viernes, octubre 10, 2008

Viaje a Noruega. Segundo día. 10.08.08

Primeros fiordos

Ya habíamos decidido la noche anterior que nos levantaríamos lo más temprano posible. Y no porque tuviéramos prisa, sino porque la precariedad de nuestro alojamiento no invitaba al dormitar matutino: saldríamos al amanecer y olvidaríamos lo antes posible aquella primera noche en Noruega tan poco confortable. Además allí no había desayuno ni nada que se le pareciera así que tendríamos que lanzarnos a la búsqueda de algún lugar donde tomar algo. Sin embargo las percepciones juegan malas pasadas: cuando nos levantamos las cosas ya no eran tan precarias como hubiéramos creído ver la noche anterior. Entendámonos. No es que la casa se hubiera convertido por arte de magia en una mansión ni que el viejo posadero se hubiera transformado en un mayordomo de librea. Pero quizá el descanso nos hacía ver las cosas de manera más optimista. Incluso, cuado fui al piso de arriba buscando al posadero para pagarle, obviamente nadie controlaba la entrada ni la salida de los huéspedes, pude ver que en el piso principal, donde estaba la mayor parte de las habitaciones, la casa era relativamente confortable, y que incluso disponía de un cuarto de ducha comunitario. El posadero no ganó nada en cuanto a aspecto físico con la luz del día, incluso la mancha negruzca que tenía en la cara se veía más nítida y repulsiva. Pero se mostró muy cálido y amable y me hizo sentirme algo apesadumbrado por haberme dejado llevar por mi estado de cansancio de la noche anterior y hacerme esa primera impresión tan negativa de la casa y de su dueño.
Para aquel segundo día de nuestro viaje teníamos planificado dedicarlo sólo a recorrer los escasos doscientos kilómetros que nos separaban de las proximidades del glaciar de Birksdal. Así que lo planteamos como un día relajado. Nos pararíamos dónde nos apeteciera y estaríamos el tiempo que nos viniera en gana.
Pero el primer lugar había que desayunar y queríamos hacerlo antes de salir a la carretera. Nos dimos una vuelta por el pueblo y lo primero que vimos fue un atractivo hotel en la misma calle donde estab nuestra pensión. Dijimos que si lo hubiéramos visto la noche anterior quizá no habríamos llegado a la casa del viejo a pesar de que ya habían llamado desde el camping. Enseguida encontramos otra especie de pensión también más confortable que donde habíamos dormido: ahora que no buscábamos aparecían todas. Vimos que en aquella pensión se podía también desayunar y, cosa no usual en nosotros, sin pensarlo dos veces nos metimos en ella. El resultado no pudo ser más exitoso. Comimos unos pastelillos que eran gloria. Era la segunda cosa que comíamos en Noruega –lo primero había sido la mediocre pizza de la noche anterior- y, al menos en lo que respectaba a pastelería, la cosa prometía.
Ya con el estómago satisfecho nos pusimos en camino no sin antes echar otra ojeada a Otta antes de abandonarlo. Las cosas quedaban atrás irremediablemente y sin duda no las volveríamos a ver.
Hasta llegar a Otta nuestra ruta había discurrido en sentido Norte. Allí teníamos que tomar y otra carretera que se adentraba en dirección Este hacia las montañas del interior del país. La carretera siguió siendo buena pero se notaba que era de inferior categoría a la que habíamos abandonado. El firme seguía siendo bueno y las curvas suaves pero era algo estrecha y prácticamente carecía de arcén lo que obligaba a ir con más atención cuando te cruzabas con vehículos que iban en dirección contraria, en especial si se trataba de camiones. Conforme a nuestro programa nos fuimos parando cuando encontrábamos algo que nos llamaba la atención fueran casas de arquitectura tradicional, fueran lagos o torrentes o simplemente fueran pequeños detalles característicos como por ejemplo los lugares donde ponían los buzones de los grupos de casas campestres. Allí ya nos llamó poderosamente la atención por primera vez, las casa que se veían de tanto en tanto en las que el techo, en lugar de estar rematado por las habituales pizarras, tejas o planchas de zinc, estaba cubierto de densos matorrales que crecían, como si del campo se tratara, sobre una gruesa capa de tierra.

En el primer momento pensamos que se trataba de alguna excepcional casa abandonada, ya que no podía caber en nuestra cabeza otra idea. Pero pronto vimos que estábamos equivocados. Preciosas y hasta lujosas casas tenían este remate. Tratamos sin conseguirlo de establecer alguna relación entre el tipo de casa y su cubierta. Parecía aleatorio y era, por supuesto, intencionado: algunas casa estaban construidas así. ¿Y a qué sería debido?. Sólo pudimos encontrar una respuesta. La causa debería ser que ese tipo de cubierta era más adecuado por esas latitudes. Fuera porque protegía mejor de la lluvia, fuera porque era mejor aislante térmico. No lo sabíamos. Ni lo supimos en todo en viaje.


Fuimos ganando en altitud conforme avanzábamos.

El agua era el elemento permanente de aquel paisaje. Los lagos se sucedían unos a otros, en algunos casos los unían torrentes de de aguas bravas – allí me vino a la memoria la aventura de las chicas de Grau y sus para mi inquietantes amigos monitores de turismo de aventura. Por aquellas aguas bravas deberían tener sus campos de actuación-.


Allí vimos también la primera iglesia de madera con el cementerio alrededor, como parte de la ciudad indisoluble de la población.

Por más que lo veas y ya sea algo conocido, no dejo de ver con ojos extraños los cementerios integrados en las poblaciones.

Nuestra cultura mediterránea los mantiene enclaustrados tras altas paredes como si nos diera miedo enfrentarnos con la misma idea de lo muerto. Recuerdo el cementerio de mi pueblo bordeando la carretera por la que yo tenía de pasar casi todos los días a recoger las cosas que enviaba mi hermano por tren. Yo y mi carretilla de ruedas neumáticas pasábamos como una exhalación por la tapia del cementerio. Cuando lo dejaba atrás aún mantenía un buen trecho el ritmo y el mirar de reojo para identificar los inexistentes pasos de los muertos que me seguían. O cuando, en alguna muy especial ocasión, visité la tumba de mi padre en un lugar casi sin identificar del suelo. Pisar en la tierra era pisarlos a ellos y en cualquier momento saldría de entre los terrones la descarnada mano que me agarraría por el tobillo. ¡Que lejos y que cerca de la muerte!. Y de ahí al veneno que mi hermana atribuye a todo lo que relaciona, en la realidad o en su imaginación, con la muerte, no hay más que un paso. La muerte emanando muerte. Que absurdo parece cuando la mente puede pensar pero que atroz suplicio cuando somos dominados por pánico y la angustia de las emociones desatadas y sin control: como en el caso de Eva que lleva cuarenta años sin vivir, amenazada permanentemente por la muerte que se sale de las tumbas; o que desprende de las ropas que han vestido en vida a los ahora muertos; o que se contagia de los que conocen a alguien que haya estado alguna vez con alguien que después ha muerto.
Morir por no morir.

