor o menor medida de una dosis de “internalidad” en cuanto a los exógenos o “externalidad” en cuanto a los endógenos. Es decir, siempre habremos podido influir en alguna medida sobre el cambio exógeno y también siempre habremos recibido alguna influencia externa en el cambio endógeno.
El cambio exógeno puede producirse sin que, en tanto que sujetos, lo perciba como tal cambio. Mejor dicho, en la medida en que sea realmente exógeno, el cambio será gradual y prácticamente imperceptible para nosotros e incorporaremos como propias las nuevas pautas de comportamiento. Sólo el observador exterior, en la medida en que sea objetivo, puede observar este cambio hasta el punto de que el negaremos la existencia del mismo.
Obviamente los modelos antes establecidos no son más que meras aproximaciones. Particularmente, centrándonos en el cambio endógeno, nos podríamos plantear varios subtipos dignos de interés:
Podrimos hablar del “cambio endógeno forzado” cuando es endógeno en el sentido de que se genera en nuestro interior, de dentro hacia fuera, pero que no es consciente ni quizá deseado; el cambio cuando algo se mueve en el nuestro interior y este movimiento se refleja en superficie sin que podamos hacer nada por evitarlo. Este tipo cambio sería bastante similar el cambio exógeno en el sentido de que no sería manejable por nosotros. Un cierto paralelismo a este tipo de cambio podríamos encontrarlo en los corrimientos internos de masas en el interior del planeta Tierra tales que generan terremotos y otros fenómenos similares.
Quizá podría ser el más real de los cambios endógenos en el sentido de que es realmente cambio. Decir que éste es realmente cambio parece querer decir que el resto de los cambios endógenos no lo sean. ¿Lo son? ¿Realmente cambiamos cuando decidimos hacer un cambio? ¿O simplemente afloramos algunas características de nuestra personalidad que las circunstancias habían hecho que tuviéramos camufladas. En “stand by” se diría ahora usando un neologismo.
¿Cuántas veces nos hemos propuesto cambiar hartos de caer siempre en el mismo error, de que nos hagan siempre las mismas heridas las mismas personas, de hacer siempre las misma heridas a las mismas personas, de, en fin, tropezar siempre con la misma piedra? ¿Lo hemos conseguido? ¿Hemos cambiado? O simplemente nos hemos centrando en identificar esos errores y en evitarlos.
Pero les llamamos cambio. Nos informamos a nosotros mismos, y quizá también a los demás de que vamos a cambiar o de que hemos cambiado y lo hacemos de una forma plenamente consciente. Hemos decidido que queremos modificar unas pautas de comportamiento a fin de adecuarlas a una determinada satisfacción de necesidades, bien sea porque éstas hayan cambiado, o porque valoremos como necesario dar una nueva respuesta a las mismas.
Antes hemos dicho que iniciamos el proceso de cambio de unos aspectos de nuestro comportamiento, ¿Cuáles? Con toda seguridad aquellos que nos molestan a nosotros. Pero ¿qué haremos con todo el tejido creado en torno a ellos? Tejido para el cual esos aspectos que ahora vamos a cambiar pueden ser elementos determinantes cuando no causales de otros aspectos propios o ajenos? Podremos tratar de ir con una fina lupa y con una fina pinza –o no tan finas- identificando y extrayendo esos corpúsculos.
Y ¿qué haremos cuando tiremos de alguno de esos corpúsculos y se traiga arrastrando una enmarañada madeja de interacciones?
Analicemos ahora con más detalle el que hemos llamado cambio endógeno. Hemos dicho que lo decidimos nosotros. En ese acto de voluntad, en ese “quiere”, puede estar o no implícito el “debe” y el “puede”. El “debe” como respuesta a sus necesidades internas generadoras del cambio o dicho de otro modo el “debe” como intento de reequilibrio de alguna situación previa que no queremos o no podemos mantener. El “puede” como reflejo de las circunstancias de entorno tanto en lo que respecta a sus fuerzas para hacer el cambio y mantenerlo, venciendo sus propias inercias internas, como en lo que respecta a los efectos que tendrá ese cambio sobre nuestro entorno y que puedan generar reacciones el mismo que tiendan a neutralizar o al menos hacer cambiar la dirección del cambio emprendido.
Pero esos otros elementos, “debe” y “puede”, probablemente escondan efectos perniciosos no fácilmente identificables en el momento de decidir el cambio. Efectos que pueden poner en riesgo el proceso de cambio emprendido.
Obviamente cuando decidimos hacer el cambio sólo deseamos obtener efectos positivos tanto para nosotros mismos como para nuestro entorno. Con este fin habremos hecho una valoración, más o menos consciente, más o menos analítica, de los eventuales esos efectos negativos que el proceso de cambio pueda implicar. Y habremos establecido unos límites a esos indeseables parámetros.
Pero difícilmente habremos acertado plenamente en estas valoraciones. Por una parte esta valoración previa, con toda probabilidad, habrá venido teñida de una cierta falta de objetividad ya que normalmente la situación emocional que nos lleva a tomar la decisión de que hemos de hacer el cambio habrá sido de conflicto – lo fácil es no cambiar. Esta situación de conflicto no es al ambiente más propicio para pensar y decidir con objetividad, mermada como está nuestra capacidad de análisis. Por otra parte, por más preclara que hubiera podido ser esa capacidad de análisis, ni nosotros mismos ni el entorno humano afectado por el cambio, nos comportaremos exactamente como habíamos previsto. Esto conllevará la aparición de efectos no previstos, y en principio, no deseados que sumirán el proceso de cambio en un clima de confusión y desconcierto.
Nos veremos salpicados por las bravas olas de ese clima. Olas que pueden tener tanto procedencia interna –nuestro propio descontento con los resultados del cambio en nosotros mismos- como externas al rebelarse los individuos del entorno contra la nueva situación no deseada y a la que son, en principio, ajenos. Tendremos que poner en marcha toda nuestra capacidad de análisis para identificar esos elementos. Capacidad de análisis que, como hemos visto antes, la tendremos más bien puesta al servicio de los propios objetivos del cambio que a identificar y recoger esos efectos indeseables. Tendremos que alertar nuestra capacidad perceptiva si queremos identificarlos y neutralizarlos, en la medida en que le convenga, y, paradoja, aprestarnos a cambiar nosotros mismo, esta vez sin proponérnoslo ni desearlo, para adaptarnos a los nuevos escenarios emergentes y que tenían como precedente nuestro propio cambio.
Nos encontraremos aquí en un círculo, normalmente vicioso aunque bien podría ser virtuoso, de cambios y contra-cambios que, con mucha probabilidad, llevarán a situaciones análogas a las anteriores al primer cambio. Situaciones que en la medida que fueran de equilibrio; en la medida que estos equilibrios fueran emanados naturalmente de los integrantes del grupo y no impuestos por ninguno de los integrantes, llevaban un mínimo marchamo de autenticidad que los validaba.
Todo lo anterior puede concretarse en la idea de que, básicamente, el proceso del cambio es un proceso de desequilibrio. Es un proceso en el cual se pasa de una situación de equilibrio a otra situación de equilibrio a través de un periodo de desequilibrio. Lo cual no quiere decir absolutamente nada en cuanto a la calidad de esas previa y posterior situaciones de equilibrio. Ni tampoco en cuanto a la calidad de la fase de desequilibrio. Unas y otras pueden ser buenas o malas siempre en términos relativos. La secuencia normal sería que la situación de equilibrio de partida es mala, debido a lo cual decidimos propugnar un proceso de desequilibrio a la búsqueda de otra situación de equilibrio final presumiblemente mejor que la de partida.
En definitiva el proceso del cambio se limita sólo la fase de desequilibrio. Desequilibrio que, a pesar de que su nombre evoca conflicto y negatividad, no tiene por que limitarse a ello. El desequilibrio como búsqueda o experimentación encierra un enorme potencial de crecimiento para los miembros del grupo y de mejora para los sistemas.
De hecho a esta fase de desequilibrio podemos también llamarla fase de crisis. Uno u otro término son igualmente adecuados en función de lo que queramos evocar con él. Al usar el término desequilibrio buscamos acentuar la importancia de la interrelación entre los distintos elementos que componen el sistema. Y es esa interrelación la que está en equilibrio o en desequilibrio en uno u otro momento.
También al usar los términos equilibrio-desequilibrio ponemos de manifiesto que cuando un elemento del sistema se mueve, cambia, los otros elementos están obligados también a moverse. Y es en esa obligación donde radica la bondad o maldad del cambio. Ya hemos visto que para el individuo el proceso del cambio siempre es a priori atractivo. Nosotros, cambiadores, cambiamos porque queremos cambiar. Pero el entorno, en principio no quiere cambiar sino que está obligado a cambiar . Y ahí empiezan a aflorar los posibles efectos perniciosos sobre el sistema. En primer lugar, nuestro entorno, al venirle el cambio condicionado u obligado desde fuera siempre le coge desprevenido, a contrapie y eso lo incomoda. En segundo lugar este entorno puede no percibir, ni entender, ni compartir las bondades del cambio. Y en tercer lugar el entorno puede no ser capaz de adaptarse al cambio.
Aquí empezamos a ver qué requisitos debería cumplir el cambio para que tuviera éxito.
En primer lugar, en tanto que cambiadores, deberíamos definir los objetivos propios del cambio y tratar de identificar tanto los elementos de nuestro entorno que puedan ser influidos por el cambio como los eventuales paralelismos o antagonismos de intereses. De este análisis debería despenderse el cribado de algunos y la potenciación de otros de forma que empezaran a dibujarse cauces comunes. En segundo lugar deberíamos comunicar al entorno el cambio propuesto. Decimos comunicar y no decimos informar ya que con la palabra comunicar queremos también implicar la idea de “hacer partícipe” en su más amplio sentido. Y en tercer lugar deberíamos ayudar al entorno en la adaptación que el cambio le va a exigir. Ayudar en el doble sentido de apoyarlo y de suavizar los puntos críticos del nuevo sistema.
¿Y que hacer cuando esto falle? Cuando, sea por falta de análisis, de comunicación o de capacidad de adaptación el proceso se bloquee?
Quizá primero nos deberíamos preguntar cómo detectar los síntomas de que el proceso de cambio no está bien encarrilado y de que su éxito peligra.
La primera observación debe ser la más obvia. Aún con el ánimo más positivo y confiando en el éxito del cambio, deberíamos ser conscientes de que el proceso puede tener que ser abortado y de que deberíamos tener un plan alternativo, un plan B. Si no empezamos empieza por ahí estamos poniendo los cimientos del fracaso. No sólo del fracaso del cambio sino, peor, del fracaso de nosotros mismos en la medida que hayamos concebido el cambio como alguna milagrosa “tabla de salvación” de algo. La segunda es simplemente la de observar atentamente a nuestro entorno a la búsqueda de disonancias: ya cuando hagamos la propia comunicación del cambio se podrán observar esas disonancias si existen, pero será sobre todo después de que el entorno haya “aceptado” formalmente el cambio cuando pudieran aparecer las más graves cargas de profundidad para el proceso. Los ojos abiertos y el corazón abierto: debemos tener alerta los sentidos y sobre todo las emociones a fin de captar las señales; el cerebro para interpretarlas y la voluntad para adaptar lo que sea necesario.
“El cambio beneficia a los cambiadores” podría ser una máxima algo tremendista pero no lejos de la realidad.
Por supuesto que es lícito preguntarse a quién beneficia el cambio.
Claro que un buen cambio debería beneficiar también al entorno, o por lo menos no perjudicarlo. Pero ya sabemos desde hace tiempo que nunca llueve gusto de todos. El movilizador principal del ser humano son sus propios intereses. Y son, en el fondo, únicos para cada individuo. Con lo cual probablemente ya debamos abandonar el proyecto de hacer un cambio que beneficie a todos (el famoso win to win es una falacia) y cambiarlo por uno menos ambicioso aunque más realista y quizás por ello realizable de que casi no perjudique a nadie. O, más realista todavía, que si perjudica a alguien lo haga sólo en la medida en que sea compatible con otros intereses del perjudicado dentro grupo y, por tanto, aceptable.
¿Quiere esto decir que el cambio sea indeseable? ¿Que no tengamos que cambiar cuando las circunstancias propias cambien y lo hagan de forma tal que nos desequilibren? ¿Que no debamos intentar nuestro reequilibrio a través del cambio?
Obviamente la respuesta debería ser no. Obviamente, tenemos la libertad y, quizá también el deber, de intentar vivir lo mejor posible. Y si ello requiere cambios estos serán legítimos.
Quizá la prospección podría llevarnos a identificar qué cambios así como cuándo y cómo llevar a cabo esos cambios.
Todas estas preguntas podían tener una respuesta genérica común. Los que, cuando y como menos afecten a los demás. O, más precisamente, los que menos afecten a los demás de forma negativa para ellos mismos. Podría decirse: los que queramos, cuando queramos y como queramos si evitamos herir a los demás. Si evitamos los agravios y contra-agravios que nos traerán el dolor y nos llevarán a los cambios y contra-cambios que antes hemos descrito.
Pero. ¿Cómo se hace esto si hemos visto que la necesidad del cambio nace de un individuo en crisis, en desequilibrio y, por tanto, con la capacidad analítica en bajos momentos?
