Si dormir en la casa amarilla de Olden resultó mucho más grato que lo había sido en la casa del viejo de Otta, el despertar no tuvo comparación. Hacía ya rato que oía levísimos, casi inaudibles, ruiditos provenientes de la escalera a la que comunicaba nuestra habitación. Pero a las ocho en punto, hora en que habíamos quedado con la posadera que desayunaríamos, los ruiditos se hicieron más audibles, como si de pronto le hubieran quitado la sordina que los atenuaba hasta aquel momento. Entendí que ella había estado también mirando el reloj y tratando no de hacer ruido para no molestarnos y que a las ocho ya podía hacer el ruido normal porque ya obviamente estaríamos despiertos y a punto de salir a desayunar. Cuando oyó el ruido de nuestra puerta al abrirse salío con prudencia escaleras arriba a nuestro encuentro. Al vernos en el rellano de la escalera su cara se iluminó con una sonrisa ancha y amigable. Después de cruzar el consabido “good morning” nos señaló la puerta de la otra habitación que tenía libre y que también nos había ofrecido la noche anterior. Sin saber muy bien lo que nos quería indicar ya que nuestra idea era bajar a la planta baja donde suponíamos tomaríamos el desayuno, nos dejamos llevar de su orientación y entramos a la habitación. La escena no pude resultar más grata. En una pequeña mesita de centro que había en la habitación había dispuesto espléndidamente el desayuno: desde vasos de vidrio tallado hasta vajilla exquisitamente decorada y manteles bordados a mano; desde los dorados bollitos que habíamos visto el día anterior hasta un gran bol de mermelada de frutas del bosque –elaborada también artesanalmente por ella como después pudimos saber-. Nos quedamos paralizados sin saber cómo reaccionar. Obviamente ese era nuestro desayuno, era para nosotros, pero no nos parecía proporcional. Desde luego no correspondía a lo que íbamos a pagar por el alojamiento. En esas cavilaciones estábamos mientras que le manifestábamos efusívamente nuestra agradable sorpresa cuando ella casi se evaporó escaleras abajo para dejarnos desayunar tranquilos y nosotros, todavía sin entenderlo, dábamos cuenta del exquisito desayuno. Todo fue perfecto: hasta la minúscula mancha de mermelada que tuve el desacierto de echar sobre el fino mantel parecía que había querido ser como un broche de humana imperfección.
No supimos cómo pero ella supo el momento exacto en que habíamos dado por terminado el desayuno y nos disponíamos a levantarnos de los cómodos silloncitos. Allí apareció de nuevo tras el quicio de la puerta. Tan tenuemente como había desaparecido un rato antes.
Ya en el coche, después de bajar las maletas y pagar el hospedaje, seguimos hablando largamente de nuestra singular posadera: de sus bollitos; de su mermelada; de sus manteles, de mi mancha de mermelada en el mantel. No dejábamos de preguntarnos si esa sería su tónica habitual de actuación –tan atenta-, o le habríamos caído especialmente bien o qué. Lastima que ni caímos en preguntarle cómo se llamaba ni siquiera de hacerle una foto a la casa.
Emprendimos la ruta hacía el glaciar de Birksdal. Hacía rato que era completamente de día pero el campo conservaba esa frescura que le otorga la rociada nocturna que todo humedece, y los mil verdes todavía estaban algo impregnados de nocturnidad.
A partir de aquel punto la estrecha carretera discurría por un valle.
Era el valle excavado por el río que desaguaba en el fiordo las aguas de deshielo del glaciar y todos los torrentes de sus aledaños. También, al igual que el día anterior, los lagos eran numerosos y parecían los peldaños de una escalinata por la que saltaban las aguas.
Seguían sucediéndose en las orillas de los lagos las agrupaciones de pocas casas que sustituían a los pueblos. Su reflejo en las tranquilas aguas de los lagos producía el efecto de agrandar su pequeñez.