La altura empezaba a ser notable y el ambiente fresco. El día estaba sereno pero bastante nuboso por lo que el sol no llegaba a asentarse sobre la tierra ni a calentarla. Empezaron a verse las primeras manchas de nieve recortadas sobre el verde de la hierba o sobre los inmensos pedruscos de oscuro granito que eran las montañas.

Nos salimos de la carretera principal buscando pasar por pueblecitos en los que pudiéramos encontrar un mayor contacto con el país que el que proporcionaban el frío asfalto encerrado entre dos bandas metálicas.
Noruega es un país poco poblado. Los escasos cinco millones de habitantes que tiene repartidos en un territorio mayor que el de Alemania hace que la densidad de población sea muy baja. Desde que salimos de Otta no habíamos visto ninguna población relevante. Sólo alguna pequeña aldea de una cincuentena de casas y el resto eran casas muy aisladas o formando grupos de dos o tres.

Nos sorprendía que las casas eran muy sencillas al menos en su aspecto exterior.

No tenían nada que ver con las casas grandiosas y de fachadas sumamente cuidadas que habíamos visto en el centro de Europa en particular en la zona del Tirol y de Baviera. Era tanto más sorprendente cuanto que estábamos en el país más caro del mundo y que disfrutaba de enormes recursos naturales. La explicación quizá podía estar en que probablemente esa riqueza natural aún no había llegado a impregnar la vida de las gentes.

Pronto llegamos al punto más alto de la suave meseta. A partir de allí empezaban las fuertes pendientes que descendían hacia la vertiente Oeste donde encontraríamos los primeros fiordos. Las señales de la carretera ya nos anunciaban fuertes desniveles y nos invitaban a poner marchas cortas.

El paisaje había cambiado radicalmente. Las suaves formas de la meseta habían dado paso a unas abruptas laderas que caían hacía el fiordo de Geiranger que se adivinaba allá abajo. La estrecha carretera serpenteaba sorteando los chorros de agua que descendían desde cualquier rincón de la montaña. La estrechez de la carretera no hubiera permitido pararse a tomar fotos, pero no podíamos seguir adelante sin llevarnos el magnífico paisaje, aunque fuera en forma microscópicas combinaciones de sofisticados materiales. Si no teníamos la mala suerte de que esas combinaciones de materiales se desordenaran, podríamos, después en casa, recrear lo vivido y, porqué no, crear nuevas sensaciones que en el momento de vivir la experiencia no tienen tiempo de fluir.


Así que como el tráfico era muy escaso no tenía empacho en arrimar el coche lo máximo posible fuera del asfalto y bajar para tomar fotos.

La mayor parte de las veces no pasaba nadie en mucho rato y no sólo tomábamos cuantas fotos nos apetecían sino que podíamos quedarnos disfrutando el paisaje. Además, con bastante frecuencia, había ensanches, parecía que construidos para permitir que se cruzaran los vehículos grandes, y en estas ocasiones la parada era menos problemática.
Pero realmente había que tirar para delante ya que si te parabas a hacer una foto cada vez que una vista te interesa no hubíeramos hecho el camino y, aunque habíamos planteado un día relajado iban avanzando las horas y el camino cundía poco. Después de al menos media hora de continua bajada el fiordo de Geiranger se nos fue haciendo más y más nítido. En algún altozano de buena visibilidad ya incluso divisamos grandes barcos fondeados en las proximidades de un grupo de construcciones que deberían ser el pueblo.

Habíamos leído que el fiordo de Geiranger había sido declarado paisaje protegido y realmente los honores otorgados no eran por capricho. La belleza que nos envolvía era sobrecogedora. Aunque cuando terminamos de llegar al pueblo y aparcamos el coche para hacer un recorrido nos fuimos quedando poco a poco helados y no por frío. ¿En qué se había convertido aquella belleza que se prometía desde la lejanía?. El mar hubiera podido ser bonito si se hubiera visto. Es decir, si no hubiera estado atestado de embarcaciones una de las cuales era más grande que el más grande de los edificios que hubiera en Barcelona.

Las dos o tres calles que formaban el pequeño pueblo quizá hubieran podido ser maravillosa si no hubieran estado bordeadas de coches aparcados en todos los rincones por inverosímiles que fueran; si no hubieran estado atestadas por millares de gentes de las más diversas procedencias pero que un disfraz bastante homogéneo que los hacía pertenecer todos a la misma tribu; sino hubiera sido por las tiendas de souvenirs, bares y restaurantes en que estaban convertidas todas las plantas bajas de las casas. ¿Qué era aquello? ¿Qué hacíamos allí nosotros después de haber atravesado parajes que al contemplarlos te ponían los pelos de punta? Después de haber visto a las gentes de allí en aquel maravilloso hábitat que les había proporcionado la naturaleza y a los que por fortuna nos habíamos sumando aunque fuera en breves ratos?
Bueno, pero en eso consistía el turismo actual. Todos podíamos acceder a todo. En realidad nosotros formábamos parte de ese “todos” y aquel lugar de ese “todo”. Probablemente nos estábamos comiendo el planeta, pero como diría el castizo “que nos quiten lo bailao”.

Las masas anónimas fluían con dificultad a través de las calles y se estorbaban unos a otros para entrar o salir de las tiendas. La mayor parte sin ningún interés especial, pero parecía que tuviéramos que poner el tilde de “visto” en la imaginaria lista de tiendas a visitar. La mayor parte de ellos eran europeos, o al menos occidentales, y para nuestra sorpresa dado que yo creía que estábamos en el fin del mundo donde no llegaban los españoles, no faltaban las conversaciones en nuestra lengua.

La anécdota la puso un matrimonio de minúsculos orientales, quizá japoneses, de edad bastante más que madura, que caminaba entre la masa mientras que su mirada sin mirar flotaba de escaparate en escaparate. La mirada de aquel hombre pasó sin ver sobre mi rostro y siguió su deambular. Sin embargo, algo debió activarse en su inconsciente, algo que le decía que aquella cara, mi cara, tenía algo que la hacía diferente a las otras que le rodeaban y que le era familiar, y casi todavía de forma inconsciente, su mirada frenó su deambular y regresó hacia mí mientras que una expresión entre divertida y amistosa se había dibujado en su rostro. Probablemente, pensé, mis rasgos orientales le hicieron creer por un momento creer que yo era de su país o de alguno de la zona. Mientras tanto, también de forma automática, mi mirada había seguido flotando y cuando quise reaccionar y mirar al japonés para devolverle su mirada a amistosa y cordial ya no había japonés: se lo había tragado la masa.

