Ya habíamos decidido la noche anterior que nos levantaríamos lo más temprano posible. Y no porque tuviéramos prisa, sino porque la precariedad de nuestro alojamiento no invitaba al dormitar matutino: saldríamos al amanecer y olvidaríamos lo antes posible aquella primera noche en Noruega tan poco confortable. Además allí no había desayuno ni nada que se le pareciera así que tendríamos que lanzarnos a la búsqueda de algún lugar donde tomar algo. Sin embargo las percepciones juegan malas pasadas: cuando nos levantamos las cosas ya no eran tan precarias como hubiéramos creído ver la noche anterior. Entendámonos. No es que la casa se hubiera convertido por arte de magia en una mansión ni que el viejo posadero se hubiera transformado en un mayordomo de librea. Pero quizá el descanso nos hacía ver las cosas de manera más optimista. Incluso, cuado fui al piso de arriba buscando al posadero para pagarle, obviamente nadie controlaba la entrada ni la salida de los huéspedes, pude ver que en el piso principal, donde estaba la mayor parte de las habitaciones, la casa era relativamente confortable, y que incluso disponía de un cuarto de ducha comunitario. El posadero no ganó nada en cuanto a aspecto físico con la luz del día, incluso la mancha negruzca que tenía en la cara se veía más nítida y repulsiva. Pero se mostró muy cálido y amable y me hizo sentirme algo apesadumbrado por haberme dejado llevar por mi estado de cansancio de la noche anterior y hacerme esa primera impresión tan negativa de la casa y de su dueño.
Para aquel segundo día de nuestro viaje teníamos planificado dedicarlo sólo a recorrer los escasos doscientos kilómetros que nos separaban de las proximidades del glaciar de Birksdal. Así que lo planteamos como un día relajado. Nos pararíamos dónde nos apeteciera y estaríamos el tiempo que nos viniera en gana.
Pero el primer lugar había que desayunar y queríamos hacerlo antes de salir a la carretera. Nos dimos una vuelta por el pueblo y lo primero que vimos fue un atractivo hotel en la misma calle donde estab nuestra pensión. Dijimos que si lo hubiéramos visto la noche anterior quizá no habríamos llegado a la casa del viejo a pesar de que ya habían llamado desde el camping. Enseguida encontramos otra especie de pensión también más confortable que donde habíamos dormido: ahora que no buscábamos aparecían todas. Vimos que en aquella pensión se podía también desayunar y, cosa no usual en nosotros, sin pensarlo dos veces nos metimos en ella. El resultado no pudo ser más exitoso. Comimos unos pastelillos que eran gloria. Era la segunda cosa que comíamos en Noruega –lo primero había sido la mediocre pizza de la noche anterior- y, al menos en lo que respectaba a pastelería, la cosa prometía.
Ya con el estómago satisfecho nos pusimos en camino no sin antes echar otra ojeada a Otta antes de abandonarlo. Las cosas quedaban atrás irremediablemente y sin duda no las volveríamos a ver.
Hasta llegar a Otta nuestra ruta había discurrido en sentido Norte. Allí teníamos que tomar y otra carretera que se adentraba en dirección Este hacia las montañas del interior del país. La carretera siguió siendo buena pero se notaba que era de inferior categoría a la que habíamos abandonado. El firme seguía siendo bueno y las curvas suaves pero era algo estrecha y prácticamente carecía de arcén lo que obligaba a ir con más atención cuando te cruzabas con vehículos que iban en dirección contraria, en especial si se trataba de camiones. Conforme a nuestro programa nos fuimos parando cuando encontrábamos algo que nos llamaba la atención fueran casas de arquitectura tradicional, fueran lagos o torrentes o simplemente fueran pequeños detalles característicos como por ejemplo los lugares donde ponían los buzones de los grupos de casas campestres. Allí ya nos llamó poderosamente la atención por primera vez, las casa que se veían de tanto en tanto en las que el techo, en lugar de estar rematado por las habituales pizarras, tejas o planchas de zinc, estaba cubierto de densos matorrales que crecían, como si del campo se tratara, sobre una gruesa capa de tierra.