La carretera terminaba era una zona destinada al aparcamiento con algunas construcciones que alojaban algún pequeño hotel y tiendas “vende todo”. De allí no se podía pasar. Dejamos el coche previo pago de la tasa correspondiente y arrancamos a andar por el camino por el que indicaba el glaciar –sin posible perdida por otra parte ya que sólo estaba el camino y el río-. También había un trenecillo que podía llevar a los viajeros menos en forma hasta algo más cerca del glaciar. Pero nuestro amor propio montañero hubiera quedado seriamente dañado si ni siquiera hubiéramos pensado en tomar el trenecillo. Cati se enfadó conmigo porque me metí por el camino del trenecillo en lugar de tomar otro exclusivo para los caminantes. Era verdad; volvimos unos metros y lo tomamos y de esta forma fuimos todo el rato junto al río oyendo su fragor. Después vimos que no hubiera sido necesario volver ya que los dos caminos se iban entrecruzando permanentemente tanto entre ellos como con el río que nos señalaba la dirección del glaciar.
Vimos los primeros signos del glaciar no de una forma directa sino indirecta ya que había un lecho de sólidas rocas a un lado y otro del camino que se veían extrañamente lisas en su superficie. Más adelante un rótulo nos explicó qué pasaba en aquellas rocas. Parecía que siglos atrás la lengua del glaciar había sido mucho más grande, alcanzando y sobrepasando la zona donde nos encontrábamos. El brutal rozamiento de las toneladas y toneladas de hielo al deslizarse valle abajo había pulido la dura roca hasta casi hacer de ella un espejo.
La imponente lengua de hielo del glaciar se fue haciendo más y más visible a medida que avanzábamos. Nos acercamos a ella todo cuanto nos fue posible pero pronto una valla nos cortó el paso a la vez que un cartel nos avisaba de lo peligroso de sobrepasar aquella valla debido al peligro de deslizamientos de hielo y roca. No obstante ya nos pareció estar suficientemente próximos. Además, el clima se había vuelto desapacible en las proximidades de aquella inmensidad de hielo y la temperatura había descendido bruscamente: no sabíamos si por efecto de la radiación de la masa helada o por efecto del viento frío y encajonado que bajaba de la montaña arrastrándose por el glaciar. De todas formas tratamos de alargar los minutos ya que éramos conscientes de que cuando nos alejáramos de allí no volveríamos a verlo nunca más.
A la inmensidad sobrecogedora de aquel entorno había que añadirle la grata quietud que reinaba. No sabíamos dónde se había metido toda la gente que habíamos encontrado por el camino. Quizá les había ahuyentado el frío. Pero a nosotros nos proporcionó la soledad y la paz más absoluta.
El lugar era magnífico, pero había que despertar ya que en caso contrario nos quedaríamos helados como polos. Así que hicimos, más bien rápido, unas cuantas fotos e iniciamos el descenso.
La subida no había sido muy fuerte así que la bajada era suave y cómoda. Cuando subíamos por el camino de los caminantes vimos que la ruta del trencillo pasaba muy próxima a una zona de tumultuosas cascadas en las que se rompía el río. Así que decidimos hacer el regreso por aquella ruta. El camino pasaba casi por debajo del chorro de agua de la cascada. Un arco iris se formaba flotando en el aire al descomponerse la luz del sol que atravesaba la neblina que se desprendía de la cascada y que nos mojaba al pasar por el puente de madera que atravesaba el cañón por donde discurría el río. La imagen era hipnótica.
La neblina de agua se desplazaba arrastrada por el viento mientras que el arco iris que ella producía se mantenía siempre en el mismos sitio como si no tuviera nada que ver con ella.
El resto del camino hasta llegar a la zona donde teníamos aparcado el coche lo hicimos también por el borde del río. Como íbamos sin prisa, y, además, se había echado el aire y suavizado el frío, fuimos dejándonos sorprender por cada uno de los rincones que se abrían en los bordes del camino adentrándose y adentrándonos entre las rocas o entre la arboleda. Cualquiera de aquellos rincones habría dado para quedarse allí y salirse del tiempo. Pero no nos es dado ese “salirse del tiempo”. Estamos inmersos en su fluido y sólo sabemos pararlo parando también la acción que es en sí la vida. O, en todo caso, sin poder ejercitar acción alguna que produzca efecto sobre lo que percibimos.