Cati no fue partícipe de esta situación hasta que algo después ya estábamos carretera arriba deshaciendo la ruta que nos había llevado a aquel enjambre humano de Geiranger. Casi habíamos salido huyendo para poner tierra por medio y volver a aquel entorno solitario por el que habíamos estado desde que por la mañana salimos de Otta. Todavía nos cruzamos con algunos de los más intrépidos turistas del crucero que se habían aventurado carretera arriba a algunos centenares de metros del pueblo quizá buscando quizá un poco de perspectiva para hacer una foto del fiordo y del monstruoso barco que les había llevado hasta allí. “Mirad, este es el famoso fiordo de Geiranger” dirían a sus amigos. “También aquí hemos estado” para enseguida dejarse engullir de nuevo por el monstruo que les proporcionaba todo tipo de comodidades y seguridades.

Pero, qué vamos a hacer, nosotros también éramos turistas y también quisimos hacer la foto del fiordo. Pero esperamos a estar mucho más lejos cuando ya escasamente se veía la mancha blancuzca del barco inmóvil en el azul del agua.

Nuestro plan de aquel día era llegar a dormir a las proximidades de la zona del glaciar de Birksdal que sería nuestro objetivo del día siguiente lunes. Así que volvimos a nuestro camino de regreso al desvío que nos había llevado hasta Geiranger. La grandiosidad de la montañosa ruta a partir de aquel punto competía en cuanto a belleza con las suaves mesetas de la región que estábamos de abandonando.

No pude vencer la tentación de llenar la botella de agua en un torrenciales arroyo que cruzaba la carretera. Lo conseguí más o menos, auque a costa de ponerme empapado de agua y, casi, de resbalar en las rocas del borde y darme un chapuzón. Cuando, con mi botella llena, regresaba al coche donde me esperaba Cati, otro coche paró para hacer lo mismo: el atractivo de beber el agua directa de aquel torrente se les había contagiado.

Construir carreteras por aquellas enormes montañas de granito debería haber sido obra de titanes o de muchos hombres trabajando mucho tiempo sobre todo porque parecía que las carreteras estaban construidas hacía bastantes años lo que equivalía a decir que los medios de construcción habrían sido muy modestos en comparación con los medios actuales. Túneles horadados en la roca que no precisaban de ningún tipo de revestimiento interior ya que la propia roca era más fuerte y estable que cualquier cosa que el hombre pudiera construir. Viaductos que parecían volar sobre las montañas y que en la distancia ofrecían la imagen liviana de una tela de araña tejida entre dos peñascos. Tremendas pendientes en la carretera superiores al diez por ciento y ante las que no sabías si el coche podría subir o podría frenar según fuera el caso.

Tras un buen rato de circular por aquellas lentas carreteras llegamos al magnífico lago situado en el borde norte del Parque Nacional de Jostedals en cuyo seno encontraríamos al día siguiente el Glaciar de Birksdal: el brazo más accesible de lo que era el mayor glaciar de Europa.

Cada mañana nos hacíamos el firme propósito de que después del sólido desayuno de no comeríamos hasta la noche para tratar de no engordarnos demasiado. Pero cuando avanzaba el día siempre cedíamos a la tentación de pararnos a comer algo. Ese día no fue diferente aunque, como ya eran casi las cuatro de la tarde fuimos capaces de contentarnos con un pequeño café y un maravilloso pastelillo en una cafetería, como no, al borde del lago.

De hecho ya estábamos próximos a la zona donde queríamos quedarnos a dormir. El próximo pueblo significativo era Stryn así que allí empezaríamos a mirar si encontrábamos algo no muy caro. Pera allí fue donde empezamos a ver que el problema de dormir en Noruega no era ni mucho menos trivial. En Stryn sólo vimos una pensión. Tenía buen aspecto y paramos el coche para preguntar, pero no fue necesario bajar. Un cartel, visible desde el coche, nos informó del precio de ochocientas coronas, bastante más de cien Euros.

Todavía casi en el centro del pueblo vimos un "bed and breakfast" pero estaba cerrado, casi parecía abandonado. Recurrimos a la información que nos habían dado ya en España de que en Noruega lo mejor para dormir son los “bungalows” -“cabines”- de los campings. Así que salimos del pueblo en dirección Este con la mirada atenta a los carteles que nos pudieran avisar de la existencia de “cabines”. Tuvimos suerte ya que en la misma salida de Stryn había un camping de buen aspecto. La decepción fue enorme. El precio, era algo inferior al de la pensión pero no demasiado.
Dado que era temprano decidimos seguir nuestra ruta. El fin y al cabo lo mejor es que nos acercáramos lo máximo posible a la zona del glaciar de Birksdal de forma que al día siguiente tuviéramos más fácil. Sólo salir de Stryn pudimos ver que ya estábamos en lo que en aquel momento supusimos que era otro enorme y precioso lago. Pero cuando miramos el mapa vimos que en realidad estábamos en el extremo de un fiordo: el fiordo que termina en los pueblecitos Loen y Olden. Cómo máximo podríamos llegar hasta Olden ya que en ese pueblo se bifurcaba la carretera que llevaba al glaciar. O sea, que redoblamos la búsqueda de alojamiento. Pero el problema en lugar de mejorar empeoró. Parecía que Loen, el pueblo por el que estábamos pasando era un lugar muy turístico y, lo que era peor, muy caro. Grandes hoteles de tres y cuatro estrellas bordeaban el fiordo. Preguntamos en uno de ellos por preguntar: mil setecientas coronas, doscientos veinte euros. Nos alucinaba pensar que el día anterior, en casa del anciano de Otta, habíamos pagado trescientas coronas. ¿Habría algo por allí que se acercara a una cifra razonable para nosotros?. Seguimos adelante pero ya con la confirmación de que el precio de los alojamientos sería un gran problema. Ya habíamos tenido bastantes signos de esto cuando programábamos el viaje a través de internet. Pero dado que sólo miramos en Oslo y en Bergen nos agarramos a la idea de que en ruta y con el coche tendríamos más posibilidades.

Entre Loen y Olden no vimos ningún bed and breakfast ni ningún camping: sólo grandes hoteles a los que ya ni osábamos preguntar. A la entrada de Olden había fondeado un enorme barco de turistas, en realidad estaba en aquellos momentos desamarrando para hacerse a la mar. Entre nosotros rememoramos la idea que se nos había quedado de los cruceros por los fiordos que navegaban por la noche y durante el día recalaban en puertos en los que los cruceristas, al igual que habíamos visto en Geiranger, podían dar cuatro pasos y hacerse la ilusión de que habían estado en aquel país.