En todo lo anterior hemos dado por supuesto que el cambio se hace desde dentro hacia fuera. Contra algo –más bien contra alguien- y que por ello genera o puede generar efectos indeseables un uno mismo o en los demás. Pero .. ¿y si el cambio no es contra algo o contra alguien? ¿Y si el cambio fuera en primer lugar hacia dentro? A través de modificar conscientemente la lente a por la cual nos llega el exterior de forma que, de alguna manera, filtre y deje fuera lo negativo. A través de tomar distancia de forma que evitemos que nos afecte lo negativo que nos pueda llegar. Ensanchándonos para dar cabida al exterior, neutralizándolo cuando convenga –enquistándolo pero sin que llegue a generar anticuerpos que comprometería el éxito de eventuales nuevas llegadas y en cualquier caso evitando cuidadosamente que se produjeran oleadas reactivas de defensa. Autorrealizándonos en definitiva.
Quizá por este camino entráramos en ese más deseable “circulo virtuoso” a que antes hacíamos mención.
Si de los efectos negativos del cambio en los otros se pudieran deducir reacciones negativas, también sería legítimo pensar que de los eventuales efectos positivos que se derivarían del propio cambio positivo, se pudieran cosechar también reacciones positivas. Y ese cambio interno plagado de efectos positivos, tanto para el individuo como para el grupo, constituiría un modelo ideal de convivencia.
Pero no cabe ninguna duda que el modelo expuesto requiere una enorme dosis de autoconciencia y un alto nivel de autorrealización. Y ninguno de estos dos conceptos son moneda corriente. Quizá podamos tratar de alcanzarlos. Quizá incluso podemos tratar de alcanzarlos a través del cultivo de ese cambio interior positivo y de efectos positivos. Paro quizá también sea muy probable que si tratamos de actuar como si estuviéramos autorrealizados sin que esto sea una realidad suficiente, podemos obtener, con la mejor de las intenciones, otra clase de efectos negativos. Efectos negativos que en primer lugar se manifestarán a través de nosotros mismos: al no disponer de las herramientas emotivas y morales que nos habría proporcionado la autorrealización tenemos que aplicar sólo las mucho más modestas herramientas de la contención generadora de frustración. En estas condiciones ese cambio interior regido sólo por sublimadas ideas positivas y que debería generar sólo efectos positivos es en realidad una lapidación continuada de tensiones que esperarán pacientemente su turno para explotar y salir arrastrando a su paso cuando de positivo se haya podido generar. Y no sólo quizá arrastrando lo construido. Quizá también, al igual que, como los remolinos de agua desbordada, hoyando profundos cráteres que quedan después de pasada la riada y que, si esta no nos ha llevado, nos costará localizar, valorar y, pacientemente tapar. Si es que las circunstancias nos dan oportunidad para ello.
¿Dónde estaría pues el justo medio?
¿Qué hacer si nos llega la necesidad del cambio y no nos coje, como es lo más probable, preparados, autorrealizados?
¿Cambiar hacia fuera asumiendo ya de entrada el riesgo cierto de que saltarán muchas cosas por los aires que después tendremos que correr a recomponer?
¿Intentar ese cambio interior beatífico pero igualmente peligroso a largo plazo?
¿O mantenernos acurrucados detrás de la piedra del conformismo que nos protege de los riesgos de la acción pero la cual sabemos que no nos podrá proteger eternamente?
miércoles, diciembre 19, 2007
Nuestras tertulias: El miedo. Noviembre 2007
El miedo
Miedo.- Estado afectivo del que ve ante sí un peligro o ve en algo una causa posible de padecimiento o de molestia para él: ‘Tiene miedo de caerse’.
Emoción.- Alteración afectiva intensa que acompaña o sigue inmediatamente a la experiencia de un suceso feliz o desgraciado o que significa un cambio profundo en la vida sentimental
Origen remoto.
El origen del miedo es la inseguridad. No hay miedo sin inseguridad. Y el origen de la inseguridad es la debilidad. No hay inseguridad sin debilidad. En la medida en que seamos fuertes nos sentiremos seguros. La fortaleza neutralizará la inseguridad, y con ella al miedo, en dos sentidos: por una parte evitando su aparición y por otra minimizando o eliminando los efectos del mal sobre nosotros.
Causas inmediatas
Son causas inmediatas del miedo: los riesgos en tanto que posibles o potenciales; los peligros en tanto que probables o evidentes y las amenazas en tanto que inminentes.
Reacciones
La reacción ante el riesgo, el peligro o la amenaza es la puesta en marcha de los mecanismos que las neutralicen. Estos mecanismos son del tipo de huida u ocultación (la ocultación es una forma de huida) y la defensa o ataque siendo este último una forma de defensa.
Efectos
El principal efecto del miedo es el shock y sus derivados como la perdida de control y la paralización.
TIPOS DE MIEDO
- Miedo irracional
- Miedo racional
- Miedo infinito
Miedo irracional
He llamado miedo irracional o miedo instintivo al miedo que sufren los seres irracionales o bien al que sufren los seres racionales en tanto que reaccionen de forma irracional y primitiva. Se tiene miedo irracional ante una situación que se perciba como, o que recuerde al, riesgo, peligro o amenaza para el ser. No se produce análisis de la situación que produce miedo. Simplemente se percibe de forma automática.
La respuesta al miedo irracional es la huida o la ocultación pero no la defensa ni la agresión salvo que se perciban estas actitudes como las únicas que librarán del peligro.
El animal, por más feroz que sea, sólo atacará si se siente acosado. Normalmente percibir el peligro le hará huir, esconderse, o mimetizarse para tratar de pasar desapercibido.
Descendiendo un grado más en cuanto a grado de conciencia en la escala de los seres vivos, es decir, descendiendo al mundo de los vegetales a los cuales no se les puede atribuir ni siquiera comportamiento instintivo sino que sus reacciones son exclusivamente vegetativas también podemos describir similares mecanismos a los descritos más arriba para los seres irracionales. Las células urticantes en tanto que mecanismo de defensa o el mimetismo en tanto que mecanismo de ocultación son buenos exponentes de lo anterior.
Miedo racional
En el análisis y descripción del miedo racional damos un paso importante en la valoración del miedo. Ya no es sólo lo que sucedía en el miedo irracional que sólo daba una respuesta instintiva que siempre obedecía a una relación temporal de causa-efecto. Es decir, daba una respuesta instintiva que se producía ante una causa durante el tiempo en que ésta estuviera actuando o, en el límite, durante el tiempo en que en el sujeto del miedo quedara memoria de la causa como tal.
Pero en este caso vamos más allá. El miedo racional, por definición, sólo lo tiene el ser racional. Y el ser racional usa el raciocinio, el intelecto, para ahondar en todos los aspectos del miedo. En el aspecto de la percepción, en el aspecto de la valoración y en el aspecto de la reacción.
En el aspecto de la percepción, el miedo racional se alimenta no sólo de los elementos inmediatos percibidos como peligros y amenazas, sino también en las construcciones mentales que modifiquen su percepción sea agrandándolos, empequeñeciéndolos o neutralizándolos -deformándolos en fin- según otros intereses que puedan estar presentes durante la percepción. Esto es así no sólo de una forma consciente sino que, probablemente con más frecuencia y por supuesto con más trascendencia, lo es también de una forma inconsciente. Podemos así percibir como amenazas situaciones que no lo sean y minimizar otras amenazas muy reales. Estamos aquí situando la percepción racional en inferioridad de condiciones respecto a la percepción irracional. Probablemente la percepción irracional nunca se engaña mientras que, como vemos, la racional sí.
En cuanto a la valoración de los peligros, el ser racional puede caer en similares desenfoques a los descritos para la percepción. Inmediatamente que perciba un peligro, quizá deformado con todos los errores de percepción que puedan acompañarlo, tratará de valorarlo en relación con otras experiencias y con otros contenidos de la mente. También condicionarlo por otros intereses por más legítimos que estos sean pero no por ello menos deformantes. El resultado dudosamente será una representación real y correctamente valorada de las causas.
En el aspecto de la reacción ante el peligro no podemos ser más optimistas. A riesgo de repetirnos se podrían relacionar también aquí los elementos deformadores de los párrafos anteriores. Sin embargo, cobra especial relevancia el interés, que si bien quizá ya había hecho acto de presencia en los aspectos anteriores, ahora pude jugar un papel definitivo. El interés decíamos que nos impulsará de antemano por un camino ya deformado llevándonos a aplicar reacciones impropias. Tanto más importante es la incidencia del interés si consideramos que, de existir, sin duda habrá también falseado los procesos de percepción y valoración. En este punto no podemos dejar de considerar que ese interés puede estar originado no sólo en sentimientos negativos como el odio, el egoísmo o el orgullo, sino que también puede estar inspirado otros positivos como el amor, la piedad o la compasión y en ambos casos teñirán el resultado con negativismo o con positivismo respectivamente.
De lo anterior parecería que el ser racional fuera incapaz de manejar el miedo ni de tener reacciones apropiadas. Así lo parecería. Y probablemente así lo es en muchas ocasiones. En otras los errores producidos por la “racionalidad irracional” habrán sido compensados, y quizá ampliamente compensados, por la capacidad del intelecto como eficaz vigilante de sí mismo. Si esto último ha sucedido el intelecto ha vencido. El miedo al peligro no ha dejado la huella de las batallas perdidas expresadas con los miedos.
Hasta ahora hemos hablado de “el miedo”. Pero ¿qué serían entonces “los miedos”?. Quizá podríamos verlos como restos de naufragios. O quizá más que de naufragios de choques del barco que es el ser en su navegación con el mar frecuentemente embravecido, -riegos, peligros, amenazas, miedos en fin- que es la vida. Cada golpe da mar puede arrancar un trozo del ser. Y esos restos pueblan amenazantes el mar dificultando cada vez más la navegación. Y cada uno de ellos nos muestra una derrota. Pequeños o grandes “los miedos” serán sólo eso: muestras de batallas perdidas y exponentes de nuestras inseguridades y de nuestras debilidades. Desde lo trivial a lo trascendente siempre serán eso. El miedo a perder el trabajo nos hablará de nuestro apego a lo material y al prestigio social. El miedo a los otros nos hablará de nuestra incapacidad para la relación en el amor. El miedo a la enfermedad nos hablará de nuestra incapacidad para el sufrimiento y la sublimación. El miedo a la muerte de nuestra incapacidad para entender el misterio de la vida. El miedo al miedo en fin nos hablará de futilidad.
Y el miedo a nosotros mismos nos hablará de nuestra enajenación
Miedo infinito
Y ¿qué podemos decir de lo que, a falta de mejor término, hemos llamado miedo infinito si ya parece que hemos agotado en la descripción del miedo racional a ser humano?
Tendríamos que buscarlo en lo que el hombre es de trascendente. Tanto cuando el hombre mira hacia fuera, hacia la trascendencia, hacia Díos, hacia lo infinito, como cuando mira hacia la profunda sima interior del ser aparecen otro tipo de causas, que no parece que tengan nada que ver ni con el riego, ni con el peligro ni con la amenaza eran las causas que abastecían el miedo irracional o el racional. Aquí, en lo que hemos llamado miedo infinito las causas parecen ser de otro orden. No hay nada concreto que produzca ni justifique ese miedo, nada amenaza al ser, ningún peligro del que haya de preservarse. Sin embargo, basta cerrar los ojos y dejarse llevar, en profundidad, por la idea de infinitud para que aparezca algo que atenaza la garganta y oprime el estomago mientras un escalofrío recorre la piel. ¿Cómo se pueden traducir esas sensaciones? Quizá la pregunta debería ser si es eso miedo. Incluso quizá nos deberíamos haber preguntado si esas sensaciones responden a algo negativo. Quizá le llamamos miedo porque en sí son muy parecidas a las que el ser tiene ante ese miedo que antes hemos descrito. Quizá sólo son similares porque no tenemos otras. Porque el ser humano, en su evolución a medias, aún no las ha desarrollado y al igual que no tendrá sentido hablar de escalofrío para las plantas, no podemos aplicar un término que aún no hemos inventado para definir unas sensaciones que existen sólo en estado incipiente y que aquí hemos llamado miedo infinito. Por esa similitud nos parece que respondan a algo negativo. Pero, ¿no tenemos también sensaciones físicas parecidas ante situaciones de extrema complacencia como puede ser vivir el amor o contemplar la belleza? ¿no nos faltaría inventar ese término contrapuesto al miedo que las definiera en una sola palabra? ¿podría ser éxtasis?
Pero, claro, si el discurso es este, porqué hemos creado esa categoría especial del miedo infinito para después decir que no existe y que quizás mejor lo llamaremos algo parecido al éxtasis. Bueno, quizá el objetivo era acercarnos a la idea y desde cerca ponerle un nombre.
Un propósito adicional de este análisis era, llegado a este punto tratar de identificar “los miedos” que se desprendieran del miedo infinito. Harto difícil sería identificarlos si, habiéndolos definido como residuos de las batallas perdidas contra el miedo, ese miedo no es tal. Pero quizá podamos también en este aspecto buscar un paralelismo. Si los miedos son residuos de batallas, ¿porqué su equivalente no pueden ser las intuiciones?. Las intuiciones, u otra palabra parecida que inventaremos, como ladrillos con los que construiremos ese mundo místico.
¿Cómo percibimos?; ¿cómo valoramos?; ¿cómo reaccionamos ante ese miedo infinito?
Y quizá quepan aquí dos preguntas más: ¿Quién y cuándo? ¿todo el mundo o sólo algunos favorecidos por el espíritu? ¿siempre o sólo cuando destella el Ser?
Miedo.- Estado afectivo del que ve ante sí un peligro o ve en algo una causa posible de padecimiento o de molestia para él: ‘Tiene miedo de caerse’.
Emoción.- Alteración afectiva intensa que acompaña o sigue inmediatamente a la experiencia de un suceso feliz o desgraciado o que significa un cambio profundo en la vida sentimental
Origen remoto.