En el primer momento pensamos que se trataba de alguna excepcional casa abandonada, ya que no podía caber en nuestra cabeza otra idea. Pero pronto vimos que estábamos equivocados. Preciosas y hasta lujosas casas tenían este remate. Tratamos sin conseguirlo de establecer alguna relación entre el tipo de casa y su cubierta. Parecía aleatorio y era, por supuesto, intencionado: algunas casa estaban construidas así. ¿Y a qué sería debido?. Sólo pudimos encontrar una respuesta. La causa debería ser que ese tipo de cubierta era más adecuado por esas latitudes. Fuera porque protegía mejor de la lluvia, fuera porque era mejor aislante térmico. No lo sabíamos. Ni lo supimos en todo en viaje.
Fuimos ganando en altitud conforme avanzábamos.
El agua era el elemento permanente de aquel paisaje. Los lagos se sucedían unos a otros, en algunos casos los unían torrentes de de aguas bravas – allí me vino a la memoria la aventura de las chicas de Grau y sus para mi inquietantes amigos monitores de turismo de aventura. Por aquellas aguas bravas deberían tener sus campos de actuación-.
Allí vimos también la primera iglesia de madera con el cementerio alrededor, como parte de la ciudad indisoluble de la población.
Por más que lo veas y ya sea algo conocido, no dejo de ver con ojos extraños los cementerios integrados en las poblaciones.
Nuestra cultura mediterránea los mantiene enclaustrados tras altas paredes como si nos diera miedo enfrentarnos con la misma idea de lo muerto. Recuerdo el cementerio de mi pueblo bordeando la carretera por la que yo tenía de pasar casi todos los días a recoger las cosas que enviaba mi hermano por tren. Yo y mi carretilla de ruedas neumáticas pasábamos como una exhalación por la tapia del cementerio. Cuando lo dejaba atrás aún mantenía un buen trecho el ritmo y el mirar de reojo para identificar los inexistentes pasos de los muertos que me seguían. O cuando, en alguna muy especial ocasión, visité la tumba de mi padre en un lugar casi sin identificar del suelo. Pisar en la tierra era pisarlos a ellos y en cualquier momento saldría de entre los terrones la descarnada mano que me agarraría por el tobillo. ¡Que lejos y que cerca de la muerte!. Y de ahí al veneno que mi hermana atribuye a todo lo que relaciona, en la realidad o en su imaginación, con la muerte, no hay más que un paso. La muerte emanando muerte. Que absurdo parece cuando la mente puede pensar pero que atroz suplicio cuando somos dominados por pánico y la angustia de las emociones desatadas y sin control: como en el caso de Eva que lleva cuarenta años sin vivir, amenazada permanentemente por la muerte que se sale de las tumbas; o que desprende de las ropas que han vestido en vida a los ahora muertos; o que se contagia de los que conocen a alguien que haya estado alguna vez con alguien que después ha muerto.
Morir por no morir.
La altura empezaba a ser notable y el ambiente fresco. El día estaba sereno pero bastante nuboso por lo que el sol no llegaba a asentarse sobre la tierra ni a calentarla. Empezaron a verse las primeras manchas de nieve recortadas sobre el verde de la hierba o sobre los inmensos pedruscos de oscuro granito que eran las montañas.
Nos salimos de la carretera principal buscando pasar por pueblecitos en los que pudiéramos encontrar un mayor contacto con el país que el que proporcionaban el frío asfalto encerrado entre dos bandas metálicas.
Noruega es un país poco poblado. Los escasos cinco millones de habitantes que tiene repartidos en un territorio mayor que el de Alemania hace que la densidad de población sea muy baja. Desde que salimos de Otta no habíamos visto ninguna población relevante. Sólo alguna pequeña aldea de una cincuentena de casas y el resto eran casas muy aisladas o formando grupos de dos o tres.
Nos sorprendía que las casas eran muy sencillas al menos en su aspecto exterior.
No tenían nada que ver con las casas grandiosas y de fachadas sumamente cuidadas que habíamos visto en el centro de Europa en particular en la zona del Tirol y de Baviera. Era tanto más sorprendente cuanto que estábamos en el país más caro del mundo y que disfrutaba de enormes recursos naturales. La explicación quizá podía estar en que probablemente esa riqueza natural aún no había llegado a impregnar la vida de las gentes.
Pronto llegamos al punto más alto de la suave meseta. A partir de allí empezaban las fuertes pendientes que descendían hacia la vertiente Oeste donde encontraríamos los primeros fiordos. Las señales de la carretera ya nos anunciaban fuertes desniveles y nos invitaban a poner marchas cortas.