Olden parecía ser bastante menos turístico que Loen. Sólo entrar en el pueblo, al borde mismo de la carretera, vimos una casa amarilla con un gran rótulo de “ROM” ya el día anterior habíamos deducido que “rom” era habitación en noruego –tampoco era necesaria demasiada perspicacia deductiva dada la enorme analogía con la palabra inglesa-

La casa parecía más que suficiente, salio a atenderme una señora bastante mayor. Tenía sólo dos habitaciones perolas tenía las dos disponibles. A cual era más bonita y el precio de quinientas coronas incluyendo desayuno era más que razonable después de lo que habíamos visto. Después de ducharnos salimos a buscar un sitio para cenar y nos encontramos que la señora salió a recibirnos al pie de la escalera con una bandeja de humeantes y aromáticos panecillos que nos dijo que estaba horneando para nuestro desayuno. Nos quedamos encantados con la imagen de la mujer que, desafortunadamente, no acertamos a plasmar en una foto.

La hospedera nos informá sobre un lugar para cenar que no resultó ser ninguna maravilla. Parecía que sería otra de las características del viaje: comida mala y cara; pero habría que asumirlo.
Sin embargo, el atardecer a la salida del restaurante nos proporcionó uno de los mejores ratos del día: el paisaje estaba magnífico en aquel claroscuro crepuscular.