El origen del miedo es la inseguridad. No hay miedo sin inseguridad. Y el origen de la inseguridad es la debilidad. No hay inseguridad sin debilidad. En la medida en que seamos fuertes nos sentiremos seguros. La fortaleza neutralizará la inseguridad, y con ella al miedo, en dos sentidos: por una parte evitando su aparición y por otra minimizando o eliminando los efectos del mal sobre nosotros.
Causas inmediatas
Son causas inmediatas del miedo: los riesgos en tanto que posibles o potenciales; los peligros en tanto que probables o evidentes y las amenazas en tanto que inminentes.
Reacciones
La reacción ante el riesgo, el peligro o la amenaza es la puesta en marcha de los mecanismos que las neutralicen. Estos mecanismos son del tipo de huida u ocultación (la ocultación es una forma de huida) y la defensa o ataque siendo este último una forma de defensa.
Efectos
El principal efecto del miedo es el shock y sus derivados como la perdida de control y la paralización.
TIPOS DE MIEDO
- Miedo irracional
- Miedo racional
- Miedo infinito
Miedo irracional
He llamado miedo irracional o miedo instintivo al miedo que sufren los seres irracionales o bien al que sufren los seres racionales en tanto que reaccionen de forma irracional y primitiva. Se tiene miedo irracional ante una situación que se perciba como, o que recuerde al, riesgo, peligro o amenaza para el ser. No se produce análisis de la situación que produce miedo. Simplemente se percibe de forma automática.
La respuesta al miedo irracional es la huida o la ocultación pero no la defensa ni la agresión salvo que se perciban estas actitudes como las únicas que librarán del peligro.
El animal, por más feroz que sea, sólo atacará si se siente acosado. Normalmente percibir el peligro le hará huir, esconderse, o mimetizarse para tratar de pasar desapercibido.
Descendiendo un grado más en cuanto a grado de conciencia en la escala de los seres vivos, es decir, descendiendo al mundo de los vegetales a los cuales no se les puede atribuir ni siquiera comportamiento instintivo sino que sus reacciones son exclusivamente vegetativas también podemos describir similares mecanismos a los descritos más arriba para los seres irracionales. Las células urticantes en tanto que mecanismo de defensa o el mimetismo en tanto que mecanismo de ocultación son buenos exponentes de lo anterior.
Miedo racional
En el análisis y descripción del miedo racional damos un paso importante en la valoración del miedo. Ya no es sólo lo que sucedía en el miedo irracional que sólo daba una respuesta instintiva que siempre obedecía a una relación temporal de causa-efecto. Es decir, daba una respuesta instintiva que se producía ante una causa durante el tiempo en que ésta estuviera actuando o, en el límite, durante el tiempo en que en el sujeto del miedo quedara memoria de la causa como tal.
Pero en este caso vamos más allá. El miedo racional, por definición, sólo lo tiene el ser racional. Y el ser racional usa el raciocinio, el intelecto, para ahondar en todos los aspectos del miedo. En el aspecto de la percepción, en el aspecto de la valoración y en el aspecto de la reacción.
En el aspecto de la percepción, el miedo racional se alimenta no sólo de los elementos inmediatos percibidos como peligros y amenazas, sino también en las construcciones mentales que modifiquen su percepción sea agrandándolos, empequeñeciéndolos o neutralizándolos -deformándolos en fin- según otros intereses que puedan estar presentes durante la percepción. Esto es así no sólo de una forma consciente sino que, probablemente con más frecuencia y por supuesto con más trascendencia, lo es también de una forma inconsciente. Podemos así percibir como amenazas situaciones que no lo sean y minimizar otras amenazas muy reales. Estamos aquí situando la percepción racional en inferioridad de condiciones respecto a la percepción irracional. Probablemente la percepción irracional nunca se engaña mientras que, como vemos, la racional sí.
En cuanto a la valoración de los peligros, el ser racional puede caer en similares desenfoques a los descritos para la percepción. Inmediatamente que perciba un peligro, quizá deformado con todos los errores de percepción que puedan acompañarlo, tratará de valorarlo en relación con otras experiencias y con otros contenidos de la mente. También condicionarlo por otros intereses por más legítimos que estos sean pero no por ello menos deformantes. El resultado dudosamente será una representación real y correctamente valorada de las causas.
En el aspecto de la reacción ante el peligro no podemos ser más optimistas. A riesgo de repetirnos se podrían relacionar también aquí los elementos deformadores de los párrafos anteriores. Sin embargo, cobra especial relevancia el interés, que si bien quizá ya había hecho acto de presencia en los aspectos anteriores, ahora pude jugar un papel definitivo. El interés decíamos que nos impulsará de antemano por un camino ya deformado llevándonos a aplicar reacciones impropias. Tanto más importante es la incidencia del interés si consideramos que, de existir, sin duda habrá también falseado los procesos de percepción y valoración. En este punto no podemos dejar de considerar que ese interés puede estar originado no sólo en sentimientos negativos como el odio, el egoísmo o el orgullo, sino que también puede estar inspirado otros positivos como el amor, la piedad o la compasión y en ambos casos teñirán el resultado con negativismo o con positivismo respectivamente.
De lo anterior parecería que el ser racional fuera incapaz de manejar el miedo ni de tener reacciones apropiadas. Así lo parecería. Y probablemente así lo es en muchas ocasiones. En otras los errores producidos por la “racionalidad irracional” habrán sido compensados, y quizá ampliamente compensados, por la capacidad del intelecto como eficaz vigilante de sí mismo. Si esto último ha sucedido el intelecto ha vencido. El miedo al peligro no ha dejado la huella de las batallas perdidas expresadas con los miedos.
Hasta ahora hemos hablado de “el miedo”. Pero ¿qué serían entonces “los miedos”?. Quizá podríamos verlos como restos de naufragios. O quizá más que de naufragios de choques del barco que es el ser en su navegación con el mar frecuentemente embravecido, -riegos, peligros, amenazas, miedos en fin- que es la vida. Cada golpe da mar puede arrancar un trozo del ser. Y esos restos pueblan amenazantes el mar dificultando cada vez más la navegación. Y cada uno de ellos nos muestra una derrota. Pequeños o grandes “los miedos” serán sólo eso: muestras de batallas perdidas y exponentes de nuestras inseguridades y de nuestras debilidades. Desde lo trivial a lo trascendente siempre serán eso. El miedo a perder el trabajo nos hablará de nuestro apego a lo material y al prestigio social. El miedo a los otros nos hablará de nuestra incapacidad para la relación en el amor. El miedo a la enfermedad nos hablará de nuestra incapacidad para el sufrimiento y la sublimación. El miedo a la muerte de nuestra incapacidad para entender el misterio de la vida. El miedo al miedo en fin nos hablará de futilidad.
Y el miedo a nosotros mismos nos hablará de nuestra enajenación
Miedo infinito
Y ¿qué podemos decir de lo que, a falta de mejor término, hemos llamado miedo infinito si ya parece que hemos agotado en la descripción del miedo racional a ser humano?
Tendríamos que buscarlo en lo que el hombre es de trascendente. Tanto cuando el hombre mira hacia fuera, hacia la trascendencia, hacia Díos, hacia lo infinito, como cuando mira hacia la profunda sima interior del ser aparecen otro tipo de causas, que no parece que tengan nada que ver ni con el riego, ni con el peligro ni con la amenaza eran las causas que abastecían el miedo irracional o el racional. Aquí, en lo que hemos llamado miedo infinito las causas parecen ser de otro orden. No hay nada concreto que produzca ni justifique ese miedo, nada amenaza al ser, ningún peligro del que haya de preservarse. Sin embargo, basta cerrar los ojos y dejarse llevar, en profundidad, por la idea de infinitud para que aparezca algo que atenaza la garganta y oprime el estomago mientras un escalofrío recorre la piel. ¿Cómo se pueden traducir esas sensaciones? Quizá la pregunta debería ser si es eso miedo. Incluso quizá nos deberíamos haber preguntado si esas sensaciones responden a algo negativo. Quizá le llamamos miedo porque en sí son muy parecidas a las que el ser tiene ante ese miedo que antes hemos descrito. Quizá sólo son similares porque no tenemos otras. Porque el ser humano, en su evolución a medias, aún no las ha desarrollado y al igual que no tendrá sentido hablar de escalofrío para las plantas, no podemos aplicar un término que aún no hemos inventado para definir unas sensaciones que existen sólo en estado incipiente y que aquí hemos llamado miedo infinito. Por esa similitud nos parece que respondan a algo negativo. Pero, ¿no tenemos también sensaciones físicas parecidas ante situaciones de extrema complacencia como puede ser vivir el amor o contemplar la belleza? ¿no nos faltaría inventar ese término contrapuesto al miedo que las definiera en una sola palabra? ¿podría ser éxtasis?
Pero, claro, si el discurso es este, porqué hemos creado esa categoría especial del miedo infinito para después decir que no existe y que quizás mejor lo llamaremos algo parecido al éxtasis. Bueno, quizá el objetivo era acercarnos a la idea y desde cerca ponerle un nombre.
Un propósito adicional de este análisis era, llegado a este punto tratar de identificar “los miedos” que se desprendieran del miedo infinito. Harto difícil sería identificarlos si, habiéndolos definido como residuos de las batallas perdidas contra el miedo, ese miedo no es tal. Pero quizá podamos también en este aspecto buscar un paralelismo. Si los miedos son residuos de batallas, ¿porqué su equivalente no pueden ser las intuiciones?. Las intuiciones, u otra palabra parecida que inventaremos, como ladrillos con los que construiremos ese mundo místico.
¿Cómo percibimos?; ¿cómo valoramos?; ¿cómo reaccionamos ante ese miedo infinito?
Y quizá quepan aquí dos preguntas más: ¿Quién y cuándo? ¿todo el mundo o sólo algunos favorecidos por el espíritu? ¿siempre o sólo cuando destella el Ser?
Nuestras tertulias: El cambio. Junio 2007
Notas sobre “El cambio”
De las muchas aplicaciones que en la práctica podemos dar a la palabra “cambio”, analizaremos aquí sólo aquellas que den cuenta del cambio de las personas, del cambio en cuanto al proceso de traspaso de una situación a otra. Normalmente de una situación indeseable a otra más acorde con nuestros intereses o deseos.
Centrando un poco más. Nos ceñiremos a aquellos procesos de cambio en los que nuestra voluntad, en tanto que objetos y sujetos del cambio, interviene o puede intervenir para conformar el proceso y el alcance del cambio. No nos ocuparemos, por tanto, de los cambios debidos a circunstancias externas a nosotros, bien sean producidas por la naturaleza o por la sociedad, y sobre las que nosotros, desde nuestra función de mero objeto, poco o nada podamos influir sea para modificarlo o para contenerlo.
No es fácil, sin embargo, definir con precisión cuándo somos sólo objeto pasivo o cuando somos la vez sujeto actor. A medida que avanzamos en la definición vemos que aparecen zonas de grises en las que es progresivamente difícil definir nuestro grado de posibilidad de participación. Cambios producidos por circunstancias externas (cambio exógeno) en los que quizá hayamos podido influir de forma activa participando en la generación del escenario del cambio o de forma pasiva omitiendo acciones que hubieran modificado o impedido que catalizara la fuerza externa del cambio. O cambios generados por nosotros (cambio endógeno) en los cuales es dudoso si nuestra aparentemente clara iniciativa por realizar el proceso de cambio, es exclusivamente interna o viene dada por difusos y quizás subliminales condicionantes externos.
Los dos tipos de cambio definidos antes -exógenos y endógenos- son extremos y meramente teóricos. Los únicos cambios realmente exógenos serían aquellos de origen natural o social, con causas externas como hemos dicho, y que ya hemos excluido de nuestro estudio. Así como los únicos cambios realmente endógenos aquellos que estuvieran causados por nosotros y hipotéticamente libres de condicionantes sociales o educacionales y que analizaremos en detalle más adelante. Todos los demás cambios participarán en mayor o menor medida de una dosis de “internalidad” en cuanto a los exógenos o “externalidad” en cuanto a los endógenos. Es decir, siempre habremos podido influir en alguna medida sobre el cambio exógeno y también siempre habremos recibido alguna influencia externa en el cambio endógeno.
El cambio exógeno puede producirse sin que, en tanto que sujetos, lo perciba como tal cambio. Mejor dicho, en la medida en que sea realmente exógeno, el cambio será gradual y prácticamente imperceptible para nosotros e incorporaremos como propias las nuevas pautas de comportamiento. Sólo el observador exterior, en la medida en que sea objetivo, puede observar este cambio hasta el punto de que el negaremos la existencia del mismo.
Obviamente los modelos antes establecidos no son más que meras aproximaciones. Particularmente, centrándonos en el cambio endógeno, nos podríamos plantear varios subtipos dignos de interés:
Podrimos hablar del “cambio endógeno forzado” cuando es endógeno en el sentido de que se genera en nuestro interior, de dentro hacia fuera, pero que no es consciente ni quizá deseado; el cambio cuando algo se mueve en el nuestro interior y este movimiento se refleja en superficie sin que podamos hacer nada por evitarlo. Este tipo cambio sería bastante similar el cambio exógeno en el sentido de que no sería manejable por nosotros. Un cierto paralelismo a este tipo de cambio podríamos encontrarlo en los corrimientos internos de masas en el interior del planeta Tierra tales que generan terremotos y otros fenómenos similares.
Quizá podría ser el más real de los cambios endógenos en el sentido de que es realmente cambio. Decir que éste es realmente cambio parece querer decir que el resto de los cambios endógenos no lo sean. ¿Lo son? ¿Realmente cambiamos cuando decidimos hacer un cambio? ¿O simplemente afloramos algunas características de nuestra personalidad que las circunstancias habían hecho que tuviéramos camufladas. En “stand by” se diría ahora usando un neologismo.