Antes de coger el coche pasamos, cómo no, por una tienda de “souvenirs” que de forma inevitable forman parte del paisaje, lamentablemente sustituyéndolo o distorsionándolo en las más ocasiones, de todos los lugares que tengan algún atractivo natural, o monumental o histórico o del tipo que sea. Y, cómo no, entramos al reclamo, esta vez en español, de unas tremendas rebajas por fin de temporada. “Qué temporada será esa y qué productos serán esos”. Pero entramos, que en definitiva era la intención del que puso el reclamo. Nos explicamos parte de las preguntas: los productos rebajados eran cuatro chaquetas roñosas lo que equivalía a nada; la encargada de la tienda era una chica madrileña lo que explicaba lo del rótulo en español. Y compramos. Desde allí, y por todo el resto del viaje fuimos arrastrando dos grandes gatos de algo parecido a la madera que nos habían encandilado. Realmente eran preciosos y el precio aceptable. Cati quería comprar uno pero a mí me hizo gracia dos de medidas diferentes a modo de pareja de gato y gatito. Así que los depositamos lo mejor que pudimos en el maletero procurando que no fueran objeto de golpes en los traqueteos y seguimos la ruta.
La carretera de regreso nos hacía pasar forzosamente por Olden, el pueblo donde habíamos dormido. Pero como ya era mediodía nos paramos antes de llegar a comer un bocadillo que habíamos comprado en una tienda por la mañana antes de subir al glaciar. No fue difícil encontrar un exuberante prado junto al río para comer. Lo que ya no conseguimos es que no nos lloviera el poco rato que estuvimos comiendo. El día se había ido poniendo nublado y hacía rato que amenazaba lluvia. Cayeron cuatro gotas pero lo suficiente como para hacernos acabar la comida apresurados sin poder disfrutar del lugar
Después, cuando pasamos de nuevo por Olden, se nos ocurrió fotografiar la casa donde habíamos dormido aquella noche, aunque hubo que hacer un pequeño rodeo no queríamos abandonar la zona sin llevarnos ese recuerdo.
El principal objetivo de aquel día se había cumplido ampliamente. Era poco más de mediodía y ya habíamos visitado el glaciar de Birksdal y sus alrededores. La experiencia había cumplido todas las expectativas. En realidad había sido mucho mejor de lo que había imaginado cuando lo programaba. En ese momento lo había visto mucho más complicado de lo que en realidad había sido. Quizá fueron las fotos que había visto en internet de turistas en pequeñas barcas junto a los témpanos del hielo azulado que en la foto daba frío sólo de mirarlo. O quizá fueron los datos que por aquí y por allá fui recopilando y que todos hacían pensar en algo difícil. ¡Había resultado todo tan sencillo y tan bonito!. Con toda seguridad el brillante día de que habíamos disfrutado también había contribuido a aportarnos alegría además de hacer el ambiente más bonito. El frío que había hecho arriba en el glaciar era lo menos que se podía esperar en esas circunstancias. Las cuatro gotas de lluvia que había caído mientras tomábamos el bocadillo tampoco habían conseguido nada más que hacernos saborear algo el clima
Camino de Bergen
En la primera parte del camino hacia Bergen después de salir de Olden, fuimos bordeando el fiordo por una estrecha carretera en la que cruzarse dos turismos era un problema de cálculo y de espacio. Ya no digamos cuando te tenías que cruzar con un camión o con un autocar por minúsculo que este fuera. La única opción era que uno u otros se habían de buscar un hueco entre la vegetación al borde de la carretera, pararse y esperar a que el otro pasara por el espacio que quedaba libre. Cuando eso sucedía al borde del fiordo la cosa se complicaba ya que nunca sabias si tenías las ruedas del coche sobre tierra firma o sobre la hierba aplastada que podía ceder en cualquier momento.
Pero al final siempre se salía, o al menos en esa ocasión siempre salimos. Fuimos por esta carretera hasta Utvik. Allí nos paramos un rato a estirar las piernas y hacer unas fotos.
Allí la carretera se apartaba bruscamente de la orilla del fiordo y trepaba por un puerto de montaña a la usanza hispana. Nos pareció extraño ya que hasta aquel punto la mayor parte de los desniveles habían sido salvado por medio de túneles y viaductos. Sin embargo, enseguida apareció también el primer túnel que para mayor sorpresa no era un túnel cualquiera sino que era espectacularmente largo. Se nos había pasado y no habíamos visto anunciada la longitud, pero nos pareció que la menos tendría ocho o diez quilómetros. Además, nos sorprendió la iluminación tan extraña que tenía- las paredes estaban pintadas de tonos verdosos claros y bien iluminadas y el techo estaba sin iluminar, casi se diría que estaba iluminado de negro, de forma que pareciera que la carretera discurría por un campo nocturno débilmente iluminado por la luna. Quizá era ese el efecto que había perseguido quién diseñara la iluminación: dar esa sensación para evitar la claustrofobia. Algo de esto había leído en algún sitio.