viernes, octubre 03, 2008

Viaje a Noruega. Primer día. 09.08.2008

En el aeropuerto

Se acercaba la hora de la salida hacia el aeropuerto. Los días anteriores habíamos estado muy ocupados haciendo listas y modificando listas tratando de no olvidar nada. El clima en Noruega, por más información que habíamos recopilado, era casi una incógnita. Tanto podía hacer frío como calor y era seguro que en más de un momento nos llovería. Pero no queríamos pasarnos y llevar demasiadas cosas con las que arrastrar por aeropuertos y hoteles. Al final nos quedó un equipaje muy moderado. “Casi demasiado moderado”, pensamos, “pero mejor así”.
Habíamos quedado con Ricardo en que nos pasaría a recoger a las diez, el vuelo salía a las doce y media, había tiempo, pero no quería ir justo. Con la impaciencia y un cierto nerviosismo propio de la ocasión nos bajamos a la plaza con las maletas cinco minutos antes de las diez. “Mejor es que lo esperemos y así iremos más rápido” pensamos. Sin embargo, llegaron y pasaron las diez y siguieron pasando los minutos aceleradamente. “Se ha olvidado y nos deja colgados”. El móvil, como siempre, no contestaba. La angustia fue apareciendo. “Mal empieza el viaje” fue el pensamiento agorero. “Si a las diez y cuarto no ha llegado llamo a un taxi”. Y no llegaba. Y el móvil sin contestar. Llamé a un taxi que dijo que me recogería en quince o veinte minutos. “Ya hemos perdido media hora tontamente”. En esto que llama Ricardo. “¿Dónde estás?”, le digo con tensión en la voz. “Estoy en la Diagonal, llego en dos minutos, ¿no habíamos quedado a las diez y media?” me dijo. “No, a las diez” le dije con la misma impaciencia en la voz, “pero, venga, es igual, lo importante es que llegues, he llamado a un taxi pero ahora llamo otra vez para tratar de anularlo”. Afortunadamente la agencia de taxis no me pudo ningún problema en la anulación. Mientras tanto había visto el mensaje que nos cruzamos con Ricardo el día anterior y había visto que él tenía razón. Quedamos a las diez y media. Nos habíamos entendido mal y mi impaciencia hizo el resto.
Ya camino del aeropuerto le aclaré la situación y le pedí disculpas por mi tono impaciente.
El aeropuerto parecía un campo de refugiados. Ni había pasillos que no estuvieran taponado por la gente ni cola que no hiciera pensar en meno de una hora de espera. Buscando el nombre de nuestra compañía hicimos una primera pasada a lo largo de la inmensa hilera de mostradores y filtrándonos a través de las densas colas de viajeros. Pero sin éxito. Ni nuestra compañía ni nuestro vuelo. El gentío era apabullante. Daba miedo. “¿Dónde íbamos tanta gente?”. Pero nadie miraba a nadie, todos estábamos sólo pendientes de nuestro problema particular: de nuestro panel luminoso, de nuestra cola, de nuestro mostrador, de nuestra maleta, de nuestros papeles. Quizá con en algún momento también de nuestro acompañante. “¿Estamos realmente en un planeta que se está agotando; al que estamos esquilmando los recursos; al que estamos contaminando la atmósfera?”. Realmente no lo parecía. Todo era felicidad en la cara de las gentes. Felicidad y despreocupación. Ajenos por completo. O quizá peor, no ajenos, quizá el tema incluso formara parte de muchas conversaciones en las colas de espera. Cada cual atribuyéndose la capacidad de conocer el problema demostrando con ello su cultura y conciencia social, pero todos prescindiendo de tomar ningún tipo de acción real e inmediata para contribuir a solucionarlo.
Ya un poco nerviosos, continuamos con la búsqueda de nuestra búsqueda, nuevamente sin que apareciera por ninguno de los muchos letreros que coronaban los mostradores. Finalmente apareció: Oslo. “Este el nuestro”. No había una cola sino tres. Parece que había habido un fallo en un mostrador y dos de las colas se habían de refundir en una sola por el primitivo proceso de uno-uno. La espera fue muy larga. Tuvimos tiempo de hablar con unos y con otros. Parecía que algunos iban a Oslo y otros a Bergen. Unos decían que primero el vuelo paraba en Oslo y después seguía a Bergen. Otros se encogían de hombros sin poder aportar nada. Junto a la palabra Oslo, el panel indicador indicaba un vuelo que no coincidían con el nuestro y el horario era quince minutos antes. “Será un error más” pensé. De mis investigaciones de los días precedentes sabía que no había ningún otro vuelo a Oslo ese día y menos a casi la misma hora por lo cual ese era obviamente el nuestro a pesar de los errores de indicación,.
Se estaba haciendo tarde pero estábamos tranquilos ya que el retraso era por culpa de “cheking” y el vuelo no se podía ir hasta que no estuviera completo. Sólo cabía esperar. El final, después de una hora de hacer cola y de algún pequeño malentendido entre nosotros y dos chicas jóvenes por culpa del uno-uno llegamos al mostrador. “Este no es su vuelo” me soltó la empleada a bocajarro cuando vio nuestros billetes. La sangre se me agolpé en la cabeza. No se si me puse rojo o lívido y tampoco tuve tiempo de saber si Cati se enteró o no. “Tiene que ir rápido al mostrador 74 que su vuelo está embarcando allí” me espetó una voz de dueño desconocido. No sé cómo fue la reacción pero sin pensarlo salimos corriendo Cati y yo, cada uno con una maleta, afortunadamente con ruedas, atravesando por donde podíamos, y no siempre por el sitio más rápido, a través de aquella masa humana no sin dar más de un empujón y recibir más de una mirada airada que reflejaba la desconsideración que estábamos cometiendo.
En nuestra mente el mostrador 74 y en nuestra vista cualquier otro menos él, 60; 61; “ánimo Cati ya llegamos” pensaba. Cuando de tanto en tanto miraba de soslayo hacia atrás veía a Cati siguiendo o intentando seguir la brecha que, como si caminara por una campo de trigo, yo había abierto entre la gente. Cuando llegamos al 74 estuvo claro: Oslo. Vuelo 4668. Ese era el nuestro. Pero debajo una fatídica frase en rojo: “Vuelo cerrado”. Afortunadamente, la empleada que parecía haber hecho el embarque aún estaba tras el mostrador recogiendo los papeles: “Vamos a Oslo” le dije por todo saludo. “¿Y qué?” me dijo con aire retador y sin la más mínima sonrisa en la cara. “Pues que vamos a Oslo y veo que está el vuelo cerrado aunque supongo que aún tenemos tiempo de embarcar”. “El vuelo está cerrado y ya no se puede hacer nada”. Su expresión continuaba poco amigable, casi agria y su sonrisa seguía sin aparecer. “Algo se podrá hacer” dijimos al unísono Cati y yo ”no puede ser que nos dejen en tierra”. Mientras que nosotros nos peleábamos con “Cara Agria” acababan de llegar al dichoso mostrador 74 dos personas más también corriendo y también jadeando. Más que ver, intuimos que eran las dos chicas con las cuales habíamos tenido el malentendido en la otra cola por culpa del uno-uno. Se sumaron a nosotros en la discusión y en las quejas. No era momento para reflexiones pero era curioso que acabábamos de estar en litigio y ahora estábamos en el mismo bando ya que ellas también tenían nuestro mismo problema y nuestra misma necesidad: embarcar para Oslo en el 4668.
A todo esto, la empleada no había relajado ni un ápice el estilo hostil con el que nos había recibido ni daba la más mínima muestra de querer buscar solución a nuestro problema. Más aún: diríase que estaba fortaleciendo su ego poniéndonos en esa situación de angustia. Como pudimos, con las palabras y gestos que pudimos pero tratando de no perder la paciencia y de no ser descorteses ya que nos sabíamos en sus manos, continuamos batallando. Cada uno de los cuatro con nuestras propias palabras y nuestros propios argumentos: “estaba mal indicado”, “llevamos más de una hora en otra cola”, eran los argumentos que recitábamos casi de forma coral.
No supe qué fue, pero algo debió decirle a la empleada “Cara Agria” que debía hacer algo o al menos mostrar que hacía algo. Llamó por teléfono a algún sitio y explicó con estilo desabrido y cortante que tenía a cuatro pasajeros que habían llegado tarde. Parece que, para su contrariedad, desde el otro lado del teléfono le estaban ofreciendo alguna solución para el problema. Sin colgar el teléfono pero ya dirigiéndose a nosotros nos gruño que nosotros quizá podríamos embarcar pero que el equipaje no, que no habría tiempo para ello. Ante nuestras súplicas, su cara se fue agriando más y más y sus palabras la siguieron. “¡Les he dicho que si quieren viajar viajan pero sin el equipaje, digan algo ahora, ya!”. Las palabras fueron más escupidas que pronunciadas. Estábamos descompuestos. Desde el mostrador contiguo llamaron hacia nosotros para que alguno nos acercáramos allí y de esta forma compartir el trabajo con Cara Agria. Nosotros ya teniamos nuestras maletas en la cinta por lo que fueron las dos chicas las que se trasladaron allí. Seguimos todos con nuestras insistencias y nuestras suplicas cuando vemos que Cara Agria, después de poner las etiquetas a las maletas añade otra etiqueta roja fosforescente con el texto “ÚLTIMO MINUTO - LAST MINUTE”. Esta visión serenó mi mente. “Si existe está etiqueta ha de servir para algo”. “Esto debe ser más o menos normal”. “Alguien la leerá y le hará caso y pondrá las maletas en vía preferente hacia este avión”. Estos pensamientos y otros similares mi infundieron una relativa confianza.
Ya con la tarjeta de embarque en la mano nos dirigimos a los puestos de control también casi corriendo ya que la Cara Agria nos había gruñido que corriéramos si queríamos llegar a tiempo. Pero yo ya me había tranquilizado bastante y estaba tratando de tranquilizar también a Cati. “Ahora es seguro, embarcamos, si las maletas no vienen en este vuelo lo peor que puede pasar es que nos tengamos quedar un día más en Oslo”. Le decía a Cati sin que mis palabras consiguieran completamente el objetivo que perseguían.
Ya paso lento en la zigzagueante cola de los controles, con las dos chicas las dos chicas se unieron de nuevo con nosotros. Ellas, probablemente debido a su juventud, estaban todavía más nerviosas que nosotros. “Sin embargo”, nos comentaron, “el chico del otro mostrador que nos ha atendido a nosotras estaba de lo más normal y colaborador. Se le veía ganas de solucionarnos el problema en lugar de poner palos en las ruedas”. Esto lo habíamos observado Cati y yo mientras Cara Agria terminaba sin mucho entusiasmo con nuestro trámite. Incluso vimos que las chicas habían terminado el embarque a la vez que nosotros habiéndolo iniciado bastante después.
Los trámites aduaneros fueron ágiles y en pocos minutos estuvimos frente a la puerta que figuraba en nuestra tarjeta de embarque. Esperábamos encontrarnos la peliculera imagen en la cual uno o dos empleados apresurados esperan completar el embarque con los pasajeros retrasado que en este caso éramos nosotros. Pero no pudimos dar crédito a nuestros ojos ¡En aquel momento habían anunciado a todos los pasajeros del vuelo el inicio del embarque y estos estaban empezando a desfilar hacia el control y embarque y el autocar que los llevaría!