¿Cuántas veces nos hemos propuesto cambiar hartos de caer siempre en el mismo error, de que nos hagan siempre las mismas heridas las mismas personas, de hacer siempre las misma heridas a las mismas personas, de, en fin, tropezar siempre con la misma piedra? ¿Lo hemos conseguido? ¿Hemos cambiado? O simplemente nos hemos centrando en identificar esos errores y en evitarlos.
Pero les llamamos cambio. Nos informamos a nosotros mismos, y quizá también a los demás de que vamos a cambiar o de que hemos cambiado y lo hacemos de una forma plenamente consciente. Hemos decidido que queremos modificar unas pautas de comportamiento a fin de adecuarlas a una determinada satisfacción de necesidades, bien sea porque éstas hayan cambiado, o porque valoremos como necesario dar una nueva respuesta a las mismas.
Antes hemos dicho que iniciamos el proceso de cambio de unos aspectos de nuestro comportamiento, ¿Cuáles? Con toda seguridad aquellos que nos molestan a nosotros. Pero ¿qué haremos con todo el tejido creado en torno a ellos? Tejido para el cual esos aspectos que ahora vamos a cambiar pueden ser elementos determinantes cuando no causales de otros aspectos propios o ajenos? Podremos tratar de ir con una fina lupa y con una fina pinza –o no tan finas- identificando y extrayendo esos corpúsculos.
Y ¿qué haremos cuando tiremos de alguno de esos corpúsculos y se traiga arrastrando una enmarañada madeja de interacciones?
Analicemos ahora con más detalle el que hemos llamado cambio endógeno. Hemos dicho que lo decidimos nosotros. En ese acto de voluntad, en ese “quiere”, puede estar o no implícito el “debe” y el “puede”. El “debe” como respuesta a sus necesidades internas generadoras del cambio o dicho de otro modo el “debe” como intento de reequilibrio de alguna situación previa que no queremos o no podemos mantener. El “puede” como reflejo de las circunstancias de entorno tanto en lo que respecta a sus fuerzas para hacer el cambio y mantenerlo, venciendo sus propias inercias internas, como en lo que respecta a los efectos que tendrá ese cambio sobre nuestro entorno y que puedan generar reacciones el mismo que tiendan a neutralizar o al menos hacer cambiar la dirección del cambio emprendido.
Pero esos otros elementos, “debe” y “puede”, probablemente escondan efectos perniciosos no fácilmente identificables en el momento de decidir el cambio. Efectos que pueden poner en riesgo el proceso de cambio emprendido.
Obviamente cuando decidimos hacer el cambio sólo deseamos obtener efectos positivos tanto para nosotros mismos como para nuestro entorno. Con este fin habremos hecho una valoración, más o menos consciente, más o menos analítica, de los eventuales esos efectos negativos que el proceso de cambio pueda implicar. Y habremos establecido unos límites a esos indeseables parámetros.
Pero difícilmente habremos acertado plenamente en estas valoraciones. Por una parte esta valoración previa, con toda probabilidad, habrá venido teñida de una cierta falta de objetividad ya que normalmente la situación emocional que nos lleva a tomar la decisión de que hemos de hacer el cambio habrá sido de conflicto – lo fácil es no cambiar. Esta situación de conflicto no es al ambiente más propicio para pensar y decidir con objetividad, mermada como está nuestra capacidad de análisis. Por otra parte, por más preclara que hubiera podido ser esa capacidad de análisis, ni nosotros mismos ni el entorno humano afectado por el cambio, nos comportaremos exactamente como habíamos previsto. Esto conllevará la aparición de efectos no previstos, y en principio, no deseados que sumirán el proceso de cambio en un clima de confusión y desconcierto.
Nos veremos salpicados por las bravas olas de ese clima. Olas que pueden tener tanto procedencia interna –nuestro propio descontento con los resultados del cambio en nosotros mismos- como externas al rebelarse los individuos del entorno contra la nueva situación no deseada y a la que son, en principio, ajenos. Tendremos que poner en marcha toda nuestra capacidad de análisis para identificar esos elementos. Capacidad de análisis que, como hemos visto antes, la tendremos más bien puesta al servicio de los propios objetivos del cambio que a identificar y recoger esos efectos indeseables. Tendremos que alertar nuestra capacidad perceptiva si queremos identificarlos y neutralizarlos, en la medida en que le convenga, y, paradoja, aprestarnos a cambiar nosotros mismo, esta vez sin proponérnoslo ni desearlo, para adaptarnos a los nuevos escenarios emergentes y que tenían como precedente nuestro propio cambio.
Nos encontraremos aquí en un círculo, normalmente vicioso aunque bien podría ser virtuoso, de cambios y contra-cambios que, con mucha probabilidad, llevarán a situaciones análogas a las anteriores al primer cambio. Situaciones que en la medida que fueran de equilibrio; en la medida que estos equilibrios fueran emanados naturalmente de los integrantes del grupo y no impuestos por ninguno de los integrantes, llevaban un mínimo marchamo de autenticidad que los validaba.
Todo lo anterior puede concretarse en la idea de que, básicamente, el proceso del cambio es un proceso de desequilibrio. Es un proceso en el cual se pasa de una situación de equilibrio a otra situación de equilibrio a través de un periodo de desequilibrio. Lo cual no quiere decir absolutamente nada en cuanto a la calidad de esas previa y posterior situaciones de equilibrio. Ni tampoco en cuanto a la calidad de la fase de desequilibrio. Unas y otras pueden ser buenas o malas siempre en términos relativos. La secuencia normal sería que la situación de equilibrio de partida es mala, debido a lo cual decidimos propugnar un proceso de desequilibrio a la búsqueda de otra situación de equilibrio final presumiblemente mejor que la de partida.
En definitiva el proceso del cambio se limita sólo la fase de desequilibrio. Desequilibrio que, a pesar de que su nombre evoca conflicto y negatividad, no tiene por que limitarse a ello. El desequilibrio como búsqueda o experimentación encierra un enorme potencial de crecimiento para los miembros del grupo y de mejora para los sistemas.
De hecho a esta fase de desequilibrio podemos también llamarla fase de crisis. Uno u otro término son igualmente adecuados en función de lo que queramos evocar con él. Al usar el término desequilibrio buscamos acentuar la importancia de la interrelación entre los distintos elementos que componen el sistema. Y es esa interrelación la que está en equilibrio o en desequilibrio en uno u otro momento.
También al usar los términos equilibrio-desequilibrio ponemos de manifiesto que cuando un elemento del sistema se mueve, cambia, los otros elementos están obligados también a moverse. Y es en esa obligación donde radica la bondad o maldad del cambio. Ya hemos visto que para el individuo el proceso del cambio siempre es a priori atractivo. Nosotros, cambiadores, cambiamos porque queremos cambiar. Pero el entorno, en principio no quiere cambiar sino que está obligado a cambiar . Y ahí empiezan a aflorar los posibles efectos perniciosos sobre el sistema. En primer lugar, nuestro entorno, al venirle el cambio condicionado u obligado desde fuera siempre le coge desprevenido, a contrapie y eso lo incomoda. En segundo lugar este entorno puede no percibir, ni entender, ni compartir las bondades del cambio. Y en tercer lugar el entorno puede no ser capaz de adaptarse al cambio.
Aquí empezamos a ver qué requisitos debería cumplir el cambio para que tuviera éxito.
En primer lugar, en tanto que cambiadores, deberíamos definir los objetivos propios del cambio y tratar de identificar tanto los elementos de nuestro entorno que puedan ser influidos por el cambio como los eventuales paralelismos o antagonismos de intereses. De este análisis debería despenderse el cribado de algunos y la potenciación de otros de forma que empezaran a dibujarse cauces comunes. En segundo lugar deberíamos comunicar al entorno el cambio propuesto. Decimos comunicar y no decimos informar ya que con la palabra comunicar queremos también implicar la idea de “hacer partícipe” en su más amplio sentido. Y en tercer lugar deberíamos ayudar al entorno en la adaptación que el cambio le va a exigir. Ayudar en el doble sentido de apoyarlo y de suavizar los puntos críticos del nuevo sistema.
¿Y que hacer cuando esto falle? Cuando, sea por falta de análisis, de comunicación o de capacidad de adaptación el proceso se bloquee?
Quizá primero nos deberíamos preguntar cómo detectar los síntomas de que el proceso de cambio no está bien encarrilado y de que su éxito peligra.
La primera observación debe ser la más obvia. Aún con el ánimo más positivo y confiando en el éxito del cambio, deberíamos ser conscientes de que el proceso puede tener que ser abortado y de que deberíamos tener un plan alternativo, un plan B. Si no empezamos empieza por ahí estamos poniendo los cimientos del fracaso. No sólo del fracaso del cambio sino, peor, del fracaso de nosotros mismos en la medida que hayamos concebido el cambio como alguna milagrosa “tabla de salvación” de algo. La segunda es simplemente la de observar atentamente a nuestro entorno a la búsqueda de disonancias: ya cuando hagamos la propia comunicación del cambio se podrán observar esas disonancias si existen, pero será sobre todo después de que el entorno haya “aceptado” formalmente el cambio cuando pudieran aparecer las más graves cargas de profundidad para el proceso. Los ojos abiertos y el corazón abierto: debemos tener alerta los sentidos y sobre todo las emociones a fin de captar las señales; el cerebro para interpretarlas y la voluntad para adaptar lo que sea necesario.
“El cambio beneficia a los cambiadores” podría ser una máxima algo tremendista pero no lejos de la realidad.
Por supuesto que es lícito preguntarse a quién beneficia el cambio.
Claro que un buen cambio debería beneficiar también al entorno, o por lo menos no perjudicarlo. Pero ya sabemos desde hace tiempo que nunca llueve gusto de todos. El movilizador principal del ser humano son sus propios intereses. Y son, en el fondo, únicos para cada individuo. Con lo cual probablemente ya debamos abandonar el proyecto de hacer un cambio que beneficie a todos (el famoso win to win es una falacia) y cambiarlo por uno menos ambicioso aunque más realista y quizás por ello realizable de que casi no perjudique a nadie. O, más realista todavía, que si perjudica a alguien lo haga sólo en la medida en que sea compatible con otros intereses del perjudicado dentro grupo y, por tanto, aceptable.
¿Quiere esto decir que el cambio sea indeseable? ¿Que no tengamos que cambiar cuando las circunstancias propias cambien y lo hagan de forma tal que nos desequilibren? ¿Que no debamos intentar nuestro reequilibrio a través del cambio?
Obviamente la respuesta debería ser no. Obviamente, tenemos la libertad y, quizá también el deber, de intentar vivir lo mejor posible. Y si ello requiere cambios estos serán legítimos.
Quizá la prospección podría llevarnos a identificar qué cambios así como cuándo y cómo llevar a cabo esos cambios.
Todas estas preguntas podían tener una respuesta genérica común. Los que, cuando y como menos afecten a los demás. O, más precisamente, los que menos afecten a los demás de forma negativa para ellos mismos. Podría decirse: los que queramos, cuando queramos y como queramos si evitamos herir a los demás. Si evitamos los agravios y contra-agravios que nos traerán el dolor y nos llevarán a los cambios y contra-cambios que antes hemos descrito.
Pero. ¿Cómo se hace esto si hemos visto que la necesidad del cambio nace de un individuo en crisis, en desequilibrio y, por tanto, con la capacidad analítica en bajos momentos?
En todo lo anterior hemos dado por supuesto que el cambio se hace desde dentro hacia fuera. Contra algo –más bien contra alguien- y que por ello genera o puede generar efectos indeseables un uno mismo o en los demás. Pero .. ¿y si el cambio no es contra algo o contra alguien? ¿Y si el cambio fuera en primer lugar hacia dentro? A través de modificar conscientemente la lente a por la cual nos llega el exterior de forma que, de alguna manera, filtre y deje fuera lo negativo. A través de tomar distancia de forma que evitemos que nos afecte lo negativo que nos pueda llegar. Ensanchándonos para dar cabida al exterior, neutralizándolo cuando convenga –enquistándolo pero sin que llegue a generar anticuerpos que comprometería el éxito de eventuales nuevas llegadas y en cualquier caso evitando cuidadosamente que se produjeran oleadas reactivas de defensa. Autorrealizándonos en definitiva.
Quizá por este camino entráramos en ese más deseable “circulo virtuoso” a que antes hacíamos mención.
Si de los efectos negativos del cambio en los otros se pudieran deducir reacciones negativas, también sería legítimo pensar que de los eventuales efectos positivos que se derivarían del propio cambio positivo, se pudieran cosechar también reacciones positivas. Y ese cambio interno plagado de efectos positivos, tanto para el individuo como para el grupo, constituiría un modelo ideal de convivencia.
Pero no cabe ninguna duda que el modelo expuesto requiere una enorme dosis de autoconciencia y un alto nivel de autorrealización. Y ninguno de estos dos conceptos son moneda corriente. Quizá podamos tratar de alcanzarlos. Quizá incluso podemos tratar de alcanzarlos a través del cultivo de ese cambio interior positivo y de efectos positivos. Paro quizá también sea muy probable que si tratamos de actuar como si estuviéramos autorrealizados sin que esto sea una realidad suficiente, podemos obtener, con la mejor de las intenciones, otra clase de efectos negativos. Efectos negativos que en primer lugar se manifestarán a través de nosotros mismos: al no disponer de las herramientas emotivas y morales que nos habría proporcionado la autorrealización tenemos que aplicar sólo las mucho más modestas herramientas de la contención generadora de frustración. En estas condiciones ese cambio interior regido sólo por sublimadas ideas positivas y que debería generar sólo efectos positivos es en realidad una lapidación continuada de tensiones que esperarán pacientemente su turno para explotar y salir arrastrando a su paso cuando de positivo se haya podido generar. Y no sólo quizá arrastrando lo construido. Quizá también, al igual que, como los remolinos de agua desbordada, hoyando profundos cráteres que quedan después de pasada la riada y que, si esta no nos ha llevado, nos costará localizar, valorar y, pacientemente tapar. Si es que las circunstancias nos dan oportunidad para ello.