Cuando salimos de ese primer túnel nos vimos súbitamente inmersos en otro paisaje completamente diferente: era un paisaje de alta montaña en que el sol había desaparecido oculto por una espesa capa de nubes que en algunos rincones bajaban hasta la tierra convirtiéndose allí en una capa de niebla que se deshilachaba entre los árboles y se arrapaba a la carretera impidiendo la visibilidad. Pronto las nubes se convirtieron en lluvia torrencial. El tráfico era muy escaso y la velocidad de los pocos coches que por allí andábamos se fue haciendo lenta sin que fuera necesaria ninguna señal que la limitase. Fuimos pasando por zonas en las que se podía adivinar agua estancada entre los jirones de niebla pero sin que supiéramos si se trataba de lagos o de fiordos. Sabíamos que cerca de allí debería andar el Fiordo de los Sueños una de los puntos de mayor interés turístico y a donde teníamos previsto ir dos días después en un viaje desde Bergen en el que subiríamos costeando en dirección norte hasta entrar por el fiordo, seguirlo hasta sus zonas más angostas visitando también algunos pueblos y parajes de especial interés.
La tarde avanzaba bajo la continua lluvia sin que ni siquiera pudiéramos parar a perder un poco el tiempo. El programa de aquel día era quedarnos a dormir en cualquier pueblecito o camping que encontráramos antes de llegar a Bergen. En un rato en que la lluvia había amainado vimos un sitio que parecía apropiado para parar a descansar y tomar algo de merienda-cena. El lugar era agradable y allí descansamos de la ruta por casi una hora. Cuando ya estábamos preparándonos para volver al coche vimos que se trataba de la cafetería de un camping. Se nos ocurrió que quizá fuera un sitio adecuado para dormir. Pero enseguida cambiamos de idea ya que aún faltaban más de cien kilómetros para Bergen y al fin y al cabo allí no había nada que tuviera interés: encontraríamos algo mejor.
La lluvia no había parado aunque ahora era muy tenue comparado con el torrente de antes y optamos por seguir adelante. Habíamos visto en un plano que había en la cafetería que hora sí que estábamos muy cerca del Fiordo de los Sueños que pronto tendríamos que cruzar en nuestro camino hacia Bergen. Efectivamente poco rato después vimos la indicación de Lavik donde según ya sabíamos por nuestro plano, era el lugar de donde salía el ferry que atravesaba el fiordo hasta Oppedal. Como la visibilidad seguía siendo muy baja nos pasamos sin ver el desvío hacia el ferry. Afortunadamente el error duró poco ya que algo nos hizo sospechar nuestra situación y volvimos atrás encontrando enseguida el puerto de los ferrys. Era el primer ferry que cogíamos. Sin saber porqué esperábamos tener que hacer una larga cola, pero encontramos no más de una veintena de vehículos a la espera y, además, en aquel momento entraba en el embarcadero el ferry proveniente de la otra orilla. Atracó y pocos minutos después los pocos vehículos que en él venían ya habían desembarcado y nosotros embarcado.
Entre la baja visibilidad y que el fiordo tenia allí más de cinco kilómetros de ancho, nos encontramos pronto en medio de la niebla sin ver ninguna de las dos orillas. Poco rato después oímos una sirena y vimos que venía otro ferry en dirección contraria a nosotros tan cerca que pudimos ver con claridad a la gente que como nosotros y a pesar del mal tiempo estaban sobre cubierta. El ferry se perdió de nuevo en la niebla y poco después nuestro barco aflojó la marcha por lo que dedujimos que estaba iniciando la maniobra de aproximación al muelle. Efectivamente poco después estábamos rodando toda la hilera de vehículos procedente del barco a la misma velocidad camino de algún sitio.