En el avión

Sin poder salir de nuestro asombro y sin poder asimilar porqué Cara Agria nos había puesto en esa situación límite sin que al parecer hubiera motivo para ello, fuimos embarcados dentro de la más absoluta normalidad. En la aglomeración del embarque habíamos perdido de vista a las dos chicas que se habían convertido en nuestras compañeras de aventuras. Cati y yo, aunque rodeados de gente en el autobús que nos llevaría al avión, nos quedamos solos con nuestros pensamientos tratando de serenar la mente y el corazón después de los minutos de angustia vividos. Sólo intercambiábamos una frase de tanto en tanto para volver después de dicha, y sin esperar respuesta, a nuestros respectivos pensamientos “¿Cómo es posible que alguien que está al servicio público sea tan negativo ante una situación como esta?”; “¿Cómo es posible que casi asomara a su cara una sonrisa de satisfacción ante la situación de ostentación de poder que estaba haciendo Cara Agria?”; “¿Qué frustraciones estaba tratando de compensar con esta conducta?” “¿De quién se estaría vengando en nosotros? Fueron algunas de las ideas que surgían sin encontrar respuesta.
Ya en el avión vimos que nos habían colocado en extremos opuestos del aparato. Cati estaba en la fila dos, de nuevo junto con las dos chicas compañeras de aventura, y yo en la veinticuatro. Cati, sobre todo después de la situación de tensión vivida, estaba muy disgustada porque estuviéramos tan separados y consiguió no sé qué intercambio de forma que yo pude irme a la fila inmediatamente posterior a la suya.
Cuando terminé mi cambio de asiento y pertrechos Cati me dijo con una sonrisa radiante en la cara que les había dicho la azafata que nuestro equipaje estaba abordo. “¡¡Puff!” pensé “final feliz”.


Hay un refrán que dice que “no hay mal que por bien no venga” a mí me gusta más convertirlo en “no hay mal que con bien no venga”. Prefiero más que el mal traiga el bien a que el bien traiga el mal. Cuestión de gustos. Así que quedamos en que no hay mal que con bien no venga. La coincidencia de Cati y las dos chicas en asientos contiguos acabó de limar las superficiales fricciones del aeropuerto cuando por un momento fuimos antagonistas. “Unidos por desgracia” había sido nuestro estatus hasta que estuvimos en el avión acompañados de nuestras maletas: aunque nuestra aventura común no hubiera nunca afortunadamente llegado a ser una desgracia, había rondado el desastre. Si no hubiéramos podido coger el vuelo o si no hubieran subido las maletas nuestras cortas vacaciones se habrían terminado antes de empezar. Y, además, con casi todos los gastos irremisiblemente realizados. La conversación de Cati y las chicas, con la columna vertebral de la común aventura acabó totalmente con la rencilla.

El vuelo fue plácido, aunque el piloto no quiso terminarlo sin obsequiarnos con unos minutos de lo que ellos llaman “turbulencias sin importancia” y que a los pasajeros, y a Cati en particular, nos parece el paso inmediatamente previo a que las alas salgan volando cada una por su cuenta y el avión se descuartice en el aire. Pero seguramente tendrán razón los pilotos y las azafatas ya que siempre me parece mentira como después esos eternos minutos de saltos y traqueteos el avión entra súbitamente en una situación en la que no vuela: flota.
Dejadas las nubes allá arriba el suelo noruego se fue acercando suavemente y los perfiles de las casas de los campos se fueron haciendo más definidos.
Un traqueteo final nos anunció que ya teníamos ruedas.


Empezando a rodar

Pareciendo que el destino que al principio nos enfrento, nos hubiera ahora unido, de nuevo coincidimos por azar con las chicas en la espera de las maletas. Allí ya no mantuvimos ninguna conversación sólo que ambos sabíamos quienes éramos respectivamente y qué toro habíamos tenido que lidiar juntos. Pero como ya no había toro ya nada nos vinculaba.
Nuestras inquietudes sobre si habrían embarcado o no las maletas deberían haber desaparecido cuando en el avión la azafata nos dijo que sí habían embarcado. No obstante, el rescoldo de la angustia pasada no se apagó totalmente durante el vuelo y ayudó a mantener la duda hasta que vimos aparecer las maletas por la cinta. “Bueno, ahora si” pensé “final feliz”.
Con las maletas a la rastra nos dirigimos hacia la zona de alquiler de coches ya que habíamos reservado uno por internet. Una vez allí vimos que, aún estando los mostradores de todas las compañías vacíos o casi, el de nuestra compañía tenía una cola de ocho o diez personas. “Supongo que será porque es la compañía más barata” pensé. Después miré mejor y vi que había otras compañías que también eran baratas y a pesar de ello sus mostradores estaban vacíos. Enseguida se puso de manifiesto que lo que había originado la exagerada cola era que había algún problema, todavía sin resolver, con algún cliente.
“Bueno” pensamos “nos lo tomaremos con calma. No tenemos prisa”. Nuestra idea para aquella primera parte del viaje era hacer algunos, pocos, quizá un centenar, de kilómetros y pararnos a dormir ya que el día siguiente lo teníamos bastante relajado.
Después de esperar un rato, nuevos clientes se fueron añadiendo a la cola y, para nuestra sorpresa, de nuevo las chicas, nuestras compañeras de aventura de Barcelona, estaban allí. Encontrarnos de nuevo en otras circunstancias parece que nos aproximó mentalmente y esbozamos algún comentario todavía forzado sobre el qué, cómo y dónde de nuestros respectivos viajes.
“Nos esperan unos amigos en Otta pero ya no tenemos tiempo para tomar el tren así que vamos a preguntar si tienen algún coche disponible y cuánto vale. Si, aunque sea haciendo un esfuerzo económico, podemos afrontarlo lo alquilaremos. Si no lo hacemos así la única solución que nos queda es quedarnos a dormir aquí en el aeropuerto y tomar el tren mañana por la mañana. Pero habremos perdido un día y tenemos muy pocos. Dentro de cinco días tengo que trabajar en la Expo de Zaragoza” nos dijo una de ellas.
Al oír Otta me quedé pensativo. “Otta.... me suena Otta”. Más o menos disimuladamente miré un mapa de Noruega que llevaba a mano y confirmé lo que ya había sospechado; Otta estaba en la carretera que nosotros íbamos a tomar, aunque estaba un poco lejos y los planes que teníamos eran quedarnos a dormir mucho antes de llegar allí. “¿Qué hago?” “Yo les ofrecería llevarlas ya que se ve claramente que les haríamos un favor enorme, pero, ¿cuánto nos va a condicionar esto?”. En aquel momento yo tenía la idea prefijada de que las carreteras eran muy malas, que había un reno en cada curva y que no se podía pasar de ochenta lo cual unido a que ya eran más de las cinco de la tarde me hacía estar seguro de que en ningún caso llegaríamos ese día a Otta. “¿Cómo nos va a condicionar si les digo que se vengan con nosotros?”. “Si se lo digo a Cati seguro que va a decir que sí que las llevemos”. Como la cola seguía estática me pude permitir pensármelo con alguna calma sin por ello encontrar una solución. Pero el problema del cliente conflictivo parecía haberse resuelto y la cola avanzó con rapidez: me tocaba a mí a continuación y no tenía nada decidido. Opté por pasarle la decisión a Cati. Le explique con brevedad la situación y de dije que mientras yo gestionaba el coche en el mostrador ella tomara la decisión y, en caso afirmativo se lo dijera a las chicas. Efectivamente, la persona que me precedía acababa de terminar y yo me dispuse a acometer la no sencilla tarea de completar los trámites en mi deficiente inglés. Más mal que bien nos fuimos entendiendo con el empleado. Si mi inglés no es excelente el suyo tampoco era brillante. Esto, que la mayor parte de las veces es una ventaja porque ambos interlocutores acuden a sencillos terrenos comunes, allí fue una complicación adicional aún no he conseguido saber por qué causa. Pero terminamos. Triunfante y con mis papeles en la mano me giré. En lugar de ver a Cati entre un conjunto de caras anónimas vi a Cati y a dos caras más sonrientes. El resto seguían siendo anónimas. ¡Estaba claro cuál había sido la decisión de Cati!