¿Dónde estaría pues el justo medio?
¿Qué hacer si nos llega la necesidad del cambio y no nos coje, como es lo más probable, preparados, autorrealizados?
¿Cambiar hacia fuera asumiendo ya de entrada el riesgo cierto de que saltarán muchas cosas por los aires que después tendremos que correr a recomponer?
¿Intentar ese cambio interior beatífico pero igualmente peligroso a largo plazo?
¿O mantenernos acurrucados detrás de la piedra del conformismo que nos protege de los riesgos de la acción pero la cual sabemos que no nos podrá proteger eternamente?
De las muchas aplicaciones que en la práctica podemos dar a la palabra “cambio”, analizaremos aquí sólo aquellas que den cuenta del cambio de las personas, del cambio en cuanto al proceso de traspaso de una situación a otra. Normalmente de una situación indeseable a otra más acorde con nuestros intereses o deseos.
Centrando un poco más. Nos ceñiremos a aquellos procesos de cambio en los que nuestra voluntad, en tanto que objetos y sujetos del cambio, interviene o puede intervenir para conformar el proceso y el alcance del cambio. No nos ocuparemos, por tanto, de los cambios debidos a circunstancias externas a nosotros, bien sean producidas por la naturaleza o por la sociedad, y sobre las que nosotros, desde nuestra función de mero objeto, poco o nada podamos influir sea para modificarlo o para contenerlo.
No es fácil, sin embargo, definir con precisión cuándo somos sólo objeto pasivo o cuando somos la vez sujeto actor. A medida que avanzamos en la definición vemos que aparecen zonas de grises en las que es progresivamente difícil definir nuestro grado de posibilidad de participación. Cambios producidos por circunstancias externas (cambio exógeno) en los que quizá hayamos podido influir de forma activa participando en la generación del escenario del cambio o de forma pasiva omitiendo acciones que hubieran modificado o impedido que catalizara la fuerza externa del cambio. O cambios generados por nosotros (cambio endógeno) en los cuales es dudoso si nuestra aparentemente clara iniciativa por realizar el proceso de cambio, es exclusivamente interna o viene dada por difusos y quizás subliminales condicionantes externos.
Los dos tipos de cambio definidos antes -exógenos y endógenos- son extremos y meramente teóricos. Los únicos cambios realmente exógenos serían aquellos de origen natural o social, con causas externas como hemos dicho, y que ya hemos excluido de nuestro estudio. Así como los únicos cambios realmente endógenos aquellos que estuvieran causados por nosotros y hipotéticamente libres de condicionantes sociales o educacionales y que analizaremos en detalle más adelante. Todos los demás cambios participarán en mayor o menor medida de una dosis de “internalidad” en cuanto a los exógenos o “externalidad” en cuanto a los endógenos. Es decir, siempre habremos podido influir en alguna medida sobre el cambio exógeno y también siempre habremos recibido alguna influencia externa en el cambio endógeno.
El cambio exógeno puede producirse sin que, en tanto que sujetos, lo perciba como tal cambio. Mejor dicho, en la medida en que sea realmente exógeno, el cambio será gradual y prácticamente imperceptible para nosotros e incorporaremos como propias las nuevas pautas de comportamiento. Sólo el observador exterior, en la medida en que sea objetivo, puede observar este cambio hasta el punto de que el negaremos la existencia del mismo.
Obviamente los modelos antes establecidos no son más que meras aproximaciones. Particularmente, centrándonos en el cambio endógeno, nos podríamos plantear varios subtipos dignos de interés:
Podrimos hablar del “cambio endógeno forzado” cuando es endógeno en el sentido de que se genera en nuestro interior, de dentro hacia fuera, pero que no es consciente ni quizá deseado; el cambio cuando algo se mueve en el nuestro interior y este movimiento se refleja en superficie sin que podamos hacer nada por evitarlo. Este tipo cambio sería bastante similar el cambio exógeno en el sentido de que no sería manejable por nosotros. Un cierto paralelismo a este tipo de cambio podríamos encontrarlo en los corrimientos internos de masas en el interior del planeta Tierra tales que generan terremotos y otros fenómenos similares.
Quizá podría ser el más real de los cambios endógenos en el sentido de que es realmente cambio. Decir que éste es realmente cambio parece querer decir que el resto de los cambios endógenos no lo sean. ¿Lo son? ¿Realmente cambiamos cuando decidimos hacer un cambio? ¿O simplemente afloramos algunas características de nuestra personalidad que las circunstancias habían hecho que tuviéramos camufladas. En “stand by” se diría ahora usando un neologismo.
¿Cuántas veces nos hemos propuesto cambiar hartos de caer siempre en el mismo error, de que nos hagan siempre las mismas heridas las mismas personas, de hacer siempre las misma heridas a las mismas personas, de, en fin, tropezar siempre con la misma piedra? ¿Lo hemos conseguido? ¿Hemos cambiado? O simplemente nos hemos centrando en identificar esos errores y en evitarlos.
Pero les llamamos cambio. Nos informamos a nosotros mismos, y quizá también a los demás de que vamos a cambiar o de que hemos cambiado y lo hacemos de una forma plenamente consciente. Hemos decidido que queremos modificar unas pautas de comportamiento a fin de adecuarlas a una determinada satisfacción de necesidades, bien sea porque éstas hayan cambiado, o porque valoremos como necesario dar una nueva respuesta a las mismas.
Antes hemos dicho que iniciamos el proceso de cambio de unos aspectos de nuestro comportamiento, ¿Cuáles? Con toda seguridad aquellos que nos molestan a nosotros. Pero ¿qué haremos con todo el tejido creado en torno a ellos? Tejido para el cual esos aspectos que ahora vamos a cambiar pueden ser elementos determinantes cuando no causales de otros aspectos propios o ajenos? Podremos tratar de ir con una fina lupa y con una fina pinza –o no tan finas- identificando y extrayendo esos corpúsculos.
Y ¿qué haremos cuando tiremos de alguno de esos corpúsculos y se traiga arrastrando una enmarañada madeja de interacciones?
Analicemos ahora con más detalle el que hemos llamado cambio endógeno. Hemos dicho que lo decidimos nosotros. En ese acto de voluntad, en ese “quiere”, puede estar o no implícito el “debe” y el “puede”. El “debe” como respuesta a sus necesidades internas generadoras del cambio o dicho de otro modo el “debe” como intento de reequilibrio de alguna situación previa que no queremos o no podemos mantener. El “puede” como reflejo de las circunstancias de entorno tanto en lo que respecta a sus fuerzas para hacer el cambio y mantenerlo, venciendo sus propias inercias internas, como en lo que respecta a los efectos que tendrá ese cambio sobre nuestro entorno y que puedan generar reacciones el mismo que tiendan a neutralizar o al menos hacer cambiar la dirección del cambio emprendido.
Pero esos otros elementos, “debe” y “puede”, probablemente escondan efectos perniciosos no fácilmente identificables en el momento de decidir el cambio. Efectos que pueden poner en riesgo el proceso de cambio emprendido.
Obviamente cuando decidimos hacer el cambio sólo deseamos obtener efectos positivos tanto para nosotros mismos como para nuestro entorno. Con este fin habremos hecho una valoración, más o menos consciente, más o menos analítica, de los eventuales esos efectos negativos que el proceso de cambio pueda implicar. Y habremos establecido unos límites a esos indeseables parámetros.
Pero difícilmente habremos acertado plenamente en estas valoraciones. Por una parte esta valoración previa, con toda probabilidad, habrá venido teñida de una cierta falta de objetividad ya que normalmente la situación emocional que nos lleva a tomar la decisión de que hemos de hacer el cambio habrá sido de conflicto – lo fácil es no cambiar. Esta situación de conflicto no es al ambiente más propicio para pensar y decidir con objetividad, mermada como está nuestra capacidad de análisis. Por otra parte, por más preclara que hubiera podido ser esa capacidad de análisis, ni nosotros mismos ni el entorno humano afectado por el cambio, nos comportaremos exactamente como habíamos previsto. Esto conllevará la aparición de efectos no previstos, y en principio, no deseados que sumirán el proceso de cambio en un clima de confusión y desconcierto.
Nos veremos salpicados por las bravas olas de ese clima. Olas que pueden tener tanto procedencia interna –nuestro propio descontento con los resultados del cambio en nosotros mismos- como externas al rebelarse los individuos del entorno contra la nueva situación no deseada y a la que son, en principio, ajenos. Tendremos que poner en marcha toda nuestra capacidad de análisis para identificar esos elementos. Capacidad de análisis que, como hemos visto antes, la tendremos más bien puesta al servicio de los propios objetivos del cambio que a identificar y recoger esos efectos indeseables. Tendremos que alertar nuestra capacidad perceptiva si queremos identificarlos y neutralizarlos, en la medida en que le convenga, y, paradoja, aprestarnos a cambiar nosotros mismo, esta vez sin proponérnoslo ni desearlo, para adaptarnos a los nuevos escenarios emergentes y que tenían como precedente nuestro propio cambio.
Nos encontraremos aquí en un círculo, normalmente vicioso aunque bien podría ser virtuoso, de cambios y contra-cambios que, con mucha probabilidad, llevarán a situaciones análogas a las anteriores al primer cambio. Situaciones que en la medida que fueran de equilibrio; en la medida que estos equilibrios fueran emanados naturalmente de los integrantes del grupo y no impuestos por ninguno de los integrantes, llevaban un mínimo marchamo de autenticidad que los validaba.
Todo lo anterior puede concretarse en la idea de que, básicamente, el proceso del cambio es un proceso de desequilibrio. Es un proceso en el cual se pasa de una situación de equilibrio a otra situación de equilibrio a través de un periodo de desequilibrio. Lo cual no quiere decir absolutamente nada en cuanto a la calidad de esas previa y posterior situaciones de equilibrio. Ni tampoco en cuanto a la calidad de la fase de desequilibrio. Unas y otras pueden ser buenas o malas siempre en términos relativos. La secuencia normal sería que la situación de equilibrio de partida es mala, debido a lo cual decidimos propugnar un proceso de desequilibrio a la búsqueda de otra situación de equilibrio final presumiblemente mejor que la de partida.
En definitiva el proceso del cambio se limita sólo la fase de desequilibrio. Desequilibrio que, a pesar de que su nombre evoca conflicto y negatividad, no tiene por que limitarse a ello. El desequilibrio como búsqueda o experimentación encierra un enorme potencial de crecimiento para los miembros del grupo y de mejora para los sistemas.
De hecho a esta fase de desequilibrio podemos también llamarla fase de crisis. Uno u otro término son igualmente adecuados en función de lo que queramos evocar con él. Al usar el término desequilibrio buscamos acentuar la importancia de la interrelación entre los distintos elementos que componen el sistema. Y es esa interrelación la que está en equilibrio o en desequilibrio en uno u otro momento.
También al usar los términos equilibrio-desequilibrio ponemos de manifiesto que cuando un elemento del sistema se mueve, cambia, los otros elementos están obligados también a moverse. Y es en esa obligación donde radica la bondad o maldad del cambio. Ya hemos visto que para el individuo el proceso del cambio siempre es a priori atractivo. Nosotros, cambiadores, cambiamos porque queremos cambiar. Pero el entorno, en principio no quiere cambiar sino que está obligado a cambiar . Y ahí empiezan a aflorar los posibles efectos perniciosos sobre el sistema. En primer lugar, nuestro entorno, al venirle el cambio condicionado u obligado desde fuera siempre le coge desprevenido, a contrapie y eso lo incomoda. En segundo lugar este entorno puede no percibir, ni entender, ni compartir las bondades del cambio. Y en tercer lugar el entorno puede no ser capaz de adaptarse al cambio.
Aquí empezamos a ver qué requisitos debería cumplir el cambio para que tuviera éxito.
En primer lugar, en tanto que cambiadores, deberíamos definir los objetivos propios del cambio y tratar de identificar tanto los elementos de nuestro entorno que puedan ser influidos por el cambio como los eventuales paralelismos o antagonismos de intereses. De este análisis debería despenderse el cribado de algunos y la potenciación de otros de forma que empezaran a dibujarse cauces comunes. En segundo lugar deberíamos comunicar al entorno el cambio propuesto. Decimos comunicar y no decimos informar ya que con la palabra comunicar queremos también implicar la idea de “hacer partícipe” en su más amplio sentido. Y en tercer lugar deberíamos ayudar al entorno en la adaptación que el cambio le va a exigir. Ayudar en el doble sentido de apoyarlo y de suavizar los puntos críticos del nuevo sistema.
¿Y que hacer cuando esto falle? Cuando, sea por falta de análisis, de comunicación o de capacidad de adaptación el proceso se bloquee?
Quizá primero nos deberíamos preguntar cómo detectar los síntomas de que el proceso de cambio no está bien encarrilado y de que su éxito peligra.