El paisaje había cambiado radicalmente. Las suaves formas de la meseta habían dado paso a unas abruptas laderas que caían hacía el fiordo de Geiranger que se adivinaba allá abajo. La estrecha carretera serpenteaba sorteando los chorros de agua que descendían desde cualquier rincón de la montaña. La estrechez de la carretera no hubiera permitido pararse a tomar fotos, pero no podíamos seguir adelante sin llevarnos el magnífico paisaje, aunque fuera en forma microscópicas combinaciones de sofisticados materiales. Si no teníamos la mala suerte de que esas combinaciones de materiales se desordenaran, podríamos, después en casa, recrear lo vivido y, porqué no, crear nuevas sensaciones que en el momento de vivir la experiencia no tienen tiempo de fluir.
Así que como el tráfico era muy escaso no tenía empacho en arrimar el coche lo máximo posible fuera del asfalto y bajar para tomar fotos.
La mayor parte de las veces no pasaba nadie en mucho rato y no sólo tomábamos cuantas fotos nos apetecían sino que podíamos quedarnos disfrutando el paisaje. Además, con bastante frecuencia, había ensanches, parecía que construidos para permitir que se cruzaran los vehículos grandes, y en estas ocasiones la parada era menos problemática.
Pero realmente había que tirar para delante ya que si te parabas a hacer una foto cada vez que una vista te interesa no hubíeramos hecho el camino y, aunque habíamos planteado un día relajado iban avanzando las horas y el camino cundía poco. Después de al menos media hora de continua bajada el fiordo de Geiranger se nos fue haciendo más y más nítido. En algún altozano de buena visibilidad ya incluso divisamos grandes barcos fondeados en las proximidades de un grupo de construcciones que deberían ser el pueblo.
Habíamos leído que el fiordo de Geiranger había sido declarado paisaje protegido y realmente los honores otorgados no eran por capricho. La belleza que nos envolvía era sobrecogedora. Aunque cuando terminamos de llegar al pueblo y aparcamos el coche para hacer un recorrido nos fuimos quedando poco a poco helados y no por frío. ¿En qué se había convertido aquella belleza que se prometía desde la lejanía?. El mar hubiera podido ser bonito si se hubiera visto. Es decir, si no hubiera estado atestado de embarcaciones una de las cuales era más grande que el más grande de los edificios que hubiera en Barcelona.
Las dos o tres calles que formaban el pequeño pueblo quizá hubieran podido ser maravillosa si no hubieran estado bordeadas de coches aparcados en todos los rincones por inverosímiles que fueran; si no hubieran estado atestadas por millares de gentes de las más diversas procedencias pero que un disfraz bastante homogéneo que los hacía pertenecer todos a la misma tribu; sino hubiera sido por las tiendas de souvenirs, bares y restaurantes en que estaban convertidas todas las plantas bajas de las casas. ¿Qué era aquello? ¿Qué hacíamos allí nosotros después de haber atravesado parajes que al contemplarlos te ponían los pelos de punta? Después de haber visto a las gentes de allí en aquel maravilloso hábitat que les había proporcionado la naturaleza y a los que por fortuna nos habíamos sumando aunque fuera en breves ratos?
Bueno, pero en eso consistía el turismo actual. Todos podíamos acceder a todo. En realidad nosotros formábamos parte de ese “todos” y aquel lugar de ese “todo”. Probablemente nos estábamos comiendo el planeta, pero como diría el castizo “que nos quiten lo bailao”.
Las masas anónimas fluían con dificultad a través de las calles y se estorbaban unos a otros para entrar o salir de las tiendas. La mayor parte sin ningún interés especial, pero parecía que tuviéramos que poner el tilde de “visto” en la imaginaria lista de tiendas a visitar. La mayor parte de ellos eran europeos, o al menos occidentales, y para nuestra sorpresa dado que yo creía que estábamos en el fin del mundo donde no llegaban los españoles, no faltaban las conversaciones en nuestra lengua.