Nos dirigimos los cuatro a la búsqueda del lugar de entrega de los coches. Las indicaciones suelen ser profusas y claras en estos lugares. Excepto cuando se te pasa de largo y no las ves. Pero éramos cuatro y eso nos permitió salvar algún despiste. Escaleras, pasillos, ascensores, más escaleras, más pasillos, más ascensores y, al final, allí estaba: el patio de entrega de los coches de alquiler. En un primer vistazo no vimos a nadie. “estarán por aquí entregando algún otro coche y vendrán de un momento a otro” pensé. Pero no fue así. Los minutos pasaban y, en nuestra impaciencia –ya que yo me había auto-impuesto el ya ineludible objetivo de hacer los doscientos kilómetros que nos separan de Otta antes de que fuera de noche aunque tuviéramos que atropellar a unos cuantos renos y nos pusieran un montón de multas. El empleado de la compañía e alquiler de coches seguía sin aparecer. Apareció un chico joven, de color, llevando en el pecho un distintivo que estábamos esperando, pero, siempre con problemas de lengua sólo conseguimos entender que él nos sabía nada y que teníamos que esperar.
Cuando ya nuestra inquietud se estaba convirtiendo en malestar apareció un coche que, por la matrícula, vi que era el nuestro. El conductor que conducía el coche ni afirmaba ni desmentía que ese era nuestro coche, de hecho casi ni nos miraba. Simplemente hablaba, en lo que supusimos que era noruego, con el chico de color que habíamos visto antes. Casi tuve que arrebatarle de las manos los papeles y las llaves. Hizo algo parecido a un encogimiento de hombros y ni se inmutó. Cargamos en el coche nuestras adoradas maletas y nos fuimos rampa abajo buscando la salida del aeropuerto y el camino hacía Otta.

El primer rato fue de silencio. Quizá cada uno de nosotros estaba pensando lo mismo pero ninguno lo dijimos. Quizá estábamos todos pensando en lo curiosa que es la vida: en un momento el destino puede llevarte a contemporizar con algo que momentos antes has despreciado y denigrado. Enfrentados en Barcelona, compañeros de viaje en Oslo. Quizá incluso podríamos acabar siendo amigos.
Yo iba rompiendo el hielo ya que las vicisitudes del tráfico me permitían ir haciendo comentarios superficiales. Cati me fue secundando y poco tardaron las chicas en animarse y unirse a las conversaciones. Lo primero que dijo Patricia, así dijo llamarse la que parecía mayor y que claramente era la más desenvuelta, fue agradecer con insistencia que les hubiéramos ofrecido aquello; afirmar que ya no quedaba gente como nosotros; que cuando se lo explicaran a sus amigos no se lo iban a creer. La actuación de Elena, que así se llamaba la más joven fue más entrañable aún. Ella había dado más muestras que Patricia de estar molesta por el incidente de Barcelona, parecía que el desencuentro le había calado más hondo. Y como desde más hondo arrancaba, también más evidente fue el cambio de actitud. Se le veía en el rostro y en las pocas palabras que aportaba un profundo agradecimiento casi al borde de la emoción.
Ya rota la barrera de la incomunicación nos fuimos explicando cosas intrascendentes acerca de nuestros respectivos viajes. Les hablamos algo de nosotros y de nuestro programa de viaje y ellas nos explicaron que vivían en el Pirineo de Huesca y que habían venido a encontrarse con un grupo de chicos de los que se habían hecho amigos cuando ellos hacían de monitores de turismo de aventura (rafting y similares) por aquella zona de España. El trabajo de ellos eles llevaba de país en país aprovechando contratos que les proponían y ahora habían recalado por Noruega aprovechando el verano. Antes habían estado en Argentina y después irían a otro sitio, de país en país.
Así, y entre las primeras bellezas del paisaje que ya nos envolvía con sus lagos y sus montañas tan fascinantes para nosotros, fueron pasando los kilómetros y las horas. El sol se estaba ocultando poco a poco, sin prisas, entre las altas montañas, y la crepuscular luz del día se mantenía resistiéndose a dejarnos a oscuras por aquellos parajes desconocidos. Ni curvas, ni renos habían hecho todavía acto de presencia. Eso sí. La impuesta velocidad de ochenta era algo siempre presente.
Como si se tratara de un fluido en cuyo seno nos habíamos incrustado; ni siquiera era necesario estar pendiente del cuenta-kilómetros para evitar sobrepasarla: era la velocidad a la que circulaban todos los vehículos. ¡A ochenta!. Ninguno me adelantó ni a ninguno adelanté. Modestos y lujosos, nuevos o decrépitos. ¡Ochenta!