A esa altura ya empezábamos a estar bastante cerca de Bergen. A pesar de que íbamos a una velocidad muy moderada los kilómetros iban pasando. Estábamos asombrados de que no habíamos encontrado ninguna indicación de camping, hoteles, hostales o cualquier cosa que nos permitiera alojarnos. No quería llegar a la zona próxima a la gran ciudad para buscar algun sitio para dormir ya que la experiencia nos decía que en las zonas más pobladas, aunque había más oferta, era más complicado moverse. Algunas hipótesis erróneas nos condujeron a varios intentos fallidos aunque, si no fuera porque la angustia empezaba a aparecer, nos permitieron conocer maravillosos rincones que, a pesar de la lluvia, o quizá debido a ella, nos dejaron maravillados.
Pero definitivamente habíamos perdido la partida en la búsqueda de alojamiento antes de Bergen. Allí estaban las primeras zonas urbanas y los primeros puentes que anunciaban la ciudad. Y con ello también las primeras oportunidades en los últimos cien kilómetros. Vimos anunciados varios campings que nos condujeron a otras tantas frustraciones ya que todo lo que mirábamos estaba completo. Desistimos de seguir mirando campings próximos a la ruta de acceso a la ciudad y optamos por adentrarnos en el centro. Supusimos que allí encontraríamos algo. Y sí, llegamos al centro y encontramos hoteles, pero continuamos de frustración en frustración, de negativa en negativa, ni grandes ni pequeños, ni nuevos ni viejos, ni caros ni baratos. Una ráfaga de optimismo nos hizo pensar que en el albergue donde teníamos reserva la noche siguiente quizá podríamos encontrar. Nos costó muchísimo tiempo encontrarlo ya que estaba encaramado encima de la montaña por barrios residenciales bastantes periféricos. Nuestra decepción fue tan grande como la esperanza que nos había llevado hasta allí. Ni tenían nada ni podían orientarnos. Cabizbajos y ya muy cansados regresamos hacia el centro y continuamos la búsqueda ya sin convicción. La estampa siempre era de una cara de compasiva detrás de un mostrador y de una cabeza negando. Hacía mucho rato que era de noche cerrada y habíamos dado muchas vueltas al centro y no tan al centro. Ya casi a medianoche encontramos una respuesta positiva, pero un precio prohibitivo y se colmó el vaso. Decidimos acurrucarnos dentro del coche en algún rincón ni muy oscuro ni muy iluminado, ni muy solitario ni muy concurrido, ni muy céntrico un muy alejado.
Escogimos una calle estrecha de un barrió residencial de bloques de pisos y allí aparcamos el coche. Hacía mucho rato que las calles estaban desiertas pero aún así nos pusimos de forma que los árboles nos taparan y no nos diera directamente la luz de las farolas.
Y tratamos de dormir.
La quietud era total. Las ventanas de los piso estaban todas oscuras. Todas menos aquel ático que estaba justo enfrente nuestro. Parece mentira lo que puede llegar a molestar la luz de una ventana, a cincuenta metros de distancia en la oscuridad de la noche y queriendo dormir. No bastó con eso sino que me puse a pensar en el ático. Quién habría, qué harían, porqué estaba la luz encendida a la una de la madrugada. Y entre la tensión de la situación, la luz del ático, y las preguntas sin respuesta se mantenían la mente tan despejada que el sueño no aparecía a pesar del cansancio del día.
Cati parecía dormitar a pesar de con frecuencia se movía seguramente tratando de encontrar una imposible más cómoda posición.
La temperatura había ido bajando bastante a medida que avanzaba la madrugada. Habíamos pensado que el coche nos protegería del frío, pero no era sí. A medida que pasaba el tiempo el coche se iba enfriando y enfriándonos a nosotros. Cati, que no dormía, empezó a quejarse del frío y pronto vimos que no podríamos aguantar mucho tiempo. Optamos por poner el coche en marcha y dar una vuelta para que el motor se calentara y poder poner la calefacción. Andando, andando nos fuimos a las afueras de la ciudad. Cuando ya habíamos entrado en calor buscamos de nuevo dónde refugiarnos. Encontramos un rincón que nos gustó en una zona residencial de casas aisladas y allí lo intentamos de nuevo. Serían las tres de la mañana y probablemente el temprano amanecer nórdico no tardaría.