La anécdota la puso un matrimonio de minúsculos orientales, quizá japoneses, de edad bastante más que madura, que caminaba entre la masa mientras que su mirada sin mirar flotaba de escaparate en escaparate. La mirada de aquel hombre pasó sin ver sobre mi rostro y siguió su deambular. Sin embargo, algo debió activarse en su inconsciente, algo que le decía que aquella cara, mi cara, tenía algo que la hacía diferente a las otras que le rodeaban y que le era familiar, y casi todavía de forma inconsciente, su mirada frenó su deambular y regresó hacia mí mientras que una expresión entre divertida y amistosa se había dibujado en su rostro. Probablemente, pensé, mis rasgos orientales le hicieron creer por un momento creer que yo era de su país o de alguno de la zona. Mientras tanto, también de forma automática, mi mirada había seguido flotando y cuando quise reaccionar y mirar al japonés para devolverle su mirada a amistosa y cordial ya no había japonés: se lo había tragado la masa.
Cati no fue partícipe de esta situación hasta que algo después ya estábamos carretera arriba deshaciendo la ruta que nos había llevado a aquel enjambre humano de Geiranger. Casi habíamos salido huyendo para poner tierra por medio y volver a aquel entorno solitario por el que habíamos estado desde que por la mañana salimos de Otta. Todavía nos cruzamos con algunos de los más intrépidos turistas del crucero que se habían aventurado carretera arriba a algunos centenares de metros del pueblo quizá buscando quizá un poco de perspectiva para hacer una foto del fiordo y del monstruoso barco que les había llevado hasta allí. “Mirad, este es el famoso fiordo de Geiranger” dirían a sus amigos. “También aquí hemos estado” para enseguida dejarse engullir de nuevo por el monstruo que les proporcionaba todo tipo de comodidades y seguridades.
Pero, qué vamos a hacer, nosotros también éramos turistas y también quisimos hacer la foto del fiordo. Pero esperamos a estar mucho más lejos cuando ya escasamente se veía la mancha blancuzca del barco inmóvil en el azul del agua.
Nuestro plan de aquel día era llegar a dormir a las proximidades de la zona del glaciar de Birksdal que sería nuestro objetivo del día siguiente lunes. Así que volvimos a nuestro camino de regreso al desvío que nos había llevado hasta Geiranger. La grandiosidad de la montañosa ruta a partir de aquel punto competía en cuanto a belleza con las suaves mesetas de la región que estábamos de abandonando.
No pude vencer la tentación de llenar la botella de agua en un torrenciales arroyo que cruzaba la carretera. Lo conseguí más o menos, auque a costa de ponerme empapado de agua y, casi, de resbalar en las rocas del borde y darme un chapuzón. Cuando, con mi botella llena, regresaba al coche donde me esperaba Cati, otro coche paró para hacer lo mismo: el atractivo de beber el agua directa de aquel torrente se les había contagiado.
Construir carreteras por aquellas enormes montañas de granito debería haber sido obra de titanes o de muchos hombres trabajando mucho tiempo sobre todo porque parecía que las carreteras estaban construidas hacía bastantes años lo que equivalía a decir que los medios de construcción habrían sido muy modestos en comparación con los medios actuales. Túneles horadados en la roca que no precisaban de ningún tipo de revestimiento interior ya que la propia roca era más fuerte y estable que cualquier cosa que el hombre pudiera construir. Viaductos que parecían volar sobre las montañas y que en la distancia ofrecían la imagen liviana de una tela de araña tejida entre dos peñascos. Tremendas pendientes en la carretera superiores al diez por ciento y ante las que no sabías si el coche podría subir o podría frenar según fuera el caso.
Tras un buen rato de circular por aquellas lentas carreteras llegamos al magnífico lago situado en el borde norte del Parque Nacional de Jostedals en cuyo seno encontraríamos al día siguiente el Glaciar de Birksdal: el brazo más accesible de lo que era el mayor glaciar de Europa.
Cada mañana nos hacíamos el firme propósito de que después del sólido desayuno de no comeríamos hasta la noche para tratar de no engordarnos demasiado. Pero cuando avanzaba el día siempre cedíamos a la tentación de pararnos a comer algo. Ese día no fue diferente aunque, como ya eran casi las cuatro de la tarde fuimos capaces de contentarnos con un pequeño café y un maravilloso pastelillo en una cafetería, como no, al borde del lago.