La primera observación debe ser la más obvia. Aún con el ánimo más positivo y confiando en el éxito del cambio, deberíamos ser conscientes de que el proceso puede tener que ser abortado y de que deberíamos tener un plan alternativo, un plan B. Si no empezamos empieza por ahí estamos poniendo los cimientos del fracaso. No sólo del fracaso del cambio sino, peor, del fracaso de nosotros mismos en la medida que hayamos concebido el cambio como alguna milagrosa “tabla de salvación” de algo. La segunda es simplemente la de observar atentamente a nuestro entorno a la búsqueda de disonancias: ya cuando hagamos la propia comunicación del cambio se podrán observar esas disonancias si existen, pero será sobre todo después de que el entorno haya “aceptado” formalmente el cambio cuando pudieran aparecer las más graves cargas de profundidad para el proceso. Los ojos abiertos y el corazón abierto: debemos tener alerta los sentidos y sobre todo las emociones a fin de captar las señales; el cerebro para interpretarlas y la voluntad para adaptar lo que sea necesario.
“El cambio beneficia a los cambiadores” podría ser una máxima algo tremendista pero no lejos de la realidad.
Por supuesto que es lícito preguntarse a quién beneficia el cambio.
Claro que un buen cambio debería beneficiar también al entorno, o por lo menos no perjudicarlo. Pero ya sabemos desde hace tiempo que nunca llueve gusto de todos. El movilizador principal del ser humano son sus propios intereses. Y son, en el fondo, únicos para cada individuo. Con lo cual probablemente ya debamos abandonar el proyecto de hacer un cambio que beneficie a todos (el famoso win to win es una falacia) y cambiarlo por uno menos ambicioso aunque más realista y quizás por ello realizable de que casi no perjudique a nadie. O, más realista todavía, que si perjudica a alguien lo haga sólo en la medida en que sea compatible con otros intereses del perjudicado dentro grupo y, por tanto, aceptable.
¿Quiere esto decir que el cambio sea indeseable? ¿Que no tengamos que cambiar cuando las circunstancias propias cambien y lo hagan de forma tal que nos desequilibren? ¿Que no debamos intentar nuestro reequilibrio a través del cambio?
Obviamente la respuesta debería ser no. Obviamente, tenemos la libertad y, quizá también el deber, de intentar vivir lo mejor posible. Y si ello requiere cambios estos serán legítimos.
Quizá la prospección podría llevarnos a identificar qué cambios así como cuándo y cómo llevar a cabo esos cambios.
Todas estas preguntas podían tener una respuesta genérica común. Los que, cuando y como menos afecten a los demás. O, más precisamente, los que menos afecten a los demás de forma negativa para ellos mismos. Podría decirse: los que queramos, cuando queramos y como queramos si evitamos herir a los demás. Si evitamos los agravios y contra-agravios que nos traerán el dolor y nos llevarán a los cambios y contra-cambios que antes hemos descrito.
Pero. ¿Cómo se hace esto si hemos visto que la necesidad del cambio nace de un individuo en crisis, en desequilibrio y, por tanto, con la capacidad analítica en bajos momentos?
En todo lo anterior hemos dado por supuesto que el cambio se hace desde dentro hacia fuera. Contra algo –más bien contra alguien- y que por ello genera o puede generar efectos indeseables un uno mismo o en los demás. Pero .. ¿y si el cambio no es contra algo o contra alguien? ¿Y si el cambio fuera en primer lugar hacia dentro? A través de modificar conscientemente la lente a por la cual nos llega el exterior de forma que, de alguna manera, filtre y deje fuera lo negativo. A través de tomar distancia de forma que evitemos que nos afecte lo negativo que nos pueda llegar. Ensanchándonos para dar cabida al exterior, neutralizándolo cuando convenga –enquistándolo pero sin que llegue a generar anticuerpos que comprometería el éxito de eventuales nuevas llegadas y en cualquier caso evitando cuidadosamente que se produjeran oleadas reactivas de defensa. Autorrealizándonos en definitiva.
Quizá por este camino entráramos en ese más deseable “circulo virtuoso” a que antes hacíamos mención.
Si de los efectos negativos del cambio en los otros se pudieran deducir reacciones negativas, también sería legítimo pensar que de los eventuales efectos positivos que se derivarían del propio cambio positivo, se pudieran cosechar también reacciones positivas. Y ese cambio interno plagado de efectos positivos, tanto para el individuo como para el grupo, constituiría un modelo ideal de convivencia.
Pero no cabe ninguna duda que el modelo expuesto requiere una enorme dosis de autoconciencia y un alto nivel de autorrealización. Y ninguno de estos dos conceptos son moneda corriente. Quizá podamos tratar de alcanzarlos. Quizá incluso podemos tratar de alcanzarlos a través del cultivo de ese cambio interior positivo y de efectos positivos. Paro quizá también sea muy probable que si tratamos de actuar como si estuviéramos autorrealizados sin que esto sea una realidad suficiente, podemos obtener, con la mejor de las intenciones, otra clase de efectos negativos. Efectos negativos que en primer lugar se manifestarán a través de nosotros mismos: al no disponer de las herramientas emotivas y morales que nos habría proporcionado la autorrealización tenemos que aplicar sólo las mucho más modestas herramientas de la contención generadora de frustración. En estas condiciones ese cambio interior regido sólo por sublimadas ideas positivas y que debería generar sólo efectos positivos es en realidad una lapidación continuada de tensiones que esperarán pacientemente su turno para explotar y salir arrastrando a su paso cuando de positivo se haya podido generar. Y no sólo quizá arrastrando lo construido. Quizá también, al igual que, como los remolinos de agua desbordada, hoyando profundos cráteres que quedan después de pasada la riada y que, si esta no nos ha llevado, nos costará localizar, valorar y, pacientemente tapar. Si es que las circunstancias nos dan oportunidad para ello.
¿Dónde estaría pues el justo medio?
¿Qué hacer si nos llega la necesidad del cambio y no nos coje, como es lo más probable, preparados, autorrealizados?
¿Cambiar hacia fuera asumiendo ya de entrada el riesgo cierto de que saltarán muchas cosas por los aires que después tendremos que correr a recomponer?
¿Intentar ese cambio interior beatífico pero igualmente peligroso a largo plazo?
¿O mantenernos acurrucados detrás de la piedra del conformismo que nos protege de los riesgos de la acción pero la cual sabemos que no nos podrá proteger eternamente?
Nuestras tertulias: Los sueños. Abril 2007
Los sueños
El idioma español está en inferioridad de condiciones con algunos otros en lo que a la idea de “sueño” se refiere. Nosotros con la palabra sueño liquidamos dos conceptos completamente diferentes para los que el inglés usa sleep y dream y el francés sommeil y rêve.
¿De cual de las acepciones de la palabra sueño estamos hablando?. Como en otras ocasiones miraremos qué dicen los eruditos –en este caso María Moliner.
sueño (del lat. «somnus»; «En, Durante; Acometer, Apoderarse, Entrar, Invadir, Rondar, Coger, Conciliar, Entregarse al, Espantar»)
1 m. Estado del que *duerme. Þ Carosis, coma, sopor, zorrera. Ó Ganas de dormir, modorra, somnolencia, soñarrera, soñera, soñolencia, sueñera. Ó Fase REM. Ó *Adormecer. *Dormir.
2 («Tener») Ganas de dormir: tendencia fisiológica a quedarse dormido.
3 Acción de *imaginar sucesos y escenas mientras se duerme.
4 Conjunto de sucesos o escenas que alguien se representa mientras duerme.
5 («Abrigar, Abandonar, Cumplirse, Realizarse, Frustrarse») Cosa en cuya realización se piensa con *ilusión o *deseo: ‘Eso son sueños de juventud’.
6 (n. calif.; afectado o ñoño) Se aplica a una cosa de la que se quiere decir que es muy bonita: ‘He visto un traje de noche que es un sueño’. Þ *Bello.
7 Cierta danza licenciosa del siglo XVIII.
Dulce sueño (con un posesivo; gralm. jocoso). Amada o amado de alguien.
Sueño dorado. Generalmente con un adjetivo posesivo, se aplica a una cosa en cuyo logro alguien piensa con mucho *deseo e *ilusión: ‘Ése ha sido siempre su sueño dorado’.
S. eterno («El»). La *muerte.
S. hipnótico. El provocado por *hipnotismo.
S. pesado. Sueño del que se hace difícil despertarse; por ejemplo, el que se tiene cuando se está febril.
Caerse de sueño (inf.). Tener mucho sueño. Ô Tener alguien un sueño que no ve.
Coger el sueño. Quedarse dormido.
Conciliar el sueño. Conseguir quedarse dormido: ‘Tomé una pastilla para ver si conciliaba el sueño. No pude conciliar el sueño en toda la noche’.
Descabezar un sueño. Quedarse dormido por unos instantes.
Echarse un sueño [sueñecillo o sueñecito]. *Dormir durante un corto intervalo de tiempo.
En sueños. Soñando: ‘Eso lo has visto en sueños’.
V. «enfermedad del sueño».
Entregarse al sueño. Dormirse voluntariamente.
Espantar el sueño. Procurar de algún modo mantenerse *despierto.
Ni en sueños [o, menos frec., ni por sueño]. Expresiones, generalmente exclamativas, con que se *niega o *deniega algo.
Perder el sueño por una cosa. Estar muy *preocupado por ella.
Quitar el sueño una cosa. *Preocupar mucho.
Tener alguien un sueño que no ve (inf.). Caerse de sueño
Y parecería que sólo las tres acepciones marcadas con amarillo son las que ahora nos interesan a nosotros. Es decir, las equivalentes a “rêve” o “dream”. Aquellas que definen el sueño como una actividad de la mente más que como un estado del cuerpo. Olvidemos pues estás últimas que por el momento no nos interesan.
Centrados en los sueños tal que “rêves” o “dreams” creo que aún tenemos que hacer otra división básica: soñar dormido o soñar despierto son o parecen dos cosas diferentes. Para ambas seguimos teniendo sólo una palabra: soñar, aunque disponemos de algunas otras palabras que nos ayudan a precisar de cual de las dos formas de soñar estamos hablando. Estas palabras serían “onírico” para lo relativo a soñar dormido e “ilusión”, “fantasía” para lo relativo a soñar despierto.
Desde luego, soñar despierto parece diferente que soñar dormido. En el primero parecería que el material objeto del sueño o de la ilusión lo aporta el consciente. En el segundo este material parece venir del inconsciente. Pero estos dos mundos, consciente e inconsciente, quizá no estén tan separados. En realidad, probablemente estén profundamente imbricados. Aunque esa imbricación esté tan fuera de nuestro alcance que sólo con la ayuda de expertos podemos tratar de entenderla y ponerla de manifiesto.
Pero, tratando si no de ver cómo se relacionan, que lo dejamos para los expertos, por lo menos de ver si se relacionan, creo es asumible esa imbricación ya que en definitiva la unicidad del ser humano estaría fuera de toda duda.
Si traigo a colación esto, es para intentar vislumbra el origen consciente o inconsciente del material de lo onírico o de lo ilusorio. Parecería que lo inconsciente, proyectando represiones y frustraciones, aporta buena parte del material de las ilusiones, de los sueños. Así mismo las vivencias cotidianas conscientes alimentan permanentemente con nuevos materiales al inconsciente, que éste “trabajará” durante la fase onírica. Así pues estaríamos asistiendo a un entrecruzamiento continuo de información del consciente al inconsciente, para alimentar lo onírico, y del inconsciente al consciente para alimentar las ilusiones.
Mis sueños
Raramente sueño despierto.
Seguro que en mi inconsciente abundan las represiones y las insatisfacciones. ¿Las tengo tan lapidadas que no dejan resquicios por los que aflorar a la superficie en forma de sueños y de ilusiones?
O quizá esa situación sea sólo temporal. Que el muro que tapona los sueños haya sido inconscientemente reforzado en plan emergencia.
Pero la esencia de ese muro puede ser, seguro que lo es en mi caso, el progresivo resquebrajamiento. ¿Se debilitará con el tiempo y surgirán deseos, sueños e ilusiones? ¿O la presión interna hará estallar la caldera llevándoselo todo por delante? ¿O todo llegara tarde?.
O es mucho más sencillo y sólo sucede, como en tantas otras cosas, que lo cotidiano arrolla y anula los “estados alterados de conciencia”; que el devenir se convierte en sólo continuidad y no novedad?
¿Y que decir de mi actividad onírica?. Ahí sí. Ahí estoy en un terreno placentero. Me gusta soñar. Hasta el punto de que quizá sueño con soñar. Casi diría que sueño sin estar del todo dormido. Entendámonos. No me refiero a que sueñe despierto tal como lo he definido más arriba. Me estoy refiriendo a que sueño muy cerca de la vigilia. Quizá dependa del momento pero hay ocasiones en que subo y bajo del sueño a la vigilia y de ésta al sueño como el tren que va por un terreno de túneles. Ahora entra, ahora sale. Ahora me llevo cosas de aquí para allá y después regreso con cosas de allá para aquí. Y la distancia entre el aquí y el allá es corta.
Y me gusta este trasiego. Sobre todo me gusta el “de allá para aquí”. Cuando vengo de allá para aquí me traigo mundos nuevos. Mundos siempre aparentemente construidos con las cosas de aquí. Pero con sensaciones que sólo son de allá. Quizá por ahí aflore ese lapidado inconsciente al que antes me refería. Pero el trasiego no trae deseos ni ilusiones. Trae sentimientos, sensaciones e interpretaciones. Que no son de aquí. Que no son fáciles de encajar aquí. Pero que me ensanchan el espíritu y hacen más rico vivir el aquí.