Estaba muy satisfecho de haber ofrecido a las chicas de llevarlas. Pero no por ello dejaba de ver que la nueva situación podía complicarnos el día. No teníamos previsto parar tan tarde: teníamos que buscar dónde dormir y cenar y todo ello podía llevar su tiempo y ser complicado sobre todo siendo la primera noche y en un país que sólo conocíamos por la elemental guía que habíamos comprado en Barcelona. Pero ya no se podía hacer marcha atrás. Patricia nos insistió en varias ocasiones en que hiciéramos nuestro programa y paráramos cuando nos apeteciera, que ellas se arreglarían. Pero no era plan. No podíamos quedarnos a dormir en algún lugar que encontráramos ¿qué harían ellas?. No podía ser. Las cosas o se hacen o no se hacen. No podíamos dejarlas tiradas. Así que seguíamos haciendo kilómetros. Afortunadamente las curvas y los renos seguían sin aparecer y la carretera era segura y agradable.
Fuimos travesando magníficos parajes que nos invitaban permanentemente a pararnos fuera simplemente a contemplar el paisaje o fuera a buscar algún hospedaje donde pasar la noche. Fue especialmente atractiva la tentación de tomar la “Ruta de Peer Gynt” que recordaba haberla leído en la guía como muy recomendable. Pero el compromiso era el compromiso, así que continuamos carretera delante aunque no pude evitar un cierto sentimiento de decepción, casi de perdida, ya que durante la preparación del viaje me había visto en muchas ocasiones atravesando aquellos parajes y oyendo, con los oídos del alma, la “Danza arábica” o la “canción de Solveigs”.
Y, aunque lenta, la oscuridad nos fue envolviendo. Patricia se había ido comunicando por mensajes telefónicos con los amigos que las esperaban en un pueblecito poco antes de llegar a Otta y parece que habían sincronizado bien el horario ya que cuando nos dijeron que paráramos y las dejáramos junto a una estación de servicio vimos salir de una furgoneta estacionada al otro lado de la carretera a unos jóvenes y saludarlas de lejos con la mano. No había duda de que eran ellos que habían venido a recogerlas. Un protocolario beso en las mejillas fue la despedida de algo que estaba destinado a quedar pronto sumido en el olvido.
Arrancamos y seguimos nuestra ruta. Cubriríamos la decena escasa de kilómetros que nos separan de Otta y allí buscaríamos donde alojarnos.

Pocos minutos estuvimos en silencio. A ambos nos había agradado poder ayudar a las dos chicas. Intercambiamos algunas palabras acerca de lo desproporcionado que parecía hacer un viaje tan lejano y con medios tan precarios para tan pocos días como ellas estaban haciendo y de que si no se hacía en esa época dorada de la juventud no se haría nunca.
Después nos refugiamos de nuevo en el silencio de nuestros respectivos pensamientos en los que, quizá, cada uno de nosotros estábamos haciendo nuestra más íntima interpretación de aquella experiencia.
Yo por mi parte me quedé entre dos sensaciones opuestas: una de satisfacción por haberles podidos ser tan útiles y en la que, de forma no enteramente consciente para mí, flotaba la sombra de Elisa y de su viaje por Europa poco antes de morir en el que me hubiera gustado que hubieran tenido a alguien que las ayudara si lo hubieran necesitado; la otra de un cierto malestar porque, quizá también mi instinto paternal, me estaba preguntando que a qué venían dos chicas como esas a ponerse en manos de un grupo de aventureros que navegaban de un sitio para otro. No me gustaba la idea.
Como los kilómetros fueron pocos enseguida nos vimos entrando en Otta. Era un pueblo pequeño de construcciones bajas y muy alejadas entre sí. Buscábamos carteles que nos mostraran dónde dirigirnos. Un hotel o, mejor, un camping en el que pudiéramos alquilar un bungalow. Dimos alguna vuelta hasta que vimos anunciado una camping y allí nos dirigimos. Estaba a las fueras del pueblo. Al bajarme del coche para ir a preguntar a la recepción del camping me quedé helado. Había caído la noche y soplaba un ligero viento. La sensación de la temperatura era bastante fría y hasta aquel momento no lo habíamos notado protegidos por el calorcito del coche. El camping era pequeño y parecía familiar. No había nadie en la recepción. Pulsé el timbre que había en el mostrador y escasos minutos después acudió presurosa la mujer que parecía atenderlo.
No tenían ningún bungalow libre, “cabine” le llamaban, pero se ofreció a buscarme algo por las cercanías. Me dijo que había otro camping a unos diez kilómetros en la misma dirección hacia donde nos dirigíamos donde probablemente tendrían “cabines” libres. No debí poner cara de satisfacción porque enseguida me propuso que quizá podría encontrar una habitación en una casa particular en Otta. Le dije que me parecía mejor ya que era bastante tarde y había oscurecido casi totalmente y prefería quedarme en el pueblo. Hizo una llamada que tuvo éxito y me anotó en un papel la dirección de la casa junto con un pequeño esquema para llegar.
Después de darle expresivamente las gracias por su ayuda volví al coche y regresamos al pueblo.
Durante el trayecto de vuelta al pueblo Cati me comentó que mientras que esperábamos había estado mirando el precioso entorno en que estaba situado el camping y se había hecho la ilusión de que dormiríamos allí. Pero no puedo ser por ese día.
Fue fácil encontrar la casa. Contribuyó a ello que el anciano que la regentaba ya había salido al jardín, a pesar del frío, al ver que se detenía el coche en la puerta.
Si el especto del anciano era decrépito, cuando entramos en la casa pudimos ver que la casa y el dueño estaban en perfecta armonía. Quizá si hubiéramos estado en una casa en el campo en el Magreg o en algún rincón de Sudamérica la escena sería más congruente. Pero estando como estábamos en Noruega, el país más caro del mundo según había leído en algún sitio, la cosa no ligaba mucho. La pequeña antesala que daba paso a las habitaciones; los dos o tres peldaños que había que salvar; las habitaciones; sus literas y la ropa con que se cubrían las camas; el lavabo con un escueto lavamanos y con el inodoro púdicamente cubierto con una alfombra de plástico imposible de definir en cuanto a color y textura. Todo era tan mísero y cochambroso que no sabíamos cómo asimilar. Algo salvaba el conjunto: no parecía que las cosas estuvieran sucias, pero tampoco de podría asegurar. Sólo lo avanzado de la hora y, porqué no decirlo, lo ajustado del precio, impidieron que saliéramos corriendo a buscar otra cosa. Nos quedamos.
Sin ni siquiera asearnos, no sabíamos si entrar o no en el lavabo, cogimos el coche y nos fuimos al centro del pueblo a buscar algún sitio que nos permitiera tomar algo de cena antes de acostarnos. A todo eso ya eran más de las diez de la noche, y las diez de la noche en un pequeño pueblo nórdico es como decir las tres de la madrugada en nuestras tierras. Pero encontramos abierto un restaurante italiano en el cual sólo había una pareja como clientes y donde parecía que podríamos cenar. Una pizza que no estaba mal y una cerveza que resultó ser de procedencia española fue toda nuestra cena. Pero era mucho más de lo esperábamos encontrar a esas horas.Poco rato después estábamos acurrucados cada unos en nuestra estrecha literal tratando de tener el mínimo contacto posible con el áspero “nórdico”.