De hecho ya estábamos próximos a la zona donde queríamos quedarnos a dormir. El próximo pueblo significativo era Stryn así que allí empezaríamos a mirar si encontrábamos algo no muy caro. Pera allí fue donde empezamos a ver que el problema de dormir en Noruega no era ni mucho menos trivial. En Stryn sólo vimos una pensión. Tenía buen aspecto y paramos el coche para preguntar, pero no fue necesario bajar. Un cartel, visible desde el coche, nos informó del precio de ochocientas coronas, bastante más de cien Euros.
Todavía casi en el centro del pueblo vimos un "bed and breakfast" pero estaba cerrado, casi parecía abandonado. Recurrimos a la información que nos habían dado ya en España de que en Noruega lo mejor para dormir son los “bungalows” -“cabines”- de los campings. Así que salimos del pueblo en dirección Este con la mirada atenta a los carteles que nos pudieran avisar de la existencia de “cabines”. Tuvimos suerte ya que en la misma salida de Stryn había un camping de buen aspecto. La decepción fue enorme. El precio, era algo inferior al de la pensión pero no demasiado.
Dado que era temprano decidimos seguir nuestra ruta. El fin y al cabo lo mejor es que nos acercáramos lo máximo posible a la zona del glaciar de Birksdal de forma que al día siguiente tuviéramos más fácil. Sólo salir de Stryn pudimos ver que ya estábamos en lo que en aquel momento supusimos que era otro enorme y precioso lago. Pero cuando miramos el mapa vimos que en realidad estábamos en el extremo de un fiordo: el fiordo que termina en los pueblecitos Loen y Olden. Cómo máximo podríamos llegar hasta Olden ya que en ese pueblo se bifurcaba la carretera que llevaba al glaciar. O sea, que redoblamos la búsqueda de alojamiento. Pero el problema en lugar de mejorar empeoró. Parecía que Loen, el pueblo por el que estábamos pasando era un lugar muy turístico y, lo que era peor, muy caro. Grandes hoteles de tres y cuatro estrellas bordeaban el fiordo. Preguntamos en uno de ellos por preguntar: mil setecientas coronas, doscientos veinte euros. Nos alucinaba pensar que el día anterior, en casa del anciano de Otta, habíamos pagado trescientas coronas. ¿Habría algo por allí que se acercara a una cifra razonable para nosotros?. Seguimos adelante pero ya con la confirmación de que el precio de los alojamientos sería un gran problema. Ya habíamos tenido bastantes signos de esto cuando programábamos el viaje a través de internet. Pero dado que sólo miramos en Oslo y en Bergen nos agarramos a la idea de que en ruta y con el coche tendríamos más posibilidades.
Entre Loen y Olden no vimos ningún bed and breakfast ni ningún camping: sólo grandes hoteles a los que ya ni osábamos preguntar. A la entrada de Olden había fondeado un enorme barco de turistas, en realidad estaba en aquellos momentos desamarrando para hacerse a la mar. Entre nosotros rememoramos la idea que se nos había quedado de los cruceros por los fiordos que navegaban por la noche y durante el día recalaban en puertos en los que los cruceristas, al igual que habíamos visto en Geiranger, podían dar cuatro pasos y hacerse la ilusión de que habían estado en aquel país.
Olden parecía ser bastante menos turístico que Loen. Sólo entrar en el pueblo, al borde mismo de la carretera, vimos una casa amarilla con un gran rótulo de “ROM” ya el día anterior habíamos deducido que “rom” era habitación en noruego –tampoco era necesaria demasiada perspicacia deductiva dada la enorme analogía con la palabra inglesa-
La casa parecía más que suficiente, salio a atenderme una señora bastante mayor. Tenía sólo dos habitaciones perolas tenía las dos disponibles. A cual era más bonita y el precio de quinientas coronas incluyendo desayuno era más que razonable después de lo que habíamos visto. Después de ducharnos salimos a buscar un sitio para cenar y nos encontramos que la señora salió a recibirnos al pie de la escalera con una bandeja de humeantes y aromáticos panecillos que nos dijo que estaba horneando para nuestro desayuno. Nos quedamos encantados con la imagen de la mujer que, desafortunadamente, no acertamos a plasmar en una foto.
La hospedera nos informá sobre un lugar para cenar que no resultó ser ninguna maravilla. Parecía que sería otra de las características del viaje: comida mala y cara; pero habría que asumirlo.
Sin embargo, el atardecer a la salida del restaurante nos proporcionó uno de los mejores ratos del día: el paisaje estaba magnífico en aquel claroscuro crepuscular.