Qué dicen los sueños
La interpretación de los sueños ha sido objeto de “muy serios”, y otros “no tan serios”, estudios. Lo que me temo es que tanto los unos como los otros tienen algo en común: todos son especulativos. En los momentos en que buscamos en todo la aplicación del método científico tendemos a adjudicarles más fiabilidad a los estudios arropados por la ciencia oficial. En aquellos otros momentos en que nuestras inquietudes nos llevan fuera de los estrechos límites del método científico tendemos a dar más credibilidad a lo que oficialmente se considera menos serio. Quizá haya tantos modos de interpretar los sueños como personas, quizá cada uno de nosotros necesitara su método particular.
¿Son los sueños la afloración mediante símbolos del subconsciente profundo e intemporal?
¿Son una vida paralela que pasa cotidianamente revista a la actividad próxima de la consciencia ordenándola, interpretándola y archivándola?
¿Son, quizá, una forma de plasmar los sueños en tanto que ilusiones?
Seguramente son todo eso y más; pero quizá para cada persona, o en cada momento para la misma persona, sean predominantemente una cosa más que la otra.
Quizá sean reflejo de nuestra realidad no sólo en lo que expresamos a través del sueño sino también en cómo lo expresamos. Si somos profundos o superficiales o complejos o simples. Si estamos serenos o agitados; seguros o inquietos; optimistas o temerosos. Nuestros sueños reflejarán ese ser y ese estar. Tomando objetos inmediatos o simbólicos; mostrándonos caminos o cortándolos; serenándonos o crispándonos.
¿Y que decir de la validez de lo que el sueño nos aflore?. Casi ninguno escapamos, quizá por aquello de quitarnos la responsabilidad consciente de encima, de adjudicar a lo que emerge del sueño una validez casi total en cuanto a fórmula para solucionar nuestros conflictos; y los conflictos que tengamos con los demás. Algo así como si Dios o la sabiduría se asomaran por ellos. “He soñado algo y esta es la interpretación clara luego esa interpretación es la realidad, la suplanta”. Es o suplanta toda la realidad.
Sin tener presente que el sueño es mío y sólo mío. Los sentimientos que lo generan son sólo mis sentimientos. Ni puede el sueño contener sentimientos de otros ni emociones derivadas de las relaciones con otros, más que en la medida que esas emociones sean mi versión de esas relaciones. Tampoco la fórmula que nos proporciona la interpretación es una fórmula matemática ni universal. En el caso de encontrarla y de que sea válida es sólo mi “formulita”. En el mejor de los casos puede darme, a mí y sólo a mí, una pista de mi, y sólo de mi, estado anímico.
¿Qué tenemos al final sino otra forma de expresarse de nuestro ser?
El idioma español está en inferioridad de condiciones con algunos otros en lo que a la idea de “sueño” se refiere. Nosotros con la palabra sueño liquidamos dos conceptos completamente diferentes para los que el inglés usa sleep y dream y el francés sommeil y rêve.
¿De cual de las acepciones de la palabra sueño estamos hablando?. Como en otras ocasiones miraremos qué dicen los eruditos –en este caso María Moliner.
sueño (del lat. «somnus»; «En, Durante; Acometer, Apoderarse, Entrar, Invadir, Rondar, Coger, Conciliar, Entregarse al, Espantar»)
1 m. Estado del que *duerme. Þ Carosis, coma, sopor, zorrera. Ó Ganas de dormir, modorra, somnolencia, soñarrera, soñera, soñolencia, sueñera. Ó Fase REM. Ó *Adormecer. *Dormir.
2 («Tener») Ganas de dormir: tendencia fisiológica a quedarse dormido.
3 Acción de *imaginar sucesos y escenas mientras se duerme.
4 Conjunto de sucesos o escenas que alguien se representa mientras duerme.
5 («Abrigar, Abandonar, Cumplirse, Realizarse, Frustrarse») Cosa en cuya realización se piensa con *ilusión o *deseo: ‘Eso son sueños de juventud’.
6 (n. calif.; afectado o ñoño) Se aplica a una cosa de la que se quiere decir que es muy bonita: ‘He visto un traje de noche que es un sueño’. Þ *Bello.
7 Cierta danza licenciosa del siglo XVIII.
Dulce sueño (con un posesivo; gralm. jocoso). Amada o amado de alguien.
Sueño dorado. Generalmente con un adjetivo posesivo, se aplica a una cosa en cuyo logro alguien piensa con mucho *deseo e *ilusión: ‘Ése ha sido siempre su sueño dorado’.
S. eterno («El»). La *muerte.
S. hipnótico. El provocado por *hipnotismo.
S. pesado. Sueño del que se hace difícil despertarse; por ejemplo, el que se tiene cuando se está febril.
Caerse de sueño (inf.). Tener mucho sueño. Ô Tener alguien un sueño que no ve.
Coger el sueño. Quedarse dormido.
Conciliar el sueño. Conseguir quedarse dormido: ‘Tomé una pastilla para ver si conciliaba el sueño. No pude conciliar el sueño en toda la noche’.
Descabezar un sueño. Quedarse dormido por unos instantes.
Echarse un sueño [sueñecillo o sueñecito]. *Dormir durante un corto intervalo de tiempo.
En sueños. Soñando: ‘Eso lo has visto en sueños’.
V. «enfermedad del sueño».
Entregarse al sueño. Dormirse voluntariamente.
Espantar el sueño. Procurar de algún modo mantenerse *despierto.
Ni en sueños [o, menos frec., ni por sueño]. Expresiones, generalmente exclamativas, con que se *niega o *deniega algo.
Perder el sueño por una cosa. Estar muy *preocupado por ella.
Quitar el sueño una cosa. *Preocupar mucho.
Tener alguien un sueño que no ve (inf.). Caerse de sueño
Y parecería que sólo las tres acepciones marcadas con amarillo son las que ahora nos interesan a nosotros. Es decir, las equivalentes a “rêve” o “dream”. Aquellas que definen el sueño como una actividad de la mente más que como un estado del cuerpo. Olvidemos pues estás últimas que por el momento no nos interesan.
Centrados en los sueños tal que “rêves” o “dreams” creo que aún tenemos que hacer otra división básica: soñar dormido o soñar despierto son o parecen dos cosas diferentes. Para ambas seguimos teniendo sólo una palabra: soñar, aunque disponemos de algunas otras palabras que nos ayudan a precisar de cual de las dos formas de soñar estamos hablando. Estas palabras serían “onírico” para lo relativo a soñar dormido e “ilusión”, “fantasía” para lo relativo a soñar despierto.
Desde luego, soñar despierto parece diferente que soñar dormido. En el primero parecería que el material objeto del sueño o de la ilusión lo aporta el consciente. En el segundo este material parece venir del inconsciente. Pero estos dos mundos, consciente e inconsciente, quizá no estén tan separados. En realidad, probablemente estén profundamente imbricados. Aunque esa imbricación esté tan fuera de nuestro alcance que sólo con la ayuda de expertos podemos tratar de entenderla y ponerla de manifiesto.
Pero, tratando si no de ver cómo se relacionan, que lo dejamos para los expertos, por lo menos de ver si se relacionan, creo es asumible esa imbricación ya que en definitiva la unicidad del ser humano estaría fuera de toda duda.
Si traigo a colación esto, es para intentar vislumbra el origen consciente o inconsciente del material de lo onírico o de lo ilusorio. Parecería que lo inconsciente, proyectando represiones y frustraciones, aporta buena parte del material de las ilusiones, de los sueños. Así mismo las vivencias cotidianas conscientes alimentan permanentemente con nuevos materiales al inconsciente, que éste “trabajará” durante la fase onírica. Así pues estaríamos asistiendo a un entrecruzamiento continuo de información del consciente al inconsciente, para alimentar lo onírico, y del inconsciente al consciente para alimentar las ilusiones.
Mis sueños
Raramente sueño despierto.
Seguro que en mi inconsciente abundan las represiones y las insatisfacciones. ¿Las tengo tan lapidadas que no dejan resquicios por los que aflorar a la superficie en forma de sueños y de ilusiones?
O quizá esa situación sea sólo temporal. Que el muro que tapona los sueños haya sido inconscientemente reforzado en plan emergencia.
Pero la esencia de ese muro puede ser, seguro que lo es en mi caso, el progresivo resquebrajamiento. ¿Se debilitará con el tiempo y surgirán deseos, sueños e ilusiones? ¿O la presión interna hará estallar la caldera llevándoselo todo por delante? ¿O todo llegara tarde?.
O es mucho más sencillo y sólo sucede, como en tantas otras cosas, que lo cotidiano arrolla y anula los “estados alterados de conciencia”; que el devenir se convierte en sólo continuidad y no novedad?
¿Y que decir de mi actividad onírica?. Ahí sí. Ahí estoy en un terreno placentero. Me gusta soñar. Hasta el punto de que quizá sueño con soñar. Casi diría que sueño sin estar del todo dormido. Entendámonos. No me refiero a que sueñe despierto tal como lo he definido más arriba. Me estoy refiriendo a que sueño muy cerca de la vigilia. Quizá dependa del momento pero hay ocasiones en que subo y bajo del sueño a la vigilia y de ésta al sueño como el tren que va por un terreno de túneles. Ahora entra, ahora sale. Ahora me llevo cosas de aquí para allá y después regreso con cosas de allá para aquí. Y la distancia entre el aquí y el allá es corta.
Y me gusta este trasiego. Sobre todo me gusta el “de allá para aquí”. Cuando vengo de allá para aquí me traigo mundos nuevos. Mundos siempre aparentemente construidos con las cosas de aquí. Pero con sensaciones que sólo son de allá. Quizá por ahí aflore ese lapidado inconsciente al que antes me refería. Pero el trasiego no trae deseos ni ilusiones. Trae sentimientos, sensaciones e interpretaciones. Que no son de aquí. Que no son fáciles de encajar aquí. Pero que me ensanchan el espíritu y hacen más rico vivir el aquí.
Qué dicen los sueños
La interpretación de los sueños ha sido objeto de “muy serios”, y otros “no tan serios”, estudios. Lo que me temo es que tanto los unos como los otros tienen algo en común: todos son especulativos. En los momentos en que buscamos en todo la aplicación del método científico tendemos a adjudicarles más fiabilidad a los estudios arropados por la ciencia oficial. En aquellos otros momentos en que nuestras inquietudes nos llevan fuera de los estrechos límites del método científico tendemos a dar más credibilidad a lo que oficialmente se considera menos serio. Quizá haya tantos modos de interpretar los sueños como personas, quizá cada uno de nosotros necesitara su método particular.
¿Son los sueños la afloración mediante símbolos del subconsciente profundo e intemporal?
¿Son una vida paralela que pasa cotidianamente revista a la actividad próxima de la consciencia ordenándola, interpretándola y archivándola?
¿Son, quizá, una forma de plasmar los sueños en tanto que ilusiones?
Seguramente son todo eso y más; pero quizá para cada persona, o en cada momento para la misma persona, sean predominantemente una cosa más que la otra.
Quizá sean reflejo de nuestra realidad no sólo en lo que expresamos a través del sueño sino también en cómo lo expresamos. Si somos profundos o superficiales o complejos o simples. Si estamos serenos o agitados; seguros o inquietos; optimistas o temerosos. Nuestros sueños reflejarán ese ser y ese estar. Tomando objetos inmediatos o simbólicos; mostrándonos caminos o cortándolos; serenándonos o crispándonos.
¿Y que decir de la validez de lo que el sueño nos aflore?. Casi ninguno escapamos, quizá por aquello de quitarnos la responsabilidad consciente de encima, de adjudicar a lo que emerge del sueño una validez casi total en cuanto a fórmula para solucionar nuestros conflictos; y los conflictos que tengamos con los demás. Algo así como si Dios o la sabiduría se asomaran por ellos. “He soñado algo y esta es la interpretación clara luego esa interpretación es la realidad, la suplanta”. Es o suplanta toda la realidad.
Sin tener presente que el sueño es mío y sólo mío. Los sentimientos que lo generan son sólo mis sentimientos. Ni puede el sueño contener sentimientos de otros ni emociones derivadas de las relaciones con otros, más que en la medida que esas emociones sean mi versión de esas relaciones. Tampoco la fórmula que nos proporciona la interpretación es una fórmula matemática ni universal. En el caso de encontrarla y de que sea válida es sólo mi “formulita”. En el mejor de los casos puede darme, a mí y sólo a mí, una pista de mi, y sólo de mi, estado anímico.
¿Qué tenemos al final sino otra forma de expresarse de nuestro ser?
Nuestras tertulias: La culpa. Marzo 2007
Responsabilidad según María Moliner:
responsabilidad («Aceptar, Asumir, Contraer, Afrontar, Declinar, Rechazar, Exigir, Atribuir, Alcanzar, Incumbir, Tener, Sentir, Gravitar, Pesar, Imputar, Prescribir, Libre de, De; de, en, por, sobre») f. Cualidad de responsable (consciente de sus obligaciones). ¤ (partitivo) Circunstancia de ser alguien responsable (culpable) de cierta cosa: ‘No le incumbe responsabilidad en el accidente’. ¤ Circunstancia de ser el responsable (encargado) de cierta cosa: ‘Tiene la responsabilidad de toda la oficina’. ¤ Obligación que resulta de ella. ¤ Cualidad, graduable, de la cosa de que hay que responder: ‘Un cargo de [mucha] responsabilidad’. ¤ Circunstancia de sentirse responsable de cierta cosa; particularmente, de cierta cosa que puede resultar mal: ‘No quiero sobre mí la responsabilidad de impedirle que siga su vocación’.
Responsabilidad civil. Der. Obligación de indemnizar a las víctimas de los daños y perjuicios que les han sido causados.
R. penal. Der. Deber jurídico de responder de los propios delitos ante los tribunales y de someterse a las penas impuestas.
2 Catálogo
Cargo [o cosa] de alguien, obligación. Ó *Garantía, sentido [o sentimiento] del deber [o de responsabilidad], solvencia. Ó Cuasidelito. Ó Dar [o sacar] la cara por, dar el pecho, salir a. Ó Consciente. Ó Culpable, culpado, responsable. Ó Acaloñar, caloñar, llamar a capítulo, exigir [o pedir] cuentas, residenciar, hacer responder. Ó Tener la conciencia sucia, tener mala conciencia. Ó Menor de edad, insolvente, *irresponsable. Ó Cada palo aguante su vela. Ó Lavarse las manos. Ó Subsidiario. Ó Caso fortuito. Ó *Encargar. *Formal. *Garantía. *Serio.
Culpa según María Moliner:
culpa (del lat. «culpa»; «Tener, Estar en, Contraer, Incurrir en, Pagar, Purgar, Lavar»; numerable y partitivo: ‘lavar sus culpas, pagar culpas ajenas, en estado de culpa, no le alcanza culpa’) f. Con respecto al autor de un delito o falta, circunstancia de haberlo cometido, que le estigmatiza moralmente y le hace responsable de él ante la justicia, ante los demás o ante su conciencia. ¤ («Tener la culpa de, Atribuir, Echar, Imputar, Ser [la] culpa de») Con respecto a un suceso o acción, causa de ellos, imputable a cierta persona: ‘La culpa del accidente fue del conductor. Nadie tiene la culpa de lo ocurrido. Tuya será la culpa si pierdes esa oportunidad’. ¤ La causa puede ser no sólo involuntaria, sino también inconsciente: ‘Ella tiene la culpa de que se me haya hecho tarde’. ¤ En este sentido, puede también atribuirse a cosas inanimadas: ‘La culpa fue de los frenos. El reloj ha tenido la culpa’.
Echar la[s] culpa[s]. *Atribuir a alguien la responsabilidad o la causa de una cosa mala: ‘Le echan la culpa del fracaso’. Ô Culpar.
V. «mea culpa, tanto de culpa».
2 Catálogo
Cargo de conciencia, *causa, mocho, mochuelo. Ó Recaer. Ó Achacar, atribuir, cargar sobre, colgar, echar, expiar, imputar, incurrir, llevarse. Ó Acriminar, acusar, aponer, llamar a capítulo, hacer un cargo, hacer cargos, culpabilizar, culpar, incriminar, inculpar, incusar, echar el muerto, echarse [pasarse o tirarse] la pelota, residenciar, hacer responsable. Ó Incurso, volverse contra. Ó Culposo, inculpado, inocente, *reo, responsable. Ó Cabeza de turco, chivo expiatorio. Ó *Expiar, lastar, pagar justos por pecadores, pagar el pato, pagar los platos rotos, purgar, pagar los vidrios rotos. Ó Reprobable. Ó Criminoso, culpable, culpado, culpante, culposo, delictivo, imperdonable. Ó Mal *hecho. Ó Entre todos la mataron..., por mis [tus, etc.] pecados. Ó Con el rabo entre las piernas. Ó Inocente. Ó *Disculpar, exculpar. Ó Daño. *Delito. *Falta. *Malo. *Pecado. *Responsabilidad.
Responsabilidad
El análisis de la responsabilidad, como el de cualquier otro concepto, se ha de hacer en relación con uso que se le da a esa de la palabra. Es decir, la palabra responsabilidad en español puede tener un uso y, por tanto, responder a un concepto diferente, que la palabra responability en inglés o los equivalentes literales en otros idiomas.
Dado que el interés del presente análisis es el de Responsabilidad versus Culpa, vamos a considerar sólo aquellos usos de la palabra responsabilidad que pueden tener un efecto tal que pueda generar una culpa. Es decir, responsabilidad como acción, o ausencia de acción, atribuida, auto-atribuida, o atribuible a un individuo o grupo de individuos y de la cual se pueden derivar unas consecuencias negativas que den lugar a la culpa.
La atribución de la responsabilidad puede ser intrínseca, o natural, o extrínseca, o social. La responsabilidad intrínseca se basa en el derecho natural, en la ética y en la moral. De hecho no existe atribución sino auto-atribución aunque ésta pueda ser reforzada o complementada por atribución social. El individuo es responsable de algo “per se”. Es la responsabilidad sobre la naturaleza, sobre los débiles, sobre los descendientes, sobre los ascendientes, etc. La responsabilidad extrínseca es de carácter eminentemente social y está inspirada en criterios justicia, de orden, de relación, etc. Aunque todos estos criterios puedan a su vez estar basados en los criterios que inspiran la responsabilidad siempre han sido modificados o normalizados por criterios sociales. La responsabilidad natural puede ser atribuible a posteriori de la acción pero la social no. La autoridad social puede ser revocada pero la natural no ya que no ha sido atribuida ni es atribuible. La social puede ser exigible socialmente pero la natural, salvo que se haya complementado con la social, no. El ejercicio de la responsabilidad natural no exige ninguna dotación de medios, tengas los medios que tengas eres responsable, mientras que el ejercicio de la responsabilidad social si los exige. En este sentido, al individuo al que le sea atribuida una responsabilidad puede denunciar esa eventual falta de medios y puede rechazar asumir la responsabilidad atribuida en cuyo caso deberá poner fin a las relaciones que tenga con el poder que le ha atribuido la responsabilidad. Queda la pregunta de qué sucede cuando el individuo no puede, por fuerza mayor o por supervivencia suya o de los suyos, poner fin a esa relación. Probablemente la respuesta a esta pregunta es que quién atribuye la responsabilidad debe dotar de los medios apropiados para ejercitarla. La responsabilidad natural no precisa que el individuo la asuma, el individuo es responsable, en la medida que sea consciente, tanto si la asume como si no tanto. Sin embargo, la social precisa de asunción del individuo, sea esta explícita o implícita a través de mantener las relaciones con quien atribuye la responsabilidad.
Culpa
Se incurre en culpa cuando por error, olvido o negligencia se derivan efectos dañinos de alguna acción de la que se es responsable. Como exigente de la culpa se puede alegar la falta de intencionalidad, No se necesario que el efecto dañino sea deseado, tampoco se puede alegar la falta de medios para evitar la culpa. En todo caso estas circunstancias, cuando se den, pueden ser atenuantes.
responsabilidad («Aceptar, Asumir, Contraer, Afrontar, Declinar, Rechazar, Exigir, Atribuir, Alcanzar, Incumbir, Tener, Sentir, Gravitar, Pesar, Imputar, Prescribir, Libre de, De; de, en, por, sobre») f. Cualidad de responsable (consciente de sus obligaciones). ¤ (partitivo) Circunstancia de ser alguien responsable (culpable) de cierta cosa: ‘No le incumbe responsabilidad en el accidente’. ¤ Circunstancia de ser el responsable (encargado) de cierta cosa: ‘Tiene la responsabilidad de toda la oficina’. ¤ Obligación que resulta de ella. ¤ Cualidad, graduable, de la cosa de que hay que responder: ‘Un cargo de [mucha] responsabilidad’. ¤ Circunstancia de sentirse responsable de cierta cosa; particularmente, de cierta cosa que puede resultar mal: ‘No quiero sobre mí la responsabilidad de impedirle que siga su vocación’.
Responsabilidad civil. Der. Obligación de indemnizar a las víctimas de los daños y perjuicios que les han sido causados.
R. penal. Der. Deber jurídico de responder de los propios delitos ante los tribunales y de someterse a las penas impuestas.
2 Catálogo
Cargo [o cosa] de alguien, obligación. Ó *Garantía, sentido [o sentimiento] del deber [o de responsabilidad], solvencia. Ó Cuasidelito. Ó Dar [o sacar] la cara por, dar el pecho, salir a. Ó Consciente. Ó Culpable, culpado, responsable. Ó Acaloñar, caloñar, llamar a capítulo, exigir [o pedir] cuentas, residenciar, hacer responder. Ó Tener la conciencia sucia, tener mala conciencia. Ó Menor de edad, insolvente, *irresponsable. Ó Cada palo aguante su vela. Ó Lavarse las manos. Ó Subsidiario. Ó Caso fortuito. Ó *Encargar. *Formal. *Garantía. *Serio.
Culpa según María Moliner:
culpa (del lat. «culpa»; «Tener, Estar en, Contraer, Incurrir en, Pagar, Purgar, Lavar»; numerable y partitivo: ‘lavar sus culpas, pagar culpas ajenas, en estado de culpa, no le alcanza culpa’) f. Con respecto al autor de un delito o falta, circunstancia de haberlo cometido, que le estigmatiza moralmente y le hace responsable de él ante la justicia, ante los demás o ante su conciencia. ¤ («Tener la culpa de, Atribuir, Echar, Imputar, Ser [la] culpa de») Con respecto a un suceso o acción, causa de ellos, imputable a cierta persona: ‘La culpa del accidente fue del conductor. Nadie tiene la culpa de lo ocurrido. Tuya será la culpa si pierdes esa oportunidad’. ¤ La causa puede ser no sólo involuntaria, sino también inconsciente: ‘Ella tiene la culpa de que se me haya hecho tarde’. ¤ En este sentido, puede también atribuirse a cosas inanimadas: ‘La culpa fue de los frenos. El reloj ha tenido la culpa’.
Echar la[s] culpa[s]. *Atribuir a alguien la responsabilidad o la causa de una cosa mala: ‘Le echan la culpa del fracaso’. Ô Culpar.
V. «mea culpa, tanto de culpa».
2 Catálogo
Cargo de conciencia, *causa, mocho, mochuelo. Ó Recaer. Ó Achacar, atribuir, cargar sobre, colgar, echar, expiar, imputar, incurrir, llevarse. Ó Acriminar, acusar, aponer, llamar a capítulo, hacer un cargo, hacer cargos, culpabilizar, culpar, incriminar, inculpar, incusar, echar el muerto, echarse [pasarse o tirarse] la pelota, residenciar, hacer responsable. Ó Incurso, volverse contra. Ó Culposo, inculpado, inocente, *reo, responsable. Ó Cabeza de turco, chivo expiatorio. Ó *Expiar, lastar, pagar justos por pecadores, pagar el pato, pagar los platos rotos, purgar, pagar los vidrios rotos. Ó Reprobable. Ó Criminoso, culpable, culpado, culpante, culposo, delictivo, imperdonable. Ó Mal *hecho. Ó Entre todos la mataron..., por mis [tus, etc.] pecados. Ó Con el rabo entre las piernas. Ó Inocente. Ó *Disculpar, exculpar. Ó Daño. *Delito. *Falta. *Malo. *Pecado. *Responsabilidad.
Responsabilidad
El análisis de la responsabilidad, como el de cualquier otro concepto, se ha de hacer en relación con uso que se le da a esa de la palabra. Es decir, la palabra responsabilidad en español puede tener un uso y, por tanto, responder a un concepto diferente, que la palabra responability en inglés o los equivalentes literales en otros idiomas.
Dado que el interés del presente análisis es el de Responsabilidad versus Culpa, vamos a considerar sólo aquellos usos de la palabra responsabilidad que pueden tener un efecto tal que pueda generar una culpa. Es decir, responsabilidad como acción, o ausencia de acción, atribuida, auto-atribuida, o atribuible a un individuo o grupo de individuos y de la cual se pueden derivar unas consecuencias negativas que den lugar a la culpa.
La atribución de la responsabilidad puede ser intrínseca, o natural, o extrínseca, o social. La responsabilidad intrínseca se basa en el derecho natural, en la ética y en la moral. De hecho no existe atribución sino auto-atribución aunque ésta pueda ser reforzada o complementada por atribución social. El individuo es responsable de algo “per se”. Es la responsabilidad sobre la naturaleza, sobre los débiles, sobre los descendientes, sobre los ascendientes, etc. La responsabilidad extrínseca es de carácter eminentemente social y está inspirada en criterios justicia, de orden, de relación, etc. Aunque todos estos criterios puedan a su vez estar basados en los criterios que inspiran la responsabilidad siempre han sido modificados o normalizados por criterios sociales. La responsabilidad natural puede ser atribuible a posteriori de la acción pero la social no. La autoridad social puede ser revocada pero la natural no ya que no ha sido atribuida ni es atribuible. La social puede ser exigible socialmente pero la natural, salvo que se haya complementado con la social, no. El ejercicio de la responsabilidad natural no exige ninguna dotación de medios, tengas los medios que tengas eres responsable, mientras que el ejercicio de la responsabilidad social si los exige. En este sentido, al individuo al que le sea atribuida una responsabilidad puede denunciar esa eventual falta de medios y puede rechazar asumir la responsabilidad atribuida en cuyo caso deberá poner fin a las relaciones que tenga con el poder que le ha atribuido la responsabilidad. Queda la pregunta de qué sucede cuando el individuo no puede, por fuerza mayor o por supervivencia suya o de los suyos, poner fin a esa relación. Probablemente la respuesta a esta pregunta es que quién atribuye la responsabilidad debe dotar de los medios apropiados para ejercitarla. La responsabilidad natural no precisa que el individuo la asuma, el individuo es responsable, en la medida que sea consciente, tanto si la asume como si no tanto. Sin embargo, la social precisa de asunción del individuo, sea esta explícita o implícita a través de mantener las relaciones con quien atribuye la responsabilidad.
Culpa
Se incurre en culpa cuando por error, olvido o negligencia se derivan efectos dañinos de alguna acción de la que se es responsable. Como exigente de la culpa se puede alegar la falta de intencionalidad, No se necesario que el efecto dañino sea deseado, tampoco se puede alegar la falta de medios para evitar la culpa. En todo caso estas circunstancias, cuando se den, pueden ser atenuantes